La negación como lucha
Luchar implica siempre un esfuerzo. Sin embargo, negar lo evidente es una forma de lucha desestabilizante: exige una confianza más robusta y, sobre todo, más pertinaz. Cuando el objeto de la lucha se desmorona, cuando aquello en lo que se creía queda desmentido, el costo a pagar es alto. Algunos están dispuestos a hipotecar su salud mental para convencerse de que observan una realidad manipulada que, según ellos, solo favorece al adversario. Así se presenta hoy el panorama del chavismo y de los ayatolás: dos regímenes tambaleantes sostenidos, en buena medida, por la negación.
Desde ciertos sectores de la izquierda se cuestiona o minimiza la gravedad de estos regímenes. A esta altura, ese gesto ya se presenta como una forma sutil de negación. Conductas de autoengaño, si las hay. Verdaderas disonancias cognitivas que necesitan imperiosamente cuestionar, relativizar o ignorar aquello que se ha revelado. Para estos negadores seriales, reconocer lo que niegan implica un conflicto ideológico profundo y un gran desagrado.
Si se le pregunta a un socialista en qué se diferencian los centros de tortura que existieron en Argentina —como "El Olimpo" o "La Perla"— del Helicoide en Caracas, la respuesta se vuelve esquiva. Se ensaya alguna diferencia forzada, estrafalaria, que no convence a nadie. No hay una distinción más allá de la mirada sesgada. Durante el régimen de Chávez-Maduro hubo opositores perseguidos, torturados y asesinados, medios de comunicación clausurados, millones de venezolanos forzados a emigrar. Y, aun así, la estrella indiscutida de la escena sigue siendo la misma: la negación.
Aquí emerge un miedo característico: el miedo a ceder ante el enemigo. Ver cómo las propias convicciones se quiebran en contradicciones es duro. A veces, ese quiebre se supera con un saludable baño de humildad. Pero, con frecuencia, se impone el temor a parecer débil, a tener que reconocer atrocidades que antes se relativizaban y que ahora se observan en vivo y en directo. Los que callan, claramente, otorgan. Los más obstinados, en cambio, gritan al unísono: “¡Es fake!”, “Está hecho con IA, no es real”.
Como es de esperar, no gritan lo mismo cuando las víctimas pertenecen a su propia vereda ideológica. Las veredas de enfrente —en este caso, los antichavistas— siempre parecen más lejanas: sus baldosas no se transitan, no se sabe qué calor dejan bajo la suela. Solo en las veredas propias se siente el ardor. Y si el calor de la vereda ajena no se puede experimentar, al menos podría comprenderse mediante la empatía o la despolitización del dolor. Pero ahí aparece la mirada maniquea para arruinarlo todo. La objetividad queda a mitad de camino: no logra cruzar y muere calcinada sobre el asfalto, como en cualquier verano tórrido.
Esta lógica de negación selectiva se reproduce con claridad en otro escenario: Irán. La rebelión de las mujeres iraníes expone un feminismo distinto, un feminismo que reclama una libertad arrebatada por un régimen que las aplasta. No se trata de jerarquizar su lucha por encima de la de otras mujeres del mundo —toda mujer ultrajada es condenable en cualquier cultura y época— sino de reconocer una rebelión que sienta precedentes dentro de un régimen moderno, aunque tan aterrador como los medievales. Era impensable que estas mujeres se levantaran. Y lo hicieron.
El anacronismo de las teocracias islámicas parece no incomodar a unas izquierdas pobladas de militantes de living y pantuflas que, solo cuando les importan, marchan unas pocas cuadras para terminar en algún reel de red social. ¿Por qué callaron ante el sufrimiento de las mujeres bajo estos regímenes? La respuesta resulta incómoda, pero evidente: el silencio nace de la ideologización. Nunca estuvo mejor aplicado el viejo oxímoron del “silencio ensordecedor”. Un silencio que hace ruido, mucho ruido.
La paradoja es que éstas izquierdas terminan siendo funcionales al islamismo. Mientras las izquierdas luchan por la ampliación de derechos, a las teocracias solo les importa lo único que comparten con ellas: el rechazo al capitalismo occidental. No hay nada por fuera de la sharia que le resulte relevante al régimen iraní.
Queda así en evidencia que, para el socialismo contemporáneo, las luchas son selectivas. El hiyab o el burka se les presentan como atuendos “tradicionales” y, al ser etiquetados como fenómenos “culturales”, se evita cualquier cuestionamiento. Sin embargo, no se trata de ropas tradicionales. Son vestimentas impuestas por un régimen que ultraja a la mujer, la reduce casi a un despojo y la demoniza cuando aparece el erotismo. No hay tradición aquí: hay imposición.
La tradición se construye al calor de las costumbres libres de un pueblo, no mediante la coerción. Identifica, simboliza un acervo cultural y se consolida con el uso voluntario. Ninguna mujer se acostumbra a estar tapada en público cuando el castigo acecha: solo lo hace por temor o por sumisión. No hay aquí expresión cultural, sino algo ideologizado desde el miedo.
Negar, por lo tanto, no es solo una postura intelectual, es una forma de lucha. Una lucha defensiva, costosa y frágil, que exige cerrar los ojos ante lo evidente para no admitir que aquello que se defendía terminó pareciéndose demasiado a lo que siempre se dijo combatir.
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viernes, 23 de enero de 2026
Alejandro Insaurralde-Argentina/Enero 2026
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