EL DÍA QUE LOS ÁNGELES TRABAJARON HORAS EXTRAS
Apareció de repente. Un buen día se instaló en el barrio, en la estación de ferrocarril y allí está. Nadie conoce su historia, su nombre, no parece tener ayer, tampoco mañana.
El pelo entrecano, la barba desprolija, viste un abrigo gastado, igual que la camisa a cuadros, un pantalón descosido en la costura interior de una pierna. Los zapatos se ven casi nuevos, le van grandes.
Alguien le puso de nombre Miguelito, solamente por llamarlo de algún modo. Es pacífico. No habla pero mira. No pide pero le dan.
Los muchachones que tan crueles suelen ser con los desvalidos, por alguna razón, a Miguelito solo le hacen bromas inocentes. Ninguna madre asustaría a sus hijos con su presencia, usándola como aquel “hombre de la bolsa” de las antiguas infancias.
Con el correr de las semanas y el avance del invierno, ha organizado sus horarios, la tarde la pasa en la estación, en el rinconcito donde el paredón lo protege del viento sur y tiene asegurado el sol.
Desde hace poco Miguelito tiene compañía, es un perro mediano, lanudo, marrón y blanco, que lo sigue pegado a sus talones. Con él comparte alguna medialuna, alguna manzana o hasta el resto del café, que el cafetero le deja en el jarrito abollado que cuelga atado de un hilo atado a la cintura y que le golpea las pantorrillas cuando camina.
Llueve, suave pero implacablemente. Miguelito y su perro van a buscar refugio bajo un par de chapas apoyadas en la pared, en una franja de terreno del ferrocarril, junto a las vías.
De repente el perrito sale corriendo para alcanzar algo que el chico de la rotisería le muestra desde la vereda de enfrente.
En medio de la calzada el encuentro es fatal, desigual. El cuerpo del perro rueda, disparado, hasta el cordón de la vereda.
Miguelito corre, su perro está empapado en sangre y lluvia. Se desespera, contiene su primer impulsote levantarlo, algo desde su inconciente le dicta que primero habrá que inmovilizarlo. Mira a su alrededor. A pocos metros, la vergüenza vecinal: un montículo de cajas, cajones, bolsa, desperdicios mal olientes. Sí allí, una madera, unas tiras de tela servirán. Lucha para sacar un cajón y caen diarios y revistas viejos que se desparraman por el suelo. Ocurre algo trivial y definitivo: el viento vuelve las hojas satinadas y coloridas de una revista, la llovizna se encarga de interrumpir ese juego y las hojas quedan detenidas en una página desde una pareja con un niño pequeño, sonríen proclamando felicidad. Qué extraña conexión se hizo en el cerebro de Miguelito para que imágenes y recuerdos resultaran una fórmula milagrosa.
_ ¡No te vayas, no me podés dejar! ¡Vos también no me podés dejar! _es la explosión de llanto, el grito angustioso, que, a los tropezones contra las paredes, por las copas de los árboles, pegándose a la ropa de los transeúntes, convoca un círculo solidario.
_ ¡No te vayas! _abraza a su perro, lo acaricia como si fuera un niño, su niño, aquel que tres años atrás, envistiera con su propio automóvil al no advertir la imprudencia infantil. Su esposa nunca pudo comprender, enceguecida por su propio dolor, lo acusó, lo llamó asesino. También la perdió a ella.
Una ciénaga oscura lo devoró y entonces se condenó al silencio y al abandono, sin lucha, sin resistencia.
_ ¡Chango! ¡changuito!_es el dramático ruego. Al notar la sangre entre sus dedos, los sollozos se hacen gemidos. La vibración angustiosa resuena en las gargantas de los presentes y la humedad de la llovizna justifica la de muchos rostros.
Algo misterioso ocurrió en ese momento inexplicable y definitorio.
Miguelito ahora duerme en un cuartito de la agencia de remises, donde trabaja algunas horas atendiendo las llamadas. También tiene un turno en el kiosco de revistas y a veces se encarga de llevar algunos pedidos de la casa de comidas. Siempre lo acompaña su perro Chango, que todavía renguea de una pata trasera. El corazón de Miguelito también renguea, pero el haberlo puesto en marcha, es un milagro que solo ocurrió, porque en un día de lluvia, los ángeles trabajaron horas extras.

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