EL DILUVIO
Con el último fax en el bolsillo, Noé prefirió la escalera para bajar los ocho pisos desde su despacho hasta la galería comercial que sirve de entrada al edificio. Esta vez no perdería el tiempo por radios y canales de televisión, tratando de divulgar el contenido del nuevo aviso.
Periódicamente le llegaban, anunciando la proximidad del Diluvio Universal. Él era el hombre justo que tenía la obligación de recibirlos, de nada valieron ruegos y explicaciones para derivar a otro el privilegio, había sido elegido y la misión era indeclinable, debía recibirlos y hacerlos públicos, sobrellevando cada vez, las burlas, las amenazas y las miradas de lástima de los que pensaban, muchos, que era un alucinado.
Con sus ahorros y los de los hijos mayores, comenzó a acondicionar un viejo catamarán que estaba amarrado cerca de la Vuelta de Rocha, siguiendo las precisas indicaciones que le hacían llegar desde Arriba, el más joven no quiso contribuir, ni ayudar porque aparte de ser descreído, ponía todos sus esfuerzos en la compra de un departamento para casarse cuanto antes.
Sorpresivamente, ante la escasez de medios y la lentitud de la tarea, Noé recibió una partida especial del Providencial Bank, con lo que pudo pagar además, toda la serie de impuestos y permisos que le aplicaron las autoridades portuarias.
Esta vez no perdería el tiempo, se reafirmaba interiormente. Dentro de setenta y dos horas empezarían las grandes lluvias y debía reunir las parejas de animales. Ya tenía apalabrado al director del zoológico, el mismo que el primer día lo mandó detener y así fue a parar al Borda para estudios sobre su salud mental. Tuvieron que liberarlo y entonces sí, el funcionario se avino a leer algunos faxes y después de tragar saliva prometió ayudarlo.
Desde el campo, un amigo que lo apoyaba desde el principio, le había despachado algunos ejemplares de la sierra y la llanura, que llegarían en veinticuatro horas, en dos enormes camiones jaula. En un galpón vecino, tenía encerradas una pareja de leones y otra de elefantes que consiguió en un circo en bancarrota. Con respecto a estos ejemplares, se había resistido aduciendo que otros debían ocuparse de los animales que no eran de la región, pero solo consiguió que le reiteraran la orden, Todas las dificultades terminaban por allanarse y Noé quedaba sin argumentos para desistir de la misión.
Varios remises y tres furgones ya estaban contratados para el traslado de la familia: él, su mujer, sus hijos casados, las esposas y los nietos, el hijo menor con su novia, a la que admitirían luego de una sencilla ceremonia de boda.
Y el día llegó, mientras la caravana de coches y camiones partía rumbo al puerto, el cielo había comenzado a oscurecerse y en la atmósfera presagiante, parecía flotar la voz de Noé leyendo aquellos mensajes de los que algunos se habían burlado tanto y en lugar de cambiar sus conductas, reconciliarse con sus enemigos, liberar a las víctimas de sus usuras y otras clases de opresiones, recrudecieron en sus inicuos procederes. Ahora, cuando veían la partida de Noé en medio de las tinieblas, los boletines meteorológicos anunciaban tormentas y huracanes, los satélites detectaban repentinos desprendimientos de los casquetes polares, radio Colonia acusaba a las autoridades argentinas de haber ocultado datos sobre el sostenido aumento del nivel del Río de la Plata y el Presidente en persona había desmentido las versiones al respecto, ahora, todos querían sumarse a la caravana que partía y le pedían a Noé un ligar en la nave. Le ofrecían dólares y joyas, por el más pequeño de los camarotes o un rincón en la bodega con los animales.
Noé y su familia parecían sordos a las ofertas y los ruegos. La columna desapareció por la autopista vacía, porque para entonces todo el mundo se había ido a sus casas, a subir los muebles, los televisores, la ropa, a las terrazas y los techos. La gente que tenía coches empezó a cargar sus enseres para huir a lugares altos, pero la mayoría, incapaces de diferenciar lo imprescindible de lo accesorio, no lograba ponerlos en marcha de tan pesados y había conflictos porque con tantas cosas no quedaba lugar para las personas.
Cuando todos habían ascendido y el último bulto traspasó la planchada, Noé con un silbido llamó a la paloma blanca que picoteaba granos al borde de la dársena, entonces ella se posó en su hombro y él cerró el ojo de buey. Un trueno marcó el inicio del gran temporal. El nieto mayor de Noé se acercó al abuelo y con cara preocupada le preguntó:
- ¿Te parece que esta noche suspenderán el partido en el Monumental?

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