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| Imagen: Pinterest |
A veces pienso que mi madre no murió del todo, que simplemente se disolvió y mucho de lo que ella significaba permaneció en aquella casa. En las habitaciones quedó su manera de ocupar el aire: yo sentía que en los cajones todavía parecía latir el olor de sus cremas, en los armarios el rumor leve de sus vestidos y en algún espejo la sombra gastada de sus barras de labios. Yo tenía diez años y aún no sabía ponerle nombre a la ausencia, pero ya entendía que algo había cambiado para siempre: la casa, que antes estaba llena de ella, se volvió demasiado grande.
Su enfermedad fue breve, injusta, rápida. Apenas hubo tiempo para prepararse. Después llegó la orfandad, que no es un hecho, sino una forma de mirar el mundo y que dura ya para siempre. La soledad de una niña que pregunta sin obtener respuestas: ¿por qué ella?, ¿por qué tan pronto? Durante mucho tiempo creí que la vida me debía una explicación, y sigo pensándolo, aunque ya no la espero, la verdad.
Me refugié en los libros como quien entra en una casa que no le pertenece, pero se siente acogido. Leía cuentos, princesas, palacios, historias donde el dolor siempre encontraba la reparación adecuada. Más tarde llegaron las novelas, los personajes, las tramas, la complejidad de las personas. Comprendí que la literatura consuela, sí; pero también acompaña. Y ese acompañamiento ha sido, desde entonces, una forma de amor.
Guadix estaba ahí, mientras tanto, con su calma infinita. Una ciudad hecha de cuestas lentas, fachadas blancas y puertas que se repiten. La catedral imponiendo su peso de siglos sobre la plaza, las casas encajadas unas en otras como si se sostuvieran por costumbre, los barrios trazando la geografía íntima de mis días. En Guadix todo parece quieto, pero no es una quietud apagada: es la respiración larga de todo aquello que permanece.
He recorrido estas calles tantas veces que ya no las miro: las recuerdo. En cada esquina hay una versión de mí: la niña que volvía del colegio, la adolescente que empezaba a leer a escondidas, la chica que tímidamente empezaba a escribir, la mujer que regresó siempre. La monotonía de esta arquitectura es también la de mi propia biografía; una repetición que no cansa, porque en ella se aloja lo que soy. Yo misma, sin trampa ni cartón.
Escribo para volver a mi infancia, pero también para entenderla. Para darle palabras a la falta. Para seguir hablando con mi madre, que ahora vive en frases, en gestos, en ese modo que tengo de observarlo todo como si nada debiera darse por perdido. Escribo porque, aunque la vida no explique, al menos narra. Y en esa narración encuentro, todavía, una forma de hogar.
“Fragmentos de un diario”

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