lunes, 19 de enero de 2026

Nilda Bernárdez-Argentina/Enero 2026


 

LAS MANOS SOBRE EL VIENTRE

 

             La altivez de Irene reinó aplastante. Había acertado en la previsión hecha meses atrás.

            _¡Ya vas a volver a pedir perdón! ¡Y no vaya a ser que te vengas con premio porque…!

            Toda una sentencia para aquella hija, la única mujer después de tres varones a los que le habría justificado alguna “emergencia” con las muchachas del barrio pero a su Paula ¡no!

            Por eso cuado la chica de diecisiete recién cumplidos, le anunció que se iría con un tal Ramírez, un desconocido que hasta se había trenzado con el segundo de los hermanos a la salida de la bailanta, le aclaró bien que si quería irse, que se fuera pero que ni pensara en volver cuando ocurriera lo que estaba cantado que iba a pasar.

            _¿Qué te dije yo? ¿Qué te dije? -le repitió mil veces entre sorbos nerviosos de mate cocido.

            Los ojos fijos en las baldosas gastadas de la cocina, las manos quietas sobre el vientre, en silencio de palabras y de llanto, Paula era como el gajo de malvón que quebró la pedrada de la noche anterior.

           Irene también descargó su pedrada.

             Después, seguir hablando era volver sobre lo mismo. ¡Ya se lo había dicho todo!           

Entonces Irene también se quedó en silencio, ella también con los ojos fijos en el suelo y las manos sobre el vientre. De pronto una imagen del pasado le encendió la ira, estrelló la taza contra el piso y fue a encerrarse en el cuarto con un portazo que le guillotinó a Paula la última esperanza y la dejó rodeada de vacío mientras el tiempo se le escurría sigiloso mintiendo eternidad.

 

 

            Se abrió la puerta del cuarto. Irene apareció con una caja de cartón, decretando el fin de su misteriosa presencia de años arriba del ropero. La plumereó prolijamente por los cuatro costados. Nudo a nudo desató los piolines, después fue extrayendo de su interior diminutas prendas de finísima batista, otras tejidas en colores pálidos, un sonajero, un chupete rosa.

Cuando el contenido extraído parecía duplicar la capacidad de la caja, Irene le preguntó a Paula:

_¿A ver, qué te puede servir de todo esto?

Atilio Andrade-Brasil/Enero 2026


 

 

entre todas las mujeres

que vi y conviví,

que amé y me enamoré,

tú - estoy seguro -

fuiste una bendición en mi camino,

luz que me enseñó a amar,

presencia que suma,

memoria que eleva

y nunca se desmorona