EL SEÑOR CARLO GATTI Y SU ESPOSA
El señor Carlo Gatti y su esposa, la señora Francesca, estaban juntos desde
hacía casi treinta años.
Él había pasado los sesenta, ella recién los había cumplido.
Vivían donde siempre habían vivido, desde que nacieron. En una isla. En el
medio del Mediterráneo.
Una isla más bien árida. Luminosa. Caliente. El sol no la abandonaba casi
nunca. Todo alrededor, plpayas grandiosas. Y un mar irresistible.
El señor Gatti y su esposa tenían un lugar especial. La gruta azul, se llamaba,
y era una verdadera gruta sobre la playa norte de la isla, donde el resplandor
del mar circundante coloreaba las rocas de un azul intenso.
Ellos iban a la gruta desde antes de casarse. Había sido allí, en la calma de
una tarde otoñal, donde el señor Gatti le había pedido a Francesca que se
casara con él. Y ella no había tardado ni siquiera un segundo para decir “sí”.
Habían continuado yendo a la gruta en el curso de los años, y en el último año
aún más seguido. Casi todos los domingos.
A veces se llevaban una cesta con sandwiches, fruta, bebidas y almorzaban allí,
entre el mar y las rocas. Otras veces iban después de almorzar y cuando
llegaban extendían las mantas y dormían una siesta envidiable, en el silencio
incompleto hecho de chapoteo del mar y de restos de un viento que sopla lejos.
Cada domingo, en auto, mientras iban hacia la gruta azul, la señora Francesca
preguntaba a su marido donde iban. Él, cada vez, le contestaba « A la gruta
azul”. Entonces ella preguntaba si ya habían estado antes. Y él, todas las
veces, sin perder la paciencia, « Sí, todos los domingos ». La señora Francesca
lo miraba sinceramente asombrada y preguntaba “En serio?”. Su marido, entonces,
le dedicaba una mirada de sus ojos casi transparentes que desbordaban ternura,
sonreía y decía “Sí”.
Desde hacía poco más de un año la señora Francesca sufría de esa fea enfermedad
que les roba a las personas el bien más precioso del cual disponen: los
recuerdos.
La señora Francesca no tenía más recuerdos, o mejor dicho: a veces los tenía y
a veces no. Ahora sabía una cosa y estaba convencida que la iba a saber para
siempre pero después de unos minutos no la sabía más. Entonces, tenía que
preguntar siempre las mismas cosas. Pero ella no sabía que lo estaba haciendo.
Creía siempre que era la primera vez.
Su memoria era un poco como Penélope con su tejido. Cada día tejía sin cesar.
Más y más. Pero de noche, lo deshacía. Y el día siguiente comenzaba otra vez
desde el principio.
El señor Gatti conocía este esfuerzo, sabía de las fatigas de la señora
Francesca para lograr retener en la trama demasiado abierta de su memoria los
recuerdos hechos líquidos.
Por eso el señor Gatti no se cansaba nunca de repetir las mismas palabras, no
perdía la paciencia, ni contestaba bruscamente. Aunque a veces era exhausto de
esa calesita que no paraba, y de esos días que parecían siempre el mismo, y de
esos diálogos repetidos infinitamente, y de las preguntas, y de las respuestas.
Él decía que ahora su amor por la señora Francesca era más grande, y era más
puro. Decía que hay existe una gran belleza en amar sabiendo que se puede solo
dar, sin poder esperar recibir nada.
Decía que se sentía mucho más cerca de la señora Francesca ahora que en los
últimos treinta años.
Hablaba de intimidad, de una intimidad mucho más alta, y mucho más completa.
El señor Carlo Gatti decía todo esto con una sonrisa serena, en los labios y en
los ojos. Y así, quien lo escuchaba y lo veía le creía plenamente: “Debe ser
realmente así si lo dice con esa cara.”
Algunos días la señora Francesca veía a su hija y no la conocía para nada, y
preguntaba al señor Carlo: “¿quién es esa linda muchacha, tan educada, que
encontré hace un rato en el jardín?”.
En cambio otros días sabía perfectamente quien era. Recordaba incluso su nombre
y le preguntaba como iba su trabajo, si estaba bien de salud o si había
comprado algún vestido nuevo. Esas cosas. Y era tan amorosa y afectuosa, que la
hija no se resentía si en los otros días la madre no se acordaba quien era.
Un domingo el señor Gatti y su esposa estaban ahí, cerca de la gruta,
saboreando la calma del lugar y charlando de bueyes perdidos. De pronto y sin
ninguna relación con el tema del cual hablaban, la señora Francesca empezó a
elogiar a su marido.
Él sonreía mientras ella le decía: « sos un hombre muy dulce y suave », y « me
gusta mucho tu sentido del humorismo », y « pienso que sos un verdadero
caballero, educado, afectuoso, inteligente...sí, realmente una persona correcta
y agradable. Con vos, podría pasar horas a charlar sin aburrirme” y tantas
otros elogios.
El señor Gatti sonreía, y un poco se ruborizaba, murmurando cada tanto
“gracias, gracias”.
La señora Francesca le contestaba “no me tenés que agradecer, porque lo que
estoy diciendo es la verdad”, con ese tono de voz bajo, aterciopelado, y esa
cadencia casi musical que desde siempre le gustaba tanto a su marido. “Sos tan
brillante en tus razonamientos, pero también tan emotivo y sensible... » continuaba
ella. Y él seguía sonriendo, un poco conmovido, un poco divertido.
En un determinado momento, después de un breve silencio, la señora Francesca
dijo: “conozco solamente otro hombre así, con todas estas virtudes tuyas”,
“¿Ah, sí? ¿Y quién es?”, preguntó él con curiosidad. Y la señora Francesca,
seria, sin énfasis, con el mismo tono que había usado hasta ese momento,
respondió: “El señor Carlo Gatti”.
Patricia Monica Vena
(Dedicado a la señora Francesca que, en el año 2011, persiguiendo sus
recuerdos, se fue).
Primer premio por la prosa, del concurso literario "I colori delle
donne" edición 2014