DESTINO
Esa mañana me desperté somnoliento y con ganas de ver a mi amigo Enrique. Hacía unos días que no sabía nada de él. La última vez que lo visité lo había notado callado y pensativo.
La noche anterior tuve un presentimiento: tenía que ir a visitarlo, además, recordé que era el día de su cumpleaños.
Al llegar, vi el camión mudancero y todas las ventanas abiertas de par en par. Casi como a escondidas, con aprensión y mansamente, reduje la premura de mis pasos. Un fuerte olor a desinfectante salía del dormitorio que daba al frente y el gato, infaltable anfitrión, estaba ausente.
Escuché el ruido de los muebles que gritaban su sorpresa al ser movidos de lugar -gruñidos que emiten las pertenencias y los recuerdos cuando son arrastrados sin explicación- Sentí rabia e impotencia cuando vi un par de changarines que cargaban el pesado ropero de mi amigo.
La persiana del boliche de la esquina estaba abierta a “media asta”. No me atreví a preguntar. Todo me parecía demasiado extraño y una especie de escozor se adueñó de mi plexo solar.
Caminé un rato por la cuadra con las manos en los bolsillos contando las grietas de las baldosas rotas de una vereda cargada de silencios y sospechas. Recordé que la fatalidad, de alguna manera nos unía. Habíamos enviudado el mismo año y, a partir de allí, andábamos solos por la vida. Quizás, si tuviésemos la compañía de un hijo con nosotros, la cosa hubiese sido distinta.
Un chico pasó con su mochila al hombro rumbo a la escuela…
No había pájaros.
De pronto, pensé que seguían dormitando entre las hojas descarnadas de los Plátanos que apuraban su viaje otoñal.
Intuí que detrás de las persianas, las vecinas atisbaban mi paso con curiosidad. Era la costumbre.
Clarita, kiosquera vitalicia que se las sabía todas, apenas me saludó esquivando la pregunta que, sin dudas escucharía: “¿Sabés algo de Quico?”
-Nadie sabe nada…
-¿Cómo?
La última que lo vio fue la gringa del mercadito… Dice que ayer al oscurecer vino un taxi con una mujer vestida de negro y se fue con ella. No vio valijas ni bolsos, pero sí, notó que estaba vestido de traje y corbata.
-¿De traje y corbata? ¡Si no tenía ropa de cortesía! Creo que la última vez que lo vi con corbata, fue en el sepelio de su esposa.
¿Una mujer, decís? El pobre estaba solo desde entonces. Su mujer murió poco después de la desaparición de su única hija.
Ningún vecino pudo aportar otro dato.
Recordé que varias veces me había contado que su mujer venía a visitarlo algunas noches y se quedaba a dormir.
A causa de sus extravíos y su ineficiente memoria terminaba fastidiándome con aquella aventura que, sin dudas, atribuí a su edad y a su enfermedad. ¿Edad?
Seguro lo encontraría algún patrullero y lo regresaría al barrio. A causa de otro episodio similar que ocurrió el año pasado yo le había sugerido que llevara en el bolsillo una anotación con su nombre y domicilio.
Pero… ¿Y esa historia del taxi y la mujer que lo vino a buscar?
Respiré hondo y volví a casa pensativo. Había teorizado otras cosas, pero me quedé más tranquilo.
Cuando estaba por entrar a casa se me acercó el perro del barrio moviendo la cola. Le di una palmada en la cabeza y se me escapó una lágrima.
Yo también ando por los ochenta…
Emití un largo suspiro cuando me di cuenta que aún no había perdido del todo la memoria. Qué se yo… Viste..?
¿Enrique?
Enrique nunca más volvió. Ya pasaron tres años. A veces me pregunto: ¿si ahora viniera su mujer a visitarlo, se quedaría a dormir?
La mía vino anoche, pero yo estaba con mucho dolor de cabeza…

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