Exilado
El cuarto es el cuarto de un exilado. Un exilado interior o interno, uno que no se arrancó para el golpe, un miembro del insilio, como la jerga de años recientes ha catalogado su caso. Llama profundamente la atención un orden moderno, algo ajado, la escasez de objetos en la repisa, sobre la mesa. El hombre viste un traje de corte sobrio: larga chaqueta abotonada. Largas mangas largas. Amplios faldones. Pantalones anchos, rectos, con anchas listas, obscuros, de un paño rígido, elegante. La caspa aclara el dorso de los hombros de la chaqueta como una aurora particular en una extensión embaldosada de negro. Tiene una barba entrecana moteada de flecos color tabaco. Se mueve. No, solamente hace un ademán. Su camisa otrora blanca muestra una delgada corbata de lazo. Unas gafas sobresalen del bolsillo superior de su chaqueta. Parece que va a hablar. Ahora extiende su mano. Sonríe: " Qué se le ofrece". Esto no es casi una pregunta, es más bien una afirmación. Tiene el aire de no poder permitirse preguntas. Intenta una sonrisa. Tiene el aire de alguien que hace mucho tiempo que no sonríe. Encerrado en ese viejo piso oscuro para escapar del sol, sale rara vez a caminar por las calles del cerro, de los cerros, de la parte del pueblo que queda en los cerros. Penosamente se apoya en la caña que es su bastón, o en su bastón que imita una caña, recuerdo de un viaje a Europa. Prefiere sentarse en el banco de una plaza que queda cerca, en el plan, en el que se aglomeran los pocos lugares públicos de reunión, o tomarse un café o una cerveza, leyendo o mirando, en la terraza de un bar donde lo conocen mucho, aunque en verdad no lo conocen en absoluto, sólo que el va varias veces casi todas semanas y es un habitué. Exilado.

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