jueves, 21 de mayo de 2026

Mariano Zotelo-Argentina/Mayo 2026


 

LAS PALABRAS

 

 

La pasión por las letras asomó en aquella época en la que aún creía que a las palabras se las llevaba el viento. Esa idea me perseguía cada vez que mi padre me daba un texto a leer y chocaba de frente con términos que desconocía. Le preguntaba acerca de tal o cual palabra, y él todavía no sé cómo, las sabía todas. Un día, quizás harto de responder a tanta demanda, me empezó a esquivar, a decir “fijate vos que esa no la sé”. Era mentira. Quiere quitarme de encima, pensé. Tiempo después comprendí que en realidad deseaba abrirme la puerta hacia otro universo, uno que existía dentro del diccionario.

Las palabras son una especie de código misterioso, que solo en un libro mágico puede revelarse la clave para acceder al significado secreto. Esta idea siempre me capturó. En ese entonces me entretenía pasando las hojas y detenía el impulso al azar, alojaba al índice en cualquier parte y así daba, por lo general, con una desconocida para mí:

Sacamantecas: no, no es un instrumento industrial utilizado para extraer manteca. Es un ser imaginario que asusta a los niños.  Atarván: persona mal educada o de modales groseros. Brequear: moderar, parar con el freno. Y muchas veces buscaba otras que me habían dicho a mí, como mocoso: que tiene mocos. Imberbe: que no tiene barba. Pendejo: pelo que nace en el pubis. Y la lista sigue. Las recibía con el gesto perdido de quien presiente algo malo pero sin saber con exactitud qué. Hoy podría responderle: Brequeá sacamantecas, no seas atarván; solo para reencontrar un gesto de confusión que alguna vez fue mío. 

Los términos no tienen un significado arbitrario, o divino, sino que son producto de una historia, de una etimología: detrás de cada palabra se agazapa un relato. Esa es una verdadera maravilla del mundo literario. Etimología significa origen de las palabras. Todos saben lo que es una tarantela, pero muy pocos saben que tarantela proviene de tarántula y que su definición original era algo así como el baile de la tarántula. Los antiguos aldeanos de la provincia de Tarento, Italia, creían que la mordedura de esta araña producía grave melancolía y pesar que sólo se disipaba agitándose mucho con la idea de eliminar las toxinas por los poros. Esto lo supe indagando. Indagar etimológicamente significa seguir la pista de un animal. También descubrí que negocio es la negación del ocio, es decir, lo que no es ocio, y que considerar (siderar proviene de estrella) es algo así como pensar mirando las estrellas.

Intuí que no iba a terminar jamás de encandilarme con el diccionario, que era un organismo vivo y se nutría a diario de acepciones nuevas, ansiosas de ser pronunciadas, comprendidas. Las palabras son más parecidas a nosotros de lo que entendemos. Aun cuando estamos hechos de carne y hueso, y ellas de consonantes y vocales, nos estrecha cierto comportamiento similar: son sociales porque adoran las reuniones y encuentros, les gusta vivir en comunidad, dentro de la oración en la que cada una cumple su función específica. Las personas con propósito fluimos por la vida como las palabras por un texto, pero la sustancia, sea carne, hueso, vocal o consonante es una anécdota cuando hallamos el espíritu. En algunas frases, si aguzamos la vista pero más aún el entendimiento podemos percibir el alma de la oración. Descubrir el alma en una frase hizo que escribir tenga sentido. A veces me pregunto si es posible cierta correspondencia, si ese espíritu que acabo de hallar sobre la hoja es capaz de ver el mío observándolo.

Las palabras son tan similares a nosotros que incluso presentan profesiones o personalidades marcadas: están las médicas, que sanan o alivian, las violentas que intentan herirnos, las simples, las complejas, las abogadas (que utilizamos para entendernos con las complejas), también las hay de clase baja, clase media, y clase alta; las hay filósofas que suelen terminar en signo de pregunta, maternales como “abrigate, comé, ojo al cruzar”.

Tampoco son indiferentes a las crisis, a muchas no les alcanza el salario, que dicho sea de paso, salario proviene de sal (salario era la compensación que se le daba a los soldados para que pudieran comprar sal, un recurso muy valioso en la antigüedad). Así, las palabras para lograr subsistir, al igual que nosotros necesitan otro empleo. Nosotros nos volvemos poliempleados y ellas polisemias, es decir que tienen diversas acepciones. Por ejemplo “Enervar” viéndose eclipsada por su compañera sinónima “debilitar”, se volvió algo nerviosa, tanto que desde hace tiempo todos la asocian con su nuevo empleo que es “poner nervioso”.  O bizarro, que alguna vez supo ser gallardo, valiente, hoy se lo observa de reojo como a alguien raro. Estos cambios produjeron tensión entre las letras, momentos álgidos. Y entendamos por álgido a un estado crítico, caliente, aunque en el pasado supo significar “que hiela o que enfría”.

Como en toda organización imperfecta hay cargos que no están cubiertos, la silla está vacía; es decir, definiciones sin palabras designadas. Y a la inversa, a veces hay dos vocablos haciendo el trabajo que podría hacer uno solo, los ñoquis literarios, como lo son escorpión (con aire griego) y alacrán (con aire árabe) señalando exactamente al mismo artrópodo.

Y, como nosotros, tienen etapas de vida: nacen (cuando son neologismos), envejecen (cuando se sobre utilizan o se agotan en las páginas de abusadores y repetidores profanos), y mueren de orfandad (cuando son arcaísmos, las hojas secas del idioma) a veces no se las escribe por ser anticuadas, o en el peor de los casos por la llegada de un neologismo arrogante y con idéntica significación.

Pero como en un relato de ficción también están las inmortales. Al fin de cuentas, solo perecerán las palabras que no formen frases, las que carezcan de vínculos pero sobre todo de ese peso sutil y suficiente que les proporciona el espíritu. Solo aquellas, carentes de alma, serán las palabras que se llevará el viento.

 

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