miércoles, 26 de noviembre de 2014

Alejandra Zarhi/Noviembre de 2014

AGUA DE LUNA

Con agua de Luna
baño el cuerpo que gime sediento.

Tras una pasión en desuso
y la dureza quebrada en la oscura pieza del ayer.

Solo imaginando
todo recuerdo destrozado por egoísmo enfermos
que convirtieron en tragedia algo tan inmaculado.

¡Cuidado!
La muerte acecha.
No acepta perdón.

Agoniza la vida.
Quedo inmóvil.




DEL LIBRO CANCIÓN PARA EL SILENCIO

Cristina Villanueva-Argentina/Noviembre de 2014


Cuando cursaba la especialización en Psiquiatría, no quiso anotarse en la materia semestral suicidología, tenía miedo a aprobar los trabajos prácticos.

Oscar Vera-Argentina/Noviembre de 2014



Sexo Animal

Deseo
Saborear el néctar de tus senos, y los labios carnosos de tu secreto,
embriagarme con tu aroma salvaje,
ciego de pasión,
en un subir y bajar mi cuerpo
arrollador, como una tromba, en su fiero arremeter
hacerte mía. 
Este es y será mi deseo,
 meterme en las cavernas foscas
de tus miembros torneados,
besarlos, que se impregnen con tu aroma hembra mis labios,
 buscar una y otra vez la boquita endentada  de  tus humedales,
hasta encontrar en ese paraíso el licor de los dioses,
y la inmaculada esbeltez de la figura de tu cuerpo cimbreante,
a un costado del lecho en esa  hora de brindarnos
en una cópula descomunal, agresiva
y tierna a la vez,
con su néctar rebosante como un durazno maduro, lleno de miel,  
escuchar el latido de tu corazón entre tus muslos.
Y explotar los dos juntos en unas bocanadas
 de emulsión caliente, urticante.
brindarnos besos inyectados de fuego, incandescente,
en lenguas  voraces e insaciables
de placer y lujuria.
Deseo que  tus manos vuelen  libres por mi cuerpo
hasta encontrar  lo  buscado sensible y dispuesto, 
que mi pasión azote tu zona erótica e impúdica,
desmembrando los tejidos de tu fruta prohibida
Tu como una pantera en celo, que rugas de pasión
 tú lujuria animal,
yo bramar  como león, frente a una hembra desnuda,
 ávida de placer, cabalgando mi potro salvaje,  
 mezclando nuestro aliento y sabor, por la selva endiosada,
 y bañados en sudor, sentir que el mundo es todo nuestro,
 que el placer es fastuoso en nuestras mentes,
 sin darnos cuenta si estamos despiertos, o soñando
 en una nube de aromas mezclados de macho y hembra,
 y ser dos, tu la manzana donde inyectar  
mi flecha lujuriosa, buscando el edén,
el paraíso, el horizonte, soñar en sabanas glaucas,  
arreboladas, o doradas de sol,
 o bajo una lluvia pertinaz chapotear en el barro,
 mirar volar las golondrinas sobre un mar saciado de belleza
Concluir, mojados, pegotes, pero embriagados del placer
 que nos causará el tremendo ajetreo
 de nuestro deseo animal.
.......................................................................
Tremolar como el viento, saciados de belleza, de goce.
y reincidir,
con el cuerpo y el alma a un costado del mundo.

Patricia Vena-escritora argentina, reside en Italia/Noviembre de 2014

Maxs Felinfer
EL SEÑOR CARLO GATTI Y SU ESPOSA

El señor Carlo Gatti y su esposa, la señora Francesca, estaban juntos desde hacía casi treinta años.
Él había pasado los sesenta, ella recién los había cumplido.
Vivían donde siempre habían vivido, desde que nacieron. En una isla. En el medio del Mediterráneo.
Una isla más bien árida. Luminosa. Caliente. El sol no la abandonaba casi nunca. Todo alrededor, plpayas grandiosas. Y un mar irresistible.
El señor Gatti y su esposa tenían un lugar especial. La gruta azul, se llamaba, y era una verdadera gruta sobre la playa norte de la isla, donde el resplandor del mar circundante coloreaba las rocas de un azul intenso.
Ellos iban a la gruta desde antes de casarse. Había sido allí, en la calma de una tarde otoñal, donde el señor Gatti le había pedido a Francesca que se casara con él. Y ella no había tardado ni siquiera un segundo para decir “sí”.
Habían continuado yendo a la gruta en el curso de los años, y en el último año aún más seguido. Casi todos los domingos.
A veces se llevaban una cesta con sandwiches, fruta, bebidas y almorzaban allí, entre el mar y las rocas. Otras veces iban después de almorzar y cuando llegaban extendían las mantas y dormían una siesta envidiable, en el silencio incompleto hecho de chapoteo del mar y de restos de un viento que sopla lejos.
Cada domingo, en auto, mientras iban hacia la gruta azul, la señora Francesca preguntaba a su marido donde iban. Él, cada vez, le contestaba « A la gruta azul”. Entonces ella preguntaba si ya habían estado antes. Y él, todas las veces, sin perder la paciencia, « Sí, todos los domingos ». La señora Francesca lo miraba sinceramente asombrada y preguntaba “En serio?”. Su marido, entonces, le dedicaba una mirada de sus ojos casi transparentes que desbordaban ternura, sonreía y decía “Sí”.
Desde hacía poco más de un año la señora Francesca sufría de esa fea enfermedad que les roba a las personas el bien más precioso del cual disponen: los recuerdos.
La señora Francesca no tenía más recuerdos, o mejor dicho: a veces los tenía y a veces no. Ahora sabía una cosa y estaba convencida que la iba a saber para siempre pero después de unos minutos no la sabía más. Entonces, tenía que preguntar siempre las mismas cosas. Pero ella no sabía que lo estaba haciendo. Creía siempre que era la primera vez.
Su memoria era un poco como Penélope con su tejido. Cada día tejía sin cesar. Más y más. Pero de noche, lo deshacía. Y el día siguiente comenzaba otra vez desde el principio.
El señor Gatti conocía este esfuerzo, sabía de las fatigas de la señora Francesca para lograr retener en la trama demasiado abierta de su memoria los recuerdos hechos líquidos.
Por eso el señor Gatti no se cansaba nunca de repetir las mismas palabras, no perdía la paciencia, ni contestaba bruscamente. Aunque a veces era exhausto de esa calesita que no paraba, y de esos días que parecían siempre el mismo, y de esos diálogos repetidos infinitamente, y de las preguntas, y de las respuestas.
Él decía que ahora su amor por la señora Francesca era más grande, y era más puro. Decía que hay existe una gran belleza en amar sabiendo que se puede solo dar, sin poder esperar recibir nada.
Decía que se sentía mucho más cerca de la señora Francesca ahora que en los últimos treinta años.
Hablaba de intimidad, de una intimidad mucho más alta, y mucho más completa.
El señor Carlo Gatti decía todo esto con una sonrisa serena, en los labios y en los ojos. Y así, quien lo escuchaba y lo veía le creía plenamente: “Debe ser realmente así si lo dice con esa cara.”
Algunos días la señora Francesca veía a su hija y no la conocía para nada, y preguntaba al señor Carlo: “¿quién es esa linda muchacha, tan educada, que encontré hace un rato en el jardín?”.
En cambio otros días sabía perfectamente quien era. Recordaba incluso su nombre y le preguntaba como iba su trabajo, si estaba bien de salud o si había comprado algún vestido nuevo. Esas cosas. Y era tan amorosa y afectuosa, que la hija no se resentía si en los otros días la madre no se acordaba quien era.
Un domingo el señor Gatti y su esposa estaban ahí, cerca de la gruta, saboreando la calma del lugar y charlando de bueyes perdidos. De pronto y sin ninguna relación con el tema del cual hablaban, la señora Francesca empezó a elogiar a su marido.
Él sonreía mientras ella le decía: « sos un hombre muy dulce y suave », y « me gusta mucho tu sentido del humorismo », y « pienso que sos un verdadero caballero, educado, afectuoso, inteligente...sí, realmente una persona correcta y agradable. Con vos, podría pasar horas a charlar sin aburrirme” y tantas otros elogios.
El señor Gatti sonreía, y un poco se ruborizaba, murmurando cada tanto “gracias, gracias”.
La señora Francesca le contestaba “no me tenés que agradecer, porque lo que estoy diciendo es la verdad”, con ese tono de voz bajo, aterciopelado, y esa cadencia casi musical que desde siempre le gustaba tanto a su marido. “Sos tan brillante en tus razonamientos, pero también tan emotivo y sensible... » continuaba ella. Y él seguía sonriendo, un poco conmovido, un poco divertido.
En un determinado momento, después de un breve silencio, la señora Francesca dijo: “conozco solamente otro hombre así, con todas estas virtudes tuyas”, “¿Ah, sí? ¿Y quién es?”, preguntó él con curiosidad. Y la señora Francesca, seria, sin énfasis, con el mismo tono que había usado hasta ese momento, respondió: “El señor Carlo Gatti”.
Patricia Monica Vena
(Dedicado a la señora Francesca que, en el año 2011, persiguiendo sus recuerdos, se fue).



Primer premio por la prosa, del concurso literario "I colori delle donne" edición 2014





Carman Vega Olivencia-Noviembre de 2014

Amantes en la niebla

No cesa este llanto interior.
Te veo en cada gota de lluvia,
húmedo y triste.
Presiento el dolor de tu silencio,
distante queja de tu propio abandono,
falta sutil del tacto que revive.
Procuro  suavizar este frio
que se cuela con la lluvia,
salpicando cada poro del alma.
Tu fantasma se apodera de la tarde
en el preciso momento
en que aparecen las sombras.
Esas sombras malditas que se burlan,
Y retumban los lamentos
en las cavidades internas,
sabemos que el  llanto no nos salva.
Las penas laten en un ritmo acelerado.
Ritmo amargo que carcome
la cal de los huesos.
Me ahogo en preguntas,
maldigo mi impotencia.
Cuanto diera por tenerte a mi lado,
forrarte tibio entre mis brazos,
cubrir las grietas que diluyen la vida,
deseando que fuéramos otra vez:
Yo, mujer vieja de amor,
Tu, hombre que siempre ha vivido en mí,
 sofocándome de angustias,
nublando mi sol de cada día,
Nosotros: amando como locos  fantasmas  del ayer.

Luis Tulio Siburu-Argentina/Noviembre de 2014

Y se puso a pensar         
“No basta compartir las ideas con el prójimo; se ha de compartir la vida” (Rabindranath Tagore)


El reportaje había terminado.  Lo último que escuchó Beto en su automóvil fue Hospital Salaberry. El pequeño reporteado se quedó callado. Había dicho todo y mucho más. Si hasta faltaba que entregara sus lágrimas. El reportero también se quedó sin palabras. Si hasta faltaba que cambiara el micrófono por un pañuelo. El automovilista manejaba mirando el camino pero metido metafóricamente dentro de la radio, puertas adentro de la emisora. Si hasta faltaba que aplaudiera. Pero no quiso dejar el volante. Ni tampoco estaba seguro que el aplauso fuera lo correcto en ese momento. Quizás sí como elogio a la voluntad y valentía. Quizás también por la corrección y falta de golpes por parte del periodista. Pero el hecho era muy grave como para aplaudir. Había que limitarse a rogar y analizar porque a veces la sociedad llega a extremos ridículos, retrógrados, miserables, injustos. Pero que se tapan con un manto de hipocresía. Y al otro día, si te he visto no me acuerdo. Aunque quede un llanto grabado, una voz escuchada por miles, un duplicado de la nota en una página de periódico del día siguiente.

Y se puso a pensar.

Beto, el conductor del automóvil que manejaba hacia Campana, creía a veces ( o casi siempre ), que las cosas le pasaban solamente a él. Hasta que aquél programa del cual se había hecho oyente consuetudinario le mostró historias de otros, de muchos. O de uno sólo, que bastaba por mil. Como el chico de ésta tarde. Y se dio cuenta entonces que era un egoísta que priorizaba sus problemas, olvidando que los demás también los tienen. Y mucho mas graves que los suyos.

Ese día la nota había sido muy fuerte, caló hondo en sus entrañas, la voz del chico que pedía sangre para su hermanito – a las puteadas limpias - aún le caminaba por sus oídos. Estuvo una hora andando por la autopista y en ese ínterin no entró  a la radio ningún llamado preguntando por la hora, el día, el lugar, donde se podía hacer la donación en forma directa, porque la gravedad del caso asi lo requería. Eso sí, muchos llamaron para asegurarse “si el próximo lunes era feriado largo” o si ya había fecha fijada para “el partido de fútbol suspendido la noche anterior por agarrarse a trompadas los hinchas de un mismo club”. Los imbéciles siempre tienen tono disponible para ingresar al conmutador de los medios.

Y se puso a pensar.

Frenó de golpe. Por si acaso miró antes su carnet de conductor para confirmar su tipo de sangre. Cruzó del otro lado de la Panamericana y volvió rápido hacia la Capital. Atravesó el peaje, tomó Avenida General Paz hacia el Riachuelo, bajó en Juan Bautista Alberdi rumbo al centro, Hasta la calle Pilar. Había una plaza. No entendía nada. Allí siempre había estado el Hospital Salaberry, Averiguó. Le dijeron que cerró en 1981. Se ve que hacía mucho que no iba por el barrio. Ahora se llama Hospital Santojanni, pero que muchos le siguen diciendo ex Salaberry ( esa es la última palabra que escuchó por radio) y queda en la calle  Pilar , a diez cuadras de allí. Aceleró y entró corriendo a la Guardia. Preguntó por Ricardo Yanpur. No sabía si era con LL o con Y, porque lo había escuchado por radio, le dijo a la enfermera. “El hermanito de un chico de 7 años que necesita urgente sangre “factor B - RH negativo“aclaró. Lo llevaron enseguida a una habitación del primer piso. Lo acostaron al lado del rubiecito que lo miraba con ojos casi sin vida. Se llamaba Ismael. Los enfermeros y el médico de guardia hicieron rápidamente las maniobras previas a una transfusión directa, luego de comprobar que la sangre de Beto era la necesitada, un tipo de sangre difícil de hallar entre la población. Habrá estado allí tres cuartos de hora. Al rato se acercó Ricardo. “¿Usted vino porque me escuchó por la radio?” preguntó. –Si, le contestó Beto, vine por los dos, por tu hermano  y por tu coraje para recorrer todo Buenos Aires y lograr un micrófono para salvar una vida. No te podía fallar… “Gracias, señor…¿cómo se llama usted ?”. -No importa ahora. Llamáme Beto.

Y se puso a pensar.

Beto – mientras tomaba un descanso de media hora y comía una medialuna, recomendada por los médicos –se dio cuenta que no estaba allí de casualidad. Y precisamente en ese Hospital, aunque ahora hubiera cambiado de nombre y de lugar, pero era el ex Salaberry, para el caso era igual . Y justamente el mismo tipo de sangre. Muchas coincidencias para que los recuerdos no afloraran Hace muchos años, ni él mismo podía precisar cuantos perounos cincuenta, hubo un accidente entre un micro estudiantil y un tren, en una barrera de….algo así como Villa Celina o Mataderos o Villa Madero…Él era un adolescente que ese día estaba casualmente en lo de su amigo Coco y pasó algo que lo marcó, como suele pasar con las grandes tragedias. Por una radio igual a la de hoy, seguramente menos moderna, se anunció el terrible hecho y que una gran cantidad de heridos eran llevados al Hospital Salaberry. La madre de Coco – él cree que se llamaba Inés o Beatriz, no podía precisar – al escuchar que el tipo de sangre pedida coincidía con la suya, se  puso un sacón gris, ni se peinó casi, tomó la cartera y sin pensarlo dos veces le dijo a Coco  que se iba a donar sangre al Salaberry. Nadie se la había pedido. No fue necesaria “una cruzada nacional” ni “un premio especial” para que ella tomara la decisión. Nunca iba a olvidar la escena y a esa mujer. Que seguramente ya estará muy viejita o quizás haya fallecido. ¿Alguien habrá donado sangre para ella si fue necesario? Beto no puede contestarlo porque lo desconoce. Pero lo que sí puede afirmar – y está orgulloso que aquel recuerdo lo hiciera hoy retomar la Panamericana – que una vez conoció a una mujer – llamada Inés o Beatriz, el nombre es lo de menos – que no se quedó sentada frente a la radio esperando que la llamaran o la vinieran a buscar….El amor hacia los demás – ahora lo sabe Beto – no se hereda, se debe hacer conciencia…. Entonces… basta ahora – razona hacia adentro – de estar pensando en uno mismo solamente. De mirarse su propio ombligo.






Alicia Scordomaglia-Argentina/Noviembre de 2014

LO QUE UN SUSPIRO…

La velada había resultado encantadora…
Esther, se acomodó el abrigo negro de pana que le cubría la espalda. A través de él, se dejaba ver la blusa verde marino, de seda natural, que había heredado de su madre…Menos mal que ya no estaba en este mundo. La hubiera retado por tener pensamientos pecaminosos.
Como llama encendida, su mirada se cruzó con la de ese sesentón, de aspecto gallardo, varonil…De impecable traje gris oscuro. Una discreta corbata a rayas al tono…
Quiso esquivarlo, pero era tarde. Roque venía hacia ella. Su primera intención era saludarla, y preguntarle, por qué no había atendido sus llamadas, la semana previa al estreno.
Esther se sentía atraída por su dulzura, su hombría de bien, su calidez…
Sin embargo, tras varios meses de seguirle el compás, había decidido no acceder a sus requerimientos…Era muy riesgoso. Su marido se daría cuenta. 
No era feliz, pero…mejor dejarlo así…
-Caramba Esthercita… ¡Qué buena moza está! Le queda lindo ese color… La hace más joven.
-Por favor Roque, no me comprometa. Allí viene mi esposo…
-¿Todo bien, mi amor?- preguntó José-.
-Sí… Te presento al señor Salcedo… Es el director de la orquesta…
- Sí, sí…ya lo ubico… José lo miró con un dejo de altivez…
Ella era suya.
Aunque no la quisiera…Aunque la engañara con cuanta pollera se le cruzara en el camino… Él era su dueño…
El músico, no pudo articular palabra... Aquel espécimen, agarró del brazo a su mujer, y  la llevó casi a empujones, hacia la puerta del salón… 
Ruido de copas, conversaciones altisonantes; mucha gente. Nadie notó la brusca maniobra… El maltrato.
Esther sabía lo que le esperaba…Él prendió la luz del living. Tiró las llaves a un costado, y comenzó a gritarle obscenidades… Tomó la caja de fósforos y la botella de alcohol que guardaba siempre en el aparador…
Después vendrían los golpes…
Las valijas cayeron pesadamente sobre el umbral del edificio…
-¡Roque! ¡Ábrame! ¡Soy yo!...
El hombre reconoció aquella voz angelical, a través del portero eléctrico…
Tardó lo que un suspiro en bajar al hall principal….
Un maravilloso suspiro; y un abrazo, que duraría para siempre…

Ana Romano-ARgentina/Noviembre de 2014

ESBOZO

Sobre la mesa
de un bar
apoyada
una taza blanca
de café
El aroma
acaricia la mirada
ausente
Las manos
aferran la ilusión.