miércoles, 21 de enero de 2026

Carmen Membrilla Olea-España/Enero 2026

Imagen de internet

 

Ayer vi en televisión el último concierto de Sabina en Madrid. Desde el primer momento sentí una tristeza persistente. No fue solo verlo mayor, con el cuerpo parado y la voz gastada. Fue algo más profundo, más difícil de nombrar. Fue asumir que la vida sin Sabina en activo será otra vida. Y no necesariamente peor, pero sí distinta. Más huérfana.

Hay artistas que acompañan. Y hay otros —muy pocos— que sostienen. Sabina ha sido de estos últimos. Una especie de hermano mayor que no conocí, pero que estuvo ahí cuando yo tampoco sabía muy bien lo que aquello significaba. Sus canciones no sonaban: se quedaban a vivir. Me enseñaron a perder, a reírme del desastre y a llamar a las cosas por su nombre; aunque doliera.

Cuando empezó La calle Melancolía, algo se me quebró. No fue un llanto teatral ni ruidoso. Fue una rendición. Esa canción no habla de un lugar, sino de un estado del alma. De ese barrio interior al que volvemos cuando el tiempo pasa factura y nos enseña que nada se repite. Es una canción sobre llegar tarde a uno mismo.

La escuché y mi pasado vino entero, sin pedirme permiso. No como una postal amable, sino como un inventario de todo lo que fui y ya no soy. De los bares que cerraron, de las personas que se fueron, de las versiones de mí que quedaron por el camino. Y con ello, la certeza brutal de que no puedo recuperar absolutamente nada. Ni los cuerpos, ni los sueños, ni la ingenuidad.

Sabina canta hoy con una voz estropeada, sí. Pero hay algo profundamente honesto en esa grieta. Como si el tiempo, al pasar por él, hubiera dejado marcas visibles para que no dudemos de su verdad. Ya no canta desde la chulería del que desafía al mundo, sino desde la dignidad cansada del que ha vivido demasiado como para fingir.

La calle Melancolía ya no es solo suya. Es mía. Es nuestra. Es ese lugar al que uno vuelve cuando entiende que crecer también es aprender a despedirse. De los ídolos, de los amores, de uno mismo.

Anoche lloré. No lo pude evitar. Y no quise evitarlo. Porque hay lágrimas que no son tristeza pura, sino gratitud. Lloré por lo vivido, por lo perdido y por lo que ya no volverá. Y también por la suerte inmensa de haber coincidido en el tiempo con alguien que supo ponerle palabras bellísimas a la derrota.

Hoy me siento un poco desamparada, sí.

Pero también acompañada por todas esas canciones que ya no necesitan ser cantadas en directo para seguir respirando conmigo.

Sabina se despide.

Y yo, desde esta calle interior, le digo gracias.

Después del concierto o posiblemente durante el concierto, regresé sin querer a mis noches en Guadix. No fue un viaje ordenado: fue más bien un desbordamiento. Los recuerdos no vinieron en fila, vinieron en tropel, con olor a cerveza fría y a humo, con risas altas y canciones que entonces eran la banda sonora de algo que aún no sabíamos que se llamaba juventud.

Nuestro centro del mundo fue El Zona. El pub de referencia, aunque entonces no necesitábamos referentes: nos bastaba estar allí. Entrar sin prisa, mirar a la gente como quien mira posibilidades, pedir cerveza tras cerveza y dejar que la música —la que ponía Antonio Molero— hiciera su trabajo silencioso: unirnos. Aquella fue nuestra movida madrileña particular, sin pretensiones, sin pose; pero muy auténtica. Éramos modernos sin saberlo, libres sin teorizarlo.

Las noches se saboreaban despacio. Nadie tenía prisa por irse porque nadie tenía miedo a quedarse. Conversábamos para arreglar el mundo, convencidos de que bastaban dos cervezas más y una frase bien dicha para enderezar cualquier injusticia. Todo estaba por hacer. Todo. Y esa sensación convertía la vida en un proyecto constante, abierto, infinito. No había urgencia porque el tiempo parecía obedecernos.

Salir del Zona y encontrarnos con las calles de Guadix era como caminar dentro de algo propio. La plaza de las Palomas, siempre testigo. La catedral, inmóvil y eterna, recordándonos —sin que le hiciéramos ni caso— que el tiempo existe. Las calles accitanas, nuestras calles, que no eran solo un escenario: eran parte de nosotros. Me han definido más de lo que entonces imaginaba. Aún hoy, cuando pienso en quién soy, aparecen como un mapa emocional imposible de borrar.

Volver a casa de madrugada tenía algo de ritual. El cuerpo cansado, la cabeza llena, el corazón extrañamente despierto. Por tanto, nada de dormir sino leer con pasión, dejar que las palabras se instalaran en mí como quien coloca muebles en una casa nueva. Sentir que algo más se me construía por dentro, sin ruido, sin testigos. Leer era otra forma de vivir, otra manera de seguir la noche.

Y Sabina. Siempre Sabina. Escucharlo y dejarme llevar, como si sus canciones fueran una mano en la espalda empujándome suavemente hacia adelante. Él cantaba y poetizaba mi vida. Yo escuchaba creyendo, ingenuamente, que la juventud tenía el poder de no acabarse nunca. Que ese estado —ese fuego— era permanente.

Hoy sé que no.

Hoy sé que todo acaba, incluso lo que parecía invencible.

Pero también sé algo más importante: que nada de aquello fue inútil.

Porque sigo siendo, en algún lugar, esa que camina de madrugada por Guadix, que vuelve a casa con un libro bajo el brazo, que cree que la vida se puede pensar y sentir al mismo tiempo, que escucha a Sabina como quien escucha a un amigo que le pone palabras al vértigo.

Por eso La calle Melancolía duele tanto.

Porque no habla solo del pasado, sino de la certeza de que ya no se puede volver a habitarlo. Solo recordarlo. Y agradecerlo.

Anoche lloré por eso.

Por Guadix.

Por el Zona.

Por las conversaciones infinitas.

Por todos aquellos proyectos.

Hay días en los que la nostalgia no es un peso, sino una forma de lucidez. Como si la melancolía afinara la mirada y nos permitiera ver con más verdad quiénes fuimos y por qué seguimos siendo, todavía, eso mismo que late debajo de todo.

Hoy estoy en esa calle. No para quedarme a vivir, sino para pasearla despacio. Para tocar las fachadas de la memoria, sentarme un rato en un banco invisible y dejar que duela lo justo. La melancolía no siempre viene a robarnos algo; a veces viene a recordarnos que tuvimos una vida intensa, llena, habitada. Que hubo noches, lugares, músicas y personas que merecieron existir.

No es tristeza pura lo que siento. Es conciencia del tiempo. Es amor por lo vivido.

Me voy a permitir el día así. Sin corregirlo. Sin pedirle que sea otra cosa. Hay estados del alma que no necesitan solución, solo compañía. Y aquí estoy, caminando conmigo misma un rato por esa calle, sin prisa.

Puede que lo que me pasa no sea solo nostalgia: puede que sea duelo. El duelo encuentra caminos extraños para salir a la superficie.

Ignacio aparece ahora porque Sabina era su territorio, un territorio común. Porque ciertas canciones no pertenecen a quien las canta, sino a quienes las compartieron. Al escucharlas, no solo vuelve mi pasado: vuelve él. Su forma de estar en el mundo, su entusiasmo, sus conversaciones, sus risas, sus silencios. Y puede que también una pregunta muda, esa que no busca respuesta, pero pesa.

A veces la tristeza se disfraza de melancolía para poder ser dicha. Es más soportable llorar por una canción, por una calle, por una noche lejana, que mirar de frente una ausencia tan definitiva.

Pero el cuerpo sabe. Y el alma también. Por eso todo se mezcla: Sabina, Guadix, la juventud, Ignacio. No son cosas separadas; forman parte del mismo tejido emocional.

Quizá que hoy yo esté así, también sea una forma de fidelidad. A lo vivido y a quien ya no está. No estoy recreándome en el dolor: lo estoy reconociendo. Y eso es un acto profundamente humano, incluso valiente, me atrevería a decir.

El duelo necesita voz, necesita ser compartido. No para arreglar nada ahora —eso ya sabemos que no siempre es posible—, sino para no estar a oscuras.

Ignacio forma parte de mi calle Melancolía.

No como una herida abierta, sino como una presencia que explica por qué hoy todo duele un poco más.

Me quedo aquí un rato . Creo que lo necesito.

Voy a sentarme en la escalera a silbar mi melodía.

Y cuando me recupere… escribiré todo esto en mi diario.

 

 

De "Fragmentos de un diario" 

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