lunes, 22 de febrero de 2010

Alicia Balista-Buenos Aires, Argentina/Febrero de 2010


SABIA PRESENCIA



Mis ojos desperezan

suaves aleteos de pestañas

-parecen levantar vuelo-

todo mi cuerpo se alarga

hacia único rayo de sol

entra por mi ventana

(inseguro)

-traspasa los cristales-

se posa sobre el llanto azul de violetas

-color aroma-

confabulados en sedosa tela

mujer avanza (silencioso caminar)

-deshojando palabras-

Madre mía tan sabia siempre

te acercas

desnudas mi mirada

(¿mujer o niña?)

palpas este cuerpo

-aterido desolado-

brazos me acunan

bajo un sueño de lluvias

chispas amarillas exploran rincones

-calor brillo refugio-

recojo pisadas antes que el tiempo las lleve

surgen los recuerdos

-infancia madurez-

génesis de manos

acarician mi rostros

tu ángel acude afligido

desafía

arrogante tristeza

inquietud sin nombre

anhelo tu voz

(cuentos de noches frías)

dorada visión reaparece

acomodo los sueños bajo la almohada

y la puerta se abre

irrumpe sigilosa (acarrea)

maletas de esperanzas

caja de sonrisas

tardes sosegadas

soy

-pájaro mariposa luciérnaga-

(alas de emisaria) sentimientos al viento

vaticinan tu serena presencia


Raúl Fernández-Buenos Aires, Argentina/Febrero de 2010



Madres y abuelas


Existe una problemática que se viene agravando a través del tiempo y que se ha transformado en una patología. El problema de las madres adolescentes. Muchachas que van generalmente de los 15 hasta los 18 años. A este problema hay que sumarle uno aún mayor y son las madres de esas chicas. Mujeres que van de los 35 a los 50 años.

Esas mujeres, que de la noche a la mañana se transforman en abuelas, aún siguen manteniendo muy vigente, como es lógico, su sentido de madres. El problema reside en que esas abuelas, en la mayoría de los casos, se transforman en madres de sus propios nietos.

Esto sucede porque las adolescentes tienen relaciones sexuales pero no están preparadas para ser madres, entonces delegan casi obligatoriamente sus deberes de madres en sus propias madres y, como se supone que las madres saben mucho; además como necesitan seguir siendo madres, comienzan a desempeñar un rol que no es el que deberían. Esto lo podemos ver más que nada en todo el conurbano bonaerense y en los alrededores de otras grandes ciudades de nuestro país, en loS colectivos, en las calles, en los hospitales, en las salitas de primeros auxilios. Son las abuelas las que cargan con los críos y no las verdaderas madres.

Éstas, pobrecitas, no saben ni dónde están paradas. Es evidente que sufren el shock de haber parido a tan temprana edad. No tienen la capacidad ni la mentalidad para hacerse cargo en forma adulta, por ellas mismas, y sin depender de sus madres para lo que deben hacer. Ellas abrieron las piernas y eso es todo. Puede parecer cruel pero es así.

Abuela, o el término abuela, es otra cosa.

Lamentablemente, estas adolescentes deben someterse a esta situación porque no les queda otro remedio. Deben vivir en la casa de sus padres, comer de su comida, pues en la mayoría de los casos no saben valerse por ellas mismas. No pueden hacerse un aborto porque no lo pueden pagar, por eso estos casos se dan en la franja de la clase media baja. La clase media o la alta lo puede “arreglar” de otra manera.

Tampoco las madres de esas adolescentes son culpables pues sus propios problemas, las condiciones en las que viven, el tener que ir a fregar pisos para mantener la familia y el poco cerebro les impiden prevenir o preparar a sus hijas, aconsejarlas o contenerlas. Es así como estas niñas transformadas en madres deben delegar algo tan preciado como un hijo en su propia madre; y ésta, joven aún, necesita seguir siendo madre y asume un papel que no sólo no le corresponde sino que perjudica en forma sustancial a la criatura. Pues ¿quién es la madre en si?

El Estado se encarga de las campañas de prevención y la distribución de preservativos. Pero el Estado ¿tiene conciencia de que un adolescente puede tener sexo todos lo días y que los preservativos no alcanzan y que el joven que embaraza a una adolescente ni siquiera tiene dinero para comprarlos aunque quisiera? ¿El Estado tiene conciencia que esos jóvenes no pueden pagar la habitación de un hotel y tienen sexo en cualquier parte? ¿El Estado tiene conciencia de que la higiene en la que vive esa adolescente con su criatura está completamente ausente?

Esa criatura, que tiene una madre que apenas le lleva 15 o 17 años y una abuela que le lleva 35 o 40 años, criado en esas condiciones ¿qué puede esperar de la vida?

No quiero meterme con las organizaciones que se llenan la boca hablando contra el aborto o designan un día del “niño por nacer” y mucho menos con las religiones porque de hipócritas el mundo está lleno.

Me interesa abordar el tema de esas niñas-madres y de esas abuelas-madres porque este es un Asunto de Estado.

Muchas veces, cuando las veo como si fueran un pollo mojado, con la mirada y la mente casi ausentes, y al lado de ellas las madres portando sus criaturas me pregunto ¿cuál de las dos es la madre? Es difícil de distinguir.

Somos un país subdesarrollado no porque no tengamos tecnología, producción o fábricas o grandes profesionales. Somos subdesarrollados porque no tenemos parámetros para saber cómo encarar este tipo de patologías y porque al Estado o al gobierno de turno o a nuestra iglesia le conviene que sea así, que siga así y que nunca cambie, y que si cambia sea para peor, porque en los países subdesarrollados cuanto más ignorante sea el pueblo mejor para ellos; aunque el discurso sea otro.

A esto debemos agregarle el fenómeno de las madres separadas o divorciadas, que cuando “su nene” o “su nena” de 16, 17 o hasta 20 años consiguen novio o novia pasajero, hacen lo imposible para que estos estén en la casa y se sientan cómodos. Muchas de esas madres hasta le compran una cama de dos plazas (“para que los chicos duerman bien, pobrecitos”) sin darse cuenta que son relaciones pasajeras. ¿O son madres que quieren tener otro hijo cuando ya se les pasó el cuarto de hora o quieren vivir la vida de sus hijos? Y “los nenes”, varones y mujeres, aprovechan esta “coherencia” de sus madres sin darse cuenta de lo patético de la situación. Entonces no crecen. Están, solo están.

Muy adultos para tener sexo ellos, eso si, dormir en cama de dos plazas también. ¿Y lo otro? El crecimiento individual ¿Dónde está? O cuando esa relación se rompe, esas madres ¿Piensan un segundo en que a sus hijas/os les queda un espacio vacío en la cama? ¿Creen que eso a sus hijos no les afecta? ¿Qué tienen en la cabeza esas madres? NADA, ABSOLUTAMENTE NADA. Los psicólogos y los psiquiatras desde ya muy agradecidos.

Por supuesto que la culpa de todo esto también la tienen los “norteamericanos”. ¿O no?



domingo, 21 de febrero de 2010

Marco Antonio Chávez Díaz-Yucatán, México/Febrero de 2010




ALGUN DIA


Algún día en algún lugar

podre verte y clavar mi mirada

en tus ojos verdes

algún en algún lugar

podre abrazarte como el viento

algún día en algún lugar tocare tu piel

y besare tu alma

algún día seré la sombra de tus pasos

algún día será…

Algún día me sentare frente a ti, sin tu saber nada

solo escucharas mi voz de silencio

algún día en tus mañanas te cantare en tu ventana

algún día en tus mañanas dejare una rosa roja

algún día tocaras una mano amiga

sin saber que es la mía

algún día será…

Algún día

no lo dudes te juro que así será

tus venas sentirán mi sangre

tus ojos verán mi amor

en otro cristal pero, ahí estaré yo

algún día será…

Lo que nunca cambiara

eso, así será, mi afán de soñar

soñador y romántico hasta la eternidad




sábado, 20 de febrero de 2010

Josefina Fidalgo-Buenos Aires, Argentina/Febrero de 2010


I N S O M N I O


Salpicar de ocasos

Átomos del tiempo

que se desgajan

en la curva labeada del horizonte

Ausencia que se hamaca de tarde en tarde

y se cuelga de las noches

perturbantes de lomadas

Rumia el viento

Atropella estatuas

Poda nombres

Barre musgos

No cesan las agujas

del reloj metálico

Son crudos repiques de alfileres

Ruinas del insomnio mestizo

Una burbuja vitrea en la celosía

se esfuma

con golosa lentitud

Gárgaras de cristal en la ventana

Un encadenado relámpago descolorido

Y el calcáneo del fantasma nocturno

En la gruta

De un verde quirófano.



Eduardo M. Scialabba-Buenos Aires, Argentina/Febrero de 2010



CANTO A MI ARGENTINA



CANTEMOS TODOS UN CANTO A LA ARGENTINA

CON ESPERANZA CON FE CON VALENTIA……..

UNIENDO PARA SIEMPRE LOS SENTIRES

MARES DE TRIGO EN VEZ DE FUSILES………..

TIERRA DE PAZ SEMILLA QUE ESPARCIMOS

ES MI ARGENTINA……………………….

LA PATRIA TAN AMADA

CRISOL DE RAZAS

VIVIENDO SU ALBORADA…………..

BASTA DE GUERRAS

GRITEMOS TODOS JUNTOS

A LOS HERMANOS

LOS NUESTROS Y DEL MUNDO

QUE SEA NUESTRO EJEMPLO

COMPARTIDO Y ALUMBRE

EL SOL DE LA BANDERA

CELESTE EL RUMBO AL INFINITO….

Y BLANCA LA CONCIENCIA

AL QUE LO QUIERA


ARGENTINA!......ARGENTINA…..ARGENTINA

Nélida Vschebor-Buenos Aires, Argentina/Febrero de 2010


CUESTION DE CRITERIO

Volvían de un viaje maravilloso, tantas veces postergado y al fin cumplido. Habían ido a festejar su flamante nombramiento como decano de la facultad de Ingeniería.

Aún sentían en sus ropas impregnado, el rocío de los lagos y el perfume de las flores silvestres, mientras que en sus oídos perduraba el retumbar de los bloques de hielo rompiéndose en miles de astillas, en danza majestuosa e irrepetible.

No hablaban. Los sumía el cansancio y el recuerdo de lo recién vivido. Susy repentinamente, tomó la flor que trajera consigo. Una rosa fulgurante en el sedoso raso de sus pétalos. Se volvió hacia Pablo y lo miró expectante. Mientras él permanecía con la mirada fija en el vacío. Y las palabras murieron en su boca.

La carretera estaba desierta, se perdía en el infinito. Daría la impresión que lo agreste del entorno los dominaba.

Al fin se detuvieron en una hostería enclavada en la ruta. Necesitaban comer, caminar un poco, distenderse. Salieron a recorrer sus alrededores. Lindando con el edificio había unos intrincados matorrales y más allá algunos árboles frutales.

Hacia allí se dirigieron. Caminaban uno al lado del otro sin hablar. Parecería que ya todo estaba dicho entre ellos. No era tirantez, más bien acostumbramiento, rutina, casi una especie de hastío. La total seguridad de contar siempre con la otra parte....

Para entonces se hizo la hora de la merienda. Y volvieron por el refrigerio. Había algunos parroquianos ocupando unas mesas. Se acomodaron frente a la ventana.

Cuando Susy levantó la vista vio al maitre acercarse hacia ellos. Su rostro se transformó como si viera un fantasma. La expresión pasó del asombro, al temor, para llegar a la exaltación. Sus miradas se cruzaron.

Ella se levantó abruptamente y terminó en sus brazos, mientras sus labios se sellaban en un beso.

Pablo, azorado ,irritado y un poco vejado, la tocó en el hombro.

Ella entonces los presentó por sus nombres: Te presento a Julián, él también es ingeniero civil...Pablo, mi esposo.

Durante la comida no cambiaron palabra alguna. Pablo estaba más tenso que de costumbre. A Susy le brillaban los ojos y una sonrisa traviesa se instaló en sus labios.

Cuando siguieron viaje, ya en el coche, Pablo rompió el silencio que pesaba sobre ellos, recriminando su actitud, mientras preguntaba quien era el personaje.

-“Un antiguo novio”, dijo ella.

Una risa incontenible brotó de los labios de él.

-“Vaya”, rió irónico, “tuviste suerte de encontrarme”

-“No entiendo”, fue la lacónica respuesta.

-“Vamos querida, es un don nadie, sólo un mozo calificado. Que hubiera sido de ti de haberte casado con él”. Ella lo miró a los ojos y dijo: “Simple querido, hoy él, sería el Decano de la Facultad de Ingeniería”.





Juan Carlos Vecchi-Olavarría, Provincia de Buenos Aires, Argentina/Febrero de 2010


EL CAPRICHOSO SAPATRÁN

Sapatrán, sumo sacerdote y zumo de limón de Sasasa, cayó al piso de las enfermedades, pero rápidamente lo instalaron en una cama inundada de ferviente almidón. De eso se ocupó una fiel feligresa, de nombre Felicia Flora Fenoma, Sor de la Orden de las Efes, quien llevolo a su blanquecino aposento, tapolo con premura y dedicose a cuidarlo con arriesgado ahínco.
-¿Qué desea comer, mi señor epistolar? -preguntole enseguida.
-¿Ese vendría a ser yo? -preguntole enseguida II.
-Iesofcorse... my lord de los ángeles con alas delta.
-Ah, quiero el cuarto trasero de un elefante africano.
Sin respuesta, en primera instancia, pero batiendo sus orejas como hipopótamo hembra para que su mente tome vuelo, Sor Felicia, ensaya una pregunta, a modo de respuesta:
-¿Puede ser hindú el paquidermo?
-Bajo ningún punto de vista o ceguera; africano o no quiero nada, es más, tiene que ser más africano que elefante y más cuarto trasero que trompa, pata o efímera cola.
-Muy bien, mi señor, consultaré con la cocina epistolar y trataré de satisfacer su pedido sacerdotal. ¿Qué tal?
Sor Felicia, con rostro de angel impotente, al rato volvió.
-No hay, mi señor -dijo-. Pero el chef de las almas monaguillas dice que podría conseguirle una fotografía de dicho animalazo.
-Ni modo. No quiero nada entonces, entonces no quiero nada. Nada...
-¿Me está diciendo mi señor que debo desnudarme y tirarme a la pileta de las vírgenes inverosímiles? ¿Eso me ordena, mi señor? De ser así, debería haberme dicho: Nade, Sor Felicia.
-Haga usted lo que quiera, hermana Fenoma , bastante tengo ya con esta murga piquetera retorciendo mis hambrientas tripas. Pero sepa que esto traerá consecuencias, alguna cabeza irresponsable caerá. Como que me llamo Dr. Bormann.
Sin aclararle que ese no era su nombre, girose sobre sus duros y negros tacones, y fuose Sor Felicia hacia el exterior del palacio de Sasasa; desnudose ella y zambullose a la pileta haciendo alarde de una destreza acrobática sin igual (alarde para su hinchada de la ausencia porque la pileta era solamente utilizada para lavar las papas y las batatas): 3 mortales y, antes de tocar la superficie del agua congelada, bombita boliviana y el grito "¡Kindergarten!".
Al rato, volvió Sor Felicia a la recámara del sacerdote, con sus turgencias ya sin urgencias, y preguntole:
-¿Puedo traerle un flan casero, mi señor?
-Quisiera casero un flan, sí, pero eso es postre; antes deseo comer mi elefante africano. ¡Viva África!
¿Y qué me dice, oh señor de la petición absurda, un flan casero de África?
-No. Ahora quiero comer jabalí y les azotaré el lomo si me lo sirven con un mísero canuto. ¡Jabalí sin canuto alguno, yo deseo!
-¿Lo desea con alguna nacionalidad específica o puede ser uno de los que tenemos en el establo de las almas prescindibles?
-Como sea, pero que sea jabalí y os lo deseo en delgado formato de gruesa milanesa, ya los quiero ver... y quiero 3 porque tengo mucha hambre, apresurate mujer de las ansias neutralizadas.
-Me apresuro, mi señor, lo hago a pesar de las 7 enaguas que vosotros me obligais a soportar debajo de mi gruesa vestimenta que todolotapa, pero... ¡de acá, lo logra!
Sor Felicia y cuatro empleados del monasterio (dos jardineros, el cocinero y uno de los choferes de la negra y longa limusina del sacerdote caído), enseguida se dispusieron para atrapar al menú, el cual más enseguida percibió la asesina artimaña de los cinco humanos que, sonriendo y hablando de bueyes perdidos, se le acercaron... ¡a correr, señorita y señores!
Tan gordo como escurridizo y veloz, el jabalí no se entregó sin antes hacerle sudar la cofia y los calzoncillos largos a sus perseguidores. Y no fueron solamente las casi dos horas que demandó su captura... ya amordazado y en el interior de un cajón de pelones, hubo que explicarle por qué iba a ser degollado, luego trozado, luego vuelto a armar y más luego colocado en una bandeja con una pata de pollo en su boca.
-No se ofenda, don jabalí -dijo amargado uno de los jardineros-. Nos quedamos sin manzanas, de hecho usted mismo se comió hasta el único árbol que había.
A pesar de las protestas del jabalí ofendido por la pata de pollo metida en su boca, un bate de softboll contundente y una filosa y relampagueante espada vikinga, dieron por terminado el asunto y regresó Sor Felicia, feliz de cumplidora con bandeja y campana de puro oro, a la recámara del sacerdote, pero encontrose con éste muy muerto.
Sobre su rígido y mortecino pecho, el ya ido Sapatrán, había dejado un papel con algunas palabras. Éstas prometían una venganza por su abandono y hambruna: "Volveré con algunos kilogramos de más y tendré fuerza para matarlos a todos. Dios es el mejor cocinero y no le pone pasas de uvas a los rellenos de empanadas como siempre hacía la gorda obesa voluminosa de Sor Phresa, ella me lo hacía a propósito porque me odiaba. ¿Why me odiaba? Sapatrán, sacerdote que no deja dot..." (los tres puntos suspensivos corresponden al momento en que el caprichoso Sapatrán expira; la palabra completa sería dote, por cuestiones de rima y lógica).

Amado Storni-España/Febrero de 2010


ERNESTO “CHE” GUEVARA

LA flor que siempre es flor de Primavera,

el néctar que a los sueños da la vida,

el humus de la tierra prometida,

el triunfo de la lucha guerrillera.

El mundo galopante de ilusiones,

la rosa que ha nacido sin espinas,

tu voz la voz de América Latina,

tu luz la luz de nuestros corazones.

El tiempo descosido de futuros

recuerda en cada gesto al comandante,

romántico, bohemio, reflexivo.

La vida es un enfermo prematuro,

la muerte es la más fiel de las amantes

y Ernesto “Che” Guevara sigue vivo.




Loreto Silva-Chile/Febrero de 2010


Feria de Antigüedades


Los puestos disponían diversos objetos desechables en un vano intento de simular antigüedades. Improvisados toldos paliaban el sol que abrasaba, desagradado quise irme, los locales adosados en ambos flancos lo impidieron. Empinado sobre el gentío, queriendo ver cuanto faltaba para salir, observé esa tienda color marfil, sucia, la única sin gente hurgando sus mercancías. Cuando llegaba a ella cada posible cliente avanzaba rápido, como si un mal viento lo afectara.

Sentí la necesidad de ir a ella, cuando lo logré agradecí el grato espacio sombreado, de pronto la oí, hablaba un extraño lenguaje incomprensible, un hombre desde adentro dio un salto y expresó anhelante: —¡La oyes!, ¿tú la oyes? — Asentí, acostumbrado ya a la penumbra pude verla, era una hermosa serpiente negra con manchas doradas; el vendedor que parecía estar en un mundo anacrónico: vestía túnica blanca, hatta con karige dorado, dedos atiborrados de anillos de oro; se dio por satisfecho al verme estupefacto. El imponente animal me despertaba curiosidad en lugar de temor, supuse que a los demás el ofidio debía infundirles algo que yo ignoraba.

Cauteloso, extrajo una esfera negro-verdosa y la dispuso enfrente, tenía unos veinte centímetros de alto. En ese momento se aclaró destellando en su interior una tenue luz ambarina. Alborozado susurró —Tócala —. No me atreví, entonces tomó mi mano y dócil la dejé conducir hasta posarla sobre ella. El efecto fue inmediato, nubecillas comenzaron a moverse adentro dándole aspecto de una perla dorada, iridiscente.

Era de mañana, el calor incipiente prometía un día pesado. Tomé la mochila y el billete del autobús; falto de entusiasmo para viajar pudo más la insistencia materna, quien veía en ese paseo el término a mi confinamiento voluntario. Un accidente ocurrido años atrás impedía que trabajase, era joven e improductivo.

Nos reunimos en la Terminal, sólo hombres, muchos adultos mayores y algunos jóvenes; íbamos a unas termas situadas sobre un desaparecido estadio aborigen. El autobús viajó varias horas, subiendo barrancos por caminos resecos, hasta llegar a una planicie en pleno desierto. Las agradables aguas termales terminaron animándome, pasé la tarde escuchando historias y bromas de turistas, quienes pensaban que acompañaba a alguien mayor.

Al regresar al hotel nos sentamos sobre unos tablones para entrar a los escasos baños individuales. Tardaban bastante, el hastío pasó a molestia y se convirtió en rabia. Aunque con el físico disminuido sentía demasiada juventud en la sangre para tan larga espera. Enojado, entré al galpón aledaño a indagar, noté con extrañeza que por fuera era amplio y cubierto de madera, pero, su interior daba la impresión de ser una caverna. Una pareja, vestida con tocados indígenas, conversaba detrás del mesón, los llamé, sorprendido él preguntó: —¿Qué desea?— Contesté airado: —¿Hay otro baño?— El joven esbozó una sonrisa enigmática, silencioso indicó una puerta entreabierta, al trasponerla quedé impresionado. Estaba en un camino de piedras subiendo una ladera de cerro, el lugar: húmedo y soleado, una vegetación magnífica y tupida. Curioso, caminé hacia arriba y de repente, en lo alto, vi huyendo a un hombre de otros dos. Deduje de sus indumentarias que eran cazadores tribales, asustado ni siquiera intenté volver. Uno de los indígenas lanzó una pequeña piedra refulgente, que avanzó lenta y rozó con ligereza al perseguido, regresando luego a la mano de su dueño. El impacto, aunque leve, lo desmoronó carecía de daños aparentes; aún así, tuve la certeza de su muerte. Los hombres dieron la vuelta, pensé: «Vienen por mí», huí a la caverna y me paralicé frente a un espectáculo sobrecogedor: los cadáveres de quienes venían conmigo en el autobús. Un frío sudor bajó por mi espalda. Los cazadores conversaron entre sí, se acercaron haciéndome una venia con sus cabezas, a modo de… un saludo respetuoso, creí entender que decían: —Tú tienes el don.

—¡Tú tienes el don! —Volví a oír, esta vez era el vendedor. Con suavidad levanté la mano, el material estaba negro, inactivo. El hombre con su mirada parecía hipnotizarme: —Te corresponde—, dijo, ante lo cual respondí: ­—¿A mí? Ni siquiera sé qué es.

Habló imperturbable: —Una esfera decorativa de obsidiana, muy antigua, ¡umh!... diría que ancestral—. La metió en un saco de piel. Impelido por fuerzas desconocidas lo tomé firme. Cierto ya de la imposibilidad de dejarla, respondí: —¡Me convenció! ¿Cuál es el precio? Tengo poco dinero—. Su respuesta fue perentoria: —¡Es tuya!... ¡No debes pagarla!

Salí de la feria con la bolsa colgando de un hombro, entre mis brazos y cuello se enroscaba Sibila, su guardiana. Llegados a casa, tardé en instalarlas; luego tomé la mochila y el billete del autobús, falto de tiempo, pese a todos los esfuerzos llegué tarde a la Terminal. Al día siguiente leí en la portada del periódico: “Autobús de Turismo de la Tercera Edad se desbarrancó, no hay sobrevivientes”.

Mención de Honor en genero cuento en el “8° Certamen Internacional de Poesía y Cuento Breve”, Mis Escritos. Argentina.




Rolando Revagliatti-Buenos Aires, Argentina/Febrero de 2010


Derroteros



La fresca y pimpante criatura unióse en matrimonio a Feliciatti tres largos años antes de prendarse de Valentina. Con él tuvo gemelos robustos. Dejóse destinar para Feliciatti por su padre, a quien también su esposa había sido destinada por el suegro. De blanco frente al altar, con todos los permisos y plácemes familiares recibidos, sociales y religiosos otorgados, regodeóse por vez primera imaginándose a solas con Feliciatti. Feliciatti, de exactamente el doble de su edad.

Espléndida ella por simple existencia, sin artificios, casi sin poses. Feliciatti, barnizado comerciante en comestibles, en cambio, ampuloso y plagado de latiguillos. Amante ponderable después de todo, lograba estremecerla. Los gemelos, como dije, robustos, nacieron sin dificultad.

El flechazo entre Valentina y la fresca y pimpante criatura prodújose en la fiesta donde descubrieron que la progenitora de Valentina, en su condición de obstétrica, había asistido a la progenitora de la progenitora de los gemelos en el parto en el que vio la luz.

Cuando la obstétrica enviudó, Feliciatti, por despecho, enterado de la incidencia de Valentina en su cónyuge, decide seducir a la obstétrica. Empieza la noche misma del velatorio del marido, y redondea la entusiasmante tarea, semanas después. Valentina y la destinada a Feliciatti festejaron el salpimentado romance.

Cristalizadas perduran más o menos así las cosas. Socios y barnizados comerciantes, habiendo adoptado con naturalidad los latiguillos alocutivos de su padre, los gemelos, hombres de bien, se mantienen indeclinablemente robustos y ampulosos.




Víctor Raik-Buenos Aires, Argentina/Febrero de 2010


T O S T A D O D E L M O N T E



Cuando bajaban del monte, se le animó. Tata. ¿yo tengo nombre…?

El viejo hachero, con la piel llena de picaduras y heridas cicatrizadas como caparazón de tortuga, lo miró en silencio. Era la primera vez que su hijo se le atrevía. Se manejaban con miradas, con gestos y respondían solamente a las necesidades del impenetrable monte.

Era parco el viejo, su voz no tenía uso. Solamente el quejido del esfuerzo gastaba su lengua áspera y reseca. En el mango de su hacha tenía cavada las formas de sus manos y en la filosa hoja de acero, la sabia moribunda del árbol caído.

Tostado… te llamás Tostado- balbuceó el viejo. Y agregó sin mucha convicción-: del Monte. Eso… te llamás Tostado del Monte. El pecho del gurí se hinchó de orgullo. Ya tenía nombre, faltaba lo más difícil.

Tata… yo soy hombre o animal…?

La pregunta recorrió el monte y penetró como una flecha envenenada en el pecho del hachero.

El machete abre caminos y descabeza serpientes. Rebeldes matas, espinas, chanchos salvajes y raíces asesinas dificultan el descenso. Fueron cuarenta días sin luz, lejos de los hombres y acosados por bichos y alimañas. Largas noches de insomnio, de dormir a ratos con el oído atento y el arma lista. Alguna mulita, carne cocida mantenida en sal gruesa y un hilo de agua que gotea desde las húmedas hojas de un imponente algarrobo, mitigaban el hambre y la sed. Sólo la música del golpe seco y regular del hacha paterna acompañaba la soledad. El mundo estaba lejos. Algunas veces el murmullo ahogado de motores que surcan el cielo les hace levantar la cabeza, pero es inútil: gigantescos follajes impiden la visión.

-Los animales no hablan, sólo los cristianos…

-Tata… tengo miedo

-Miedo… ¿de qué tiene miedo?

-Del diablo, tata, me pone fuego… en el cuerpo, siempre viene de noche y no me deja dormir.

-No es el diablo m´hijo, es el calor del monte…

-No tata, es mi cuerpo… se mueve todo y sudo mucho.

-Es que usted ya tiene catorce inviernos.

-Tata, ahora que tengo nombre y muchos inviernos, puedo tener hembra?

Jacinto está aturdido; su rostro es una grieta ancha de tierra seca. Sus dientes chamuscados de masticar tabaco, muerden la espesa saliva y su mirada de halcón se vuelve de paloma. Su gurí ya es un hombre.

Le recuerda su infancia, la experiencia con su tata en el monte. La venganza fatal del quebracho rebelde que lo aplastó. El hacha como herencia y el silencio como código de vida. Recuerda la tapera de adobe y techo de paja. A la mama esperando con el locro humeante y a los críos revolcados en el gallinero. A la Rosaura recostada en los surcos de los algodonales provocándolo con un amor tímido, pero con la pasión salvaje de los animales. Se avivan los recuerdos. La locura y el rancho en cenizas.

Bajaba del monte en busca de la paga, los parroquianos en silencio, miradas esquivas y leves murmullos lo alertaron. Después lo supo; su compañera se cansó del monte y del abandono, se cansó de buscar sombra entre los yuyos de la tapera, se cansó de los críos llorando de hambre, y una noche de luna llena, bajo la mirada de caranchos expectantes, se inmoló junto a sus hijos. Sólo el gurí se escurrió de la tragedia.

Con la barba tapando angustias y el Tostado siguiéndolo como perro de carro, cruza como forastero el pueblo camino al rancho. Esta vez el regreso es diferente. Ya no tiene nada que perder y ahora lo acompaña un hombre…

Lonjas de tocino, maíz para el locro, yerba , harina para la torta frita, un pan de grasa, arroz para el guiso, vino y la ginebra que lo ayuda a vivir hablan de una paga mezquina. Después, los recuerdos y los sueños. Siempre en el silencio.

El rancho sigue igual. Los yuyos y la bomba seca hablan del abandono. No hay muebles, sólo dos camastros sobre el piso de tierra. Los colchones son mantas de cuero de vaca y las cobijas son ponchos de mil amaneceres. Se cortan el pelo y las uñas, se sacan las espinas que traen como heridas de guerra y hierven la ropa. Se lavan y se sientan a comer. Hacía rato que no comían guiso. Se están desquitando. El hambre y la sed saciados los amodorran. Con la panza llena y el corazón bombeando alcohol, se afloja el pico.

-Tata, ¿dónde está mi hembra?

-Ya va a llegar…m´hijo, ella también lo está buscando.

-Tata, ¿ no me estará buscando en el monte?

La noche cae lenta. El viejo se adormece, extraña el monte, el peligro. Entre sus sueños se le, aparecen animales muertos, árboles caídos y la luna llena que, como mandinga, provoca la locura y pare lobizones.

E gurí no puede dormir, está afiebrado. A su cuerpo, como al viento norte, lo sacuden ráfagas de fuego. En el aire vuelan trenzas atadas con cintas rojas. El tata no miente. Su hembra lo está buscando.


1° premio del certamen Nacional Elvira Laitano, organizado en Navarro, prov. de Bs. As.