jueves, 17 de enero de 2013

Emilia Marcano Quijada-Venezuela/Enero de 2013

TAL CUAL

No soy mujer de adornos,
no creo en adefesios ni pinturas,
soy una desterrada de la calle
robada a la poesía.
No escribo jeroglíficos
para aparentar intelectualidad
o impresionar a los tontos.
Soy tal cual; cuasi-cursi,
sufro ante la injusticia,
sufro de sobrepeso,
simplemente me acepto:
Perversa y abstinente.

Así vivo, así escribo,
no me pregunten si leí a este o aquel,
si ya compré el último éxito
de fulano de tal.
No me pidan que llore
cuando no quiero hacerlo,
ni mucho menos
que salga a la calle a correr
un maratón.
No me pidan que vea novelas,
que beba alcohol,
ni que haga cola
para comprar un pollo muerto.


Quien me ama lo sabe...
Miren al cielo, sonrían, escriban
sin detenerse,
tomen café y coman pan dulce,
pellizquen sus mejillas por las mañanas,
escuchen música suave y dejen
que una lágrima fluya,
usen colonia para bebés, sueñen poemas.
Y estarán haciendo exactamente lo mismo
que yo hago todos los días. 

miércoles, 16 de enero de 2013

Nélida Vschebor-Buenos Aires, Argentina/Enero de 2013



EN SOLFA DE TRES


Soñando que venías
yo te esperaba.
Veía que subías
la senda cansada
Cuando te divisé
de lejos, pensaba
¡No te soñé!
Allí, tú estabas.


Que suerte tengo
para mí decía
de lejos vengo
y lo presentía
El amor perdura
El tiempo espera
Soy toda tuya
cuando te crea


Hoy te ví
no estabas solo
Un puñal sentí
pero no lloro

Oscar Alfonso Vera-Buenos Aires, Argentina/Enero de 2013

Tengo un sueño

Tengo un sueño soñado,
muchas  veces soñado,
empapado de lumbre, de auroras
quiero la paz que atesora

Y erige al hombre en humano,
reine la luz, y a mi hermano
decirle que juntos, sigamos amando
sin rencores, sin odios  ni llantos.

A la virgen niña pedirle su manto,
de humildad llenarlo, de amor, y cariño
cual ave canora que trina en los campos
respirando mieles en los verdes prados,

Por que tanto odio, por que tanto escarnio,
por que, tantos niños sin sol mancillados,
por que tanta saña por que este mal pago
si Dios nos sonríe, si el cielo está claro

Y la luna nívea nos está alumbrando
si el árbol ofrece su sombra y sus ramas
con miles de nidos  que a la vida cantan
no los maltratemos, que nos merecemos

el nido y las aves, y sembremos mieses,
cosechemos trigo, seamos unidos,
y vivamos todos en paz sin misterios
sin ideas necias que el mundo

ya es nuestro, no a las miserias,
no a panes ganados a costilla de otros,
de aquellos que dejan su alma y su cuerpo
por treinta monedas, por míseros sueldos,

buscando horizontes, para ellos ya muertos,
sembremos estrellas de amor y ternura
cosechemos soles y lunas tangibles,
y seamos uno para otros todos

y seamos todos para ese uno
este, es mi sueño, mi sueño soñado
ya basta de hieles solamente abrunos
sentirnos hermanos por todos amados.

Carmen Amaralis Vega Olivencia-Puerto Rico/Enero de 2013

Sin huellas en la piel

Tarde en la noche
vuelvo a mi aposento satisfecha.
Sigilosa retomo la pose de mujer ingenua
y  puedo mirarte a los ojos sin sentir culpa.
He vagado  largas horas el arco iris  luminoso
casi ciega de amores y tormentos,
siempre dispuesta a recorridos nuevos,
quebrando las barreras insalvables,
con fantasías doradas a mis pies,
de esas que no dejan huellas en la piel,
pero sí en el alma.
Y por qué sentir culpa,
No hay porque sentirlas,
si los años sobre el vientre no las sienten,
si el temblor del cuerpo lo permite,
y  las lacras ocultas en el alma lo reclaman.
Hago con mi vida lo que quiero y puedo.
Que se pudra la crítica y el desprecio ajeno,
que se muerdan la lengua los hipócritas,
los que niegan sus sentires y se amargan,
con el amargo cruel de la desidia
y  la envidia mortal de los idiotas,
de esos idiotas que no viven,
ni te dejan vivir como tú quieres.
Porque tu vida es una y es solo tuya.

Javier Úbeda Ibáñez-España/Enero de 2013



De lunas y deseos

De las lunas de tus ojos emerge una fuente que gotea deseos
anaranjados que resbalan hasta tu boca
y salpican tu rostro,
              meciendo tus pecas,
                            removiéndote hasta dentro y por dentro…

La distancia no olvida nunca
cuando el amor es verdadero.
La distancia te amarra,
te agita  y  te araña con sus uñas.
Las
       distancias
                         no
                                 existen                
cuando el amor late lunas y deseos
y te siento
tan cerca
               que te puedo tocar.

Te toco.

En las lunas de mis ojos acaban de acampar unas gotas:
desveladas,
   hambrientas,
        sinuosas,
            provocativas,
                                  verdes y
                                              amarillas,
                                                            que esparciéndose                               
                                                             te buscan.

Una de ellas cruje,
le tiembla la vida.
Luego se abre,
                    me trae tu voz:
“Te sigo esperando”, me dice
mientras me observa
y yo la acuno con mimos y ternuras,
                                 la acaricio con miradas, le doy mi vida.
“Y yo a ti, amor”, le contesto en silencio.

Patircia Terra-Buenos Aires, Argentina/Enero de 2013



VIVE...
Atrévete a ser libre.
Cuando el cuerpo
deje de existir
no se llevará papeles,
con sellos
a prueba de agua.

Encárgate de complacer a tu alma
es el único que seguirá brotando
cuando la carne diga basta.

María Elena Soria-Chilecito, Provincia de La Rioja/Enero de 2013

Centinela


Vigía en la montaña, amigo del silencio,
estampa verde en suelos, de desierto inmortal..
..
Tus brazos espinosos, senderos limpios, ciertos,
dando agua al sediento y vida al animal..
..
Cardon callado… mudo, expectante y lejano,
Reflejas con tu estampa, existencias de paz…
..
De tierras calcinadas, por soles taciturnos…
tus brazos, como escudos, abrazan al pasar…
..
Señor de las montañas, padre de los senderos,
tus espinas son sueños y tu cuerpo un lagar…

Luis Tulio Siburu-Buenos Aires, Argentina/Enero de 2013

LA ÚLTIMA PAGINA DEL LIBRO     

La última página del libro
Es algo diferente
Para quien la escribe o para quien la lee

Para el escritor es la culminación
De una cosecha de cuentos
De un enamoramiento de poesías
De una selección de relatos

Para el lector es la despedida de un amigo
La salida de un laberinto de emociones
El descubrimiento de quien es el asesino

A la última página del libro
No siempre alcanzan el escritor o el lector

El escritor no arriba ( y no publica )
Cuando el cierre del tema le resulta  inalcanzable
No tiene algo concreto que decir
O el tema es imposible de creer para él mismo
Cuando pierde el hilo de la historia
O el personaje se le escapa por su cuenta

El lector no llega, si no capta lo que lee
Si cuatro noches seguidas vuelve a la página uno
Si una redacción densa no lo aferra a la trama
Si opta rápido por dormirse antes que seguir leyendo

Es verdad también que hay escritores
Que prefieren escribir para que no los entiendan
Es una posición, una moda, una tendencia
Excentricidad, que a veces atrae, otras aleja

Es verdad también que hay lectores
Que compran un libro para decir que lo leyeron
Aunque aún lo conserven  tieso en la mesita de luz
Luego de leer la contratapa
Para tener libreto de elogio o de crítica
O pertenecer a  determinado grupo de referencia

Independientemente de razones o sinrazones
La última página de un libro existe siempre
Se haya disfrutado o no de la propuesta
Cambia quizá la piel de su estructura
Puede humedecerse de lágrimas
O quedar intacta como una virgen

La última página del libro
Es el beso final de quien deja un amor
Para entregárselo a otro

Roxana Rosado-México D.F./Enero de 2013


EL ÚLTIMO VIAJE

Espero pacientemente
la llegada inexorable del tiempo
afuera nieva,
el frío se apodera de las paredes
de esta habitación oscura y melancólica
que llora el extrañarte
y sueña con tenerte,
pero el reloj ha tocado su última campanada
y la noche llega ya,
su mano fría abre la puerta
y penetra con sus pasos imperceptibles al ojo humano
es voraz, se apodera de todo a su paso
los cuadros, las fotos ayer coloridas
hoy lucen sin brillo, sin formas
sin afecto,
el polvo, al igual que los años
se han acumulado en mis huesos
en los vidrios de las ventanas,
en las cortinas raídas
como raída esta mi alma
desde tu partida,
y ahora que el reloj ha llorado su última canción
me despido de esta casa que alguna vez
albergó una promesa de amor,
esta casa que fue testigo
de tantas risas y noches de pasión
de promesas que quedaron en los rincones
esperando ser cumplidas,
que se fueron enjutando tristes y solas
al igual que yo misma,
pero hoy mi alma con regocijo espera llegar al andén
que apenas ayer te vio partir
en una noche que me ha perseguido durante centurias
sin embargo, ahora soy yo la que se va
para abordar el tren
que en esta noche oscura y fría de invierno
me llevará a mi último viaje.

Ana Romano-Buenos Aires, Argentina/Enero de 2013

Paradoja


Empapada
se recuesta
sobre la arena
húmeda
La luna
viaja por su cuerpo
Las olas
despedazan la espuma
En el parador
se arremolina
la ventisca
La luz
avanza en silencio:
ilumina
la butaca del espectador.


Teófilo Rojas López-Boyacá, Colombia/Enero de 2013

TIEMPO


Disfruten  Todos, Chicas y Chicos.
Madres e Hijas, Nietos y Padres.

Mientras respiren, dancen y canten
Gocen la vida todos los días;
Aun es tiempo; “que no sea tarde”.

Amen la vida con gallardía,
No tengan miedo ni desconfianza,
Se lo merecen seres ilustres;
Llevar corona, sus ¡Majestades!

Corra la sangre todos los días,
Igual que un río que se desborda.
Hasta la luna, hasta la gloria;
Que suene el eco de grandes olas.

Adiós la ira, no más venganza;
Tomen conciencia y con paciencia.
Derriben muros de indiferencia,
De antipatía y de violencia.

Contemplen el Universo en amistad y disfrútenlo unidos…
Luego de este pulcro momento,
Ahoguen el odio en una creciente;
Una creciente de compasión ferviente.

Con las llamas que origina la razón;
Transformen fusiles, dardos y bayonetas.
Fórjenlos  todos para crear riquezas,
Ideen nuevas visiones, símbolos de grandeza.
Miren fijo, todos  en una misma dirección,
Que el corazón palpite fuerte;
Que sea tan fuerte su latir,
Que extinga para siempre los cañones.

Que corra la sangre en abundancia,
¡SI, Pero   adentro de las venas!
Que provoque fuego de amor,
Alianza de Planeta inmejorable. 

Que mane el parentesco cual estrellas,
Para borrar por siempre del lenguaje.
Espeluznante oscuridad; desoladora hambrienta,
Esa palabra letal, perversa guerra.

¡Al Creador! Bienvenida sincera…
Dispense por favor, por  anhelar  jugar;
Al bandolero, al policía, al ratero.
Travieso artificio que comenzó ensayando
Con tanques, con mísiles, con morteros,
Absurda estupidez, tiene sepulcros llenos...

Por siempre y para siempre, en amor y con sabiduría,
En tanto que respiren disfruten la existencia en armonía.
¡Excelsa Humanidad! Transforme  el existir en alegría,
Aun es TIEMPO de ser feliz en esta vida.


Ascensión Reyes-Chile/Enero de 2013

EL GUACHIMÁN

            Sentado en una mesa del concurrido restaurante porteño, la Playa, en Valparaíso, Fabio estaba a la espera de su pedido. Mientras mordisqueaba un trozo de pan batido, untado en un sabroso pebre, anticipado por el garzón. Esta vez había dispuesto darse un gusto, el día anterior le habían pagado su sueldo y había cancelado todas sus deudas, que no eran muchas, y ello lo hacía sentirse contento. Su banquete consistía en: una paila con camarones al pilpil, y una cazuela bien condimentada, con todos los ingredientes que debe llevar.
            A las 9 PM. Debía abordar una lancha para ir a su trabajo como cuidador nocturno en el buque de carga “Buena Esperanza”, a la gira en la bahía.
            Mientras comía su exquisito menú y escuchaba las melodías del recuerdo que llegaban del viejo Wurlitzer, arrinconado en una esquina del salón, vio pasar muchas personas que entraban y salían del local. Una de ellas, en particular, le llamó la atención. Una mujer como de su edad, cincuenta años o talvez menos, había solicitado permiso para ir al baño de damas. Al regreso, pasaría cerca de su mesa. Fabio estuvo atento para cuando ésto ocurriera.
            Ya al entrar, algunos varones de la barra del bar, habían notado su presencia; a él le pasó lo mismo. Llamaba la atención no sólo su figura, sino además su prestancia al caminar. Creyó recordar a una chica de sus tiempos juveniles. De pronto apareció la estupenda mujer y miró en todas direcciones, como buscando un lugar donde acomodarse. Fabio sin pensarlo mucho la abordó:
            -Perdone, me pareció un rostro conocido. Por casualidad es usted Rebeca, que vivía en el Cerro Cordillera, en la calle Díaz Garcés.
            La mujer quedó mirándolo intrigada: -Sí, claro! Me llamo Rebeca, y ahí viví con mis padres durante muchos años.
            -Yo soy Fabio, ¿Te acuerdas que fuimos compañeros del comercial?
            -¡Oh! Por supuesto. ! Claro que me acuerdo!- ¡Qué chico es el mundo, ¿No?! Y le pasó su mano para saludarlo. Fabio no se contentó con este saludo. Le tomó la mano con más fuerza y la atrajo hacia sí en un fuerte y amistoso abrazo, por los muchos años que no se habían visto. Rebeca un tanto desconcertada, explicó su presencia en el bar:
            -Pedí permiso para usar el sanitario, y cómo debo consumir algo, estaba buscando un lugar dónde ubicarme.
            - ¡Pero, por supuesto!, te sentarás conmigo,- dijo acercando otra silla a la mesa. – ¿Quieres que te sirva lo mismo que yo pedí? o bien otra cosa. Pide lo que quieras. Tenemos tanto que conversar. El rostro de la mujer había tomado un tinte rosado, a pesar del frío de sus manos. Sin duda los recuerdos de antaño rondaban entre ambos.
            Habían sido “pololos” de juventud, ambos iban al Instituto Comercial, en diferentes cursos. Él más adelantado que ella, pero a la salida de clases, él se daba maña para toparse con la chica e ir juntos camino a casa. Esta sana compañía duró hasta el primer “malón”, al que los padres de Rebeca le dieron permiso de asistir con Fabio, muy recomendada, sobre todo en el retorno a casa. “Las 12 de la noche era la hora indicada para el regreso de una señorita decente”, dijo su padre con el ceño fruncido. A las once y media estaban en camino de vuelta, pero para hacerlo más largo, habían decidido subir la empinada escala, al lado del Ascensor Serrano, cerrado a esa hora.
            Los pícaros grados de alcohol, proporcionados por el Clery (vino blanco, mezclado con Bilz, Papaya, y bastante fruta picada, manzanas, naranjas y plátanos), la bebida obligada para los varones, en cada evento juvenil. Algunos canapés en pan batido o de molde, con paté y pastas de queso y jamón, confeccionadas en casa, complementaban el festejo. El baile, la bebida y el ambiente juvenil que habían compartido, hizo que el ánimo de ambos, estuviera alegre y  predispuestos a comportarse con cierta audacia.
            Rebeca, de pronto se restregó un ojo diciendo que le había entrado una pestaña. -¡Sácamela!- le dijo a Fabio. El muchacho se acercó solícito, pero antes que pudiera mirar ya se estaban besando apasionadamente. Y así el romance siguió por dos años. Eran los que faltaban para terminar la carrera de Contador para él y Secretaria para ella.
            La última vez que la vio, fue cuando desde lo alto de un camión de mudanzas, se despedía en un adiós que sería hasta nunca. El padre de Fabio había recibido una oferta de trabajo en Puerto Montt, con casa incluida. Por ello debía partir, rápidamente, para hacerse cargo de su puesto.
            Las distancias enfrían las pasiones, es el razonamiento más simple y certero, unas pocas cartas y más adelante el silencio. Rebeca pasó a engrosar el primer lugar, de una larga lista de novias, pololas, amantes y convivientes, que vinieron después.
            La conversación fue larga y provechosa para Rebeca y Favio. Ella le contó que había sido madre muy  jovencita, dedicándose a su hija y a sus padres, hasta que ellos murieron y ya su hija se había titulado de Ingeniero.
            Pasó la hora de la lancha y mucho más, Fabio se comprometió de acompañarla hasta su casa. Él se quedaría en un hotel cualquiera. La excusa en su trabajo, una enfermedad repentina. En ese momento el Wurlitzer desgranaba los acordes de un bolero que, para ambos, traía el recuerdo de su encendido romance juvenil. Ya quedaban pocas mesas ocupadas, por ello Rebeca aceptó. Ambos, cogidos por la melodía, se unieron en un baile pleno de emociones y añoranzas y ¿por qué no también sueños? de un futuro inmediato.
            Regresando a la mesa, decidieron que era el momento de partir, era la primera hora del día siguiente. Un último brindis con el exquisito vino que había pedido Fabio, para amenizar la conversación. Luego le ayudó a colocarse el abrigo y la bufanda. Por su parte se puso su chaqueta acolchada y su infaltable sombrero que protegía su pelo cortísimo.

            Al salir a la puerta del restaurante, un frío viento los cogió como en un torbellino. Desdibujando a Rebeca, la calle, el lugar y todo su entorno. Fabio había escuchado un  fuerte golpe a estribor que lo despertó totalmente. Seguramente el vaivén propio de la marejadilla había corrido una lata. Se desperezó igual como lo haría un gato después de una siesta, y salió del recinto que lo acogía en las largas noches de guardia, entre ronda y ronda. Pero este sueño recurrente era uno de los motivos que lo mantenían dispuesto a seguir luchando por sus tres hijos, la mayor, reconocida siendo una mujer y sus otros dos pequeños.  Rebeca, su mujer, ya era historia, pero igual, cada quince días la iba a visitar a su tumba. 

Rolando Revagliatti-Buenos Aires, Argentina/Enero de 2013

La historia sigue

Jabrellas se hospedaba en una pensión de la calle Maza. Vestíbulo, cocina, baño, retrete, corredores, diez habitaciones, algunas pequeñas, una de las cuales, en el tercer patio, él arrendaba. En ese último patio, en “la piecita del fondo”, que en realidad no era más que un sucucho –al lado de “la carbonera”, habitáculo donde no se guardaba carbón, sino trastos -, vivía Blanca, una copera a la que el hijo de la encargada, ciclotímico de ocho años, le alcanzaba el desayuno pasadas las dos de la tarde. En ese patio áspero había canteros, menta, hormigas y caracoles. “La piecita” no tenía ventana, pero sí la de Jabrellas, seborreico cuarentón tirando a gordo, empleado del subte, línea “A”. Calvo, con cara de luna abollada y el nacimiento de la barba muy marcado. Servicial, cuando no dormía sus once horas sagradas. Jabrellas, anticipado del estereo, en su día de franco nos inundaba de música clásica y Dajos Bela. La encargada solía encarecerle que le cambiara los cueritos de las canillas. La pareja de la pieza frente a la cocina, que les pasara alguno de sus tres discos, todos boleros, ya que ellos no disponían  de combinado. Los paraguayos, otros pensionistas, que les saliera de testigo en un trámite ante un ministerio. Los de la habitación enorme que separaba los dos primeros patios, lo reclamaron un domingo para jugar al truco. Las mellizas y el padre de las mellizas lo solicitaron por asuntos de electricidad. Otra vez, él se ofreció para entablillarle provisoriamente una pata a Mini, la quisquillosa perrita negra de Norma, la sufrida hija de la catamarqueña. También ayudó Jabrellas a correr muebles, a baldear, a podar la parra. En las paredes de su cuarto exponía fotografías enmarcadas de mujeres desnudas (pubis, aparte). Lindas fotografías: artísticas. Como del Playboy de los años cincuenta. En su ropero, dentro de sobres marrones, había muchas otras fotos con motivos similares. Cuando su madre y sus hermanas caían a visitarlo desde Baradero, escondía los cuadritos . Sólo con prostitutas mantenía escaramuzas eróticas a las que por períodos de no más de noventa minutos cada quince o veinte días Jabrellas se entregaba. Le gustaba pagarles y jamás pichuleaba. Parecía conforme con su régimen de veintidós, veintitrés o veinticuatro encamadas anuales. Del bello sexo comentó en cierta expansiva oportunidad, que observando a unas adolescentes en Gath y Chaves se le había ocurrido la siguiente frase: “Todas las jovencitas son jóvenes”. Jabrellas tendía a sonreír, a mostrarse correcto y mesurado. Los de la sala, el cabo de la policía y su concubina, no lo saludaban. Abonaba el alquiler con puntualidad, usaba trajes, cepillaba con bríos su dentadura. En Baradero, ni mientras cursaba el secundario ni cuando trabajó en la forrajera tuvo novia. Y tampoco en la gran ciudad. Hasta que Blanca, su vecina de patio y jardincito, se lo encuentra detrás de una ventanilla de la estación Loria, se fija en él y algo conversan. El caso es que Jabrellas, así, desprevenido, se sorprende el diecinueve de diciembre de mil novecientos cincuenta y ocho, invitándola a Blanca a tomar café en un bar por Congreso, una hora después.

          La historia sigue con que ahora están los dos en la pieza frente a la cocina, son viejos, las fotos las vendió Blanca hace más de dos décadas al dueño de un boliche en Lanús, Jabrellas es jubilado, en “la piecita del fondo” Blanca pinta vírgenes de plástico y abonan el alquiler, tan módico, de la ex-pensión, en la que, con varias habitaciones clausuradas, son sus únicos ocupantes.


Alfonso Ramírez de Arellano-España/Enero de 2012

Aprender a esperar y a desesperar (II): la resilencia

Afortunadamente los seres humanos podemos aprender otras cosas que a sentirnos indefensos, también aprendemos a tener esperanza, a confiar en nosotros mismos y en los demás, a ser optimistas y a desarrollar respuestas creativas incluso en las condiciones más adversas. Esta capacidad de protegernos y adaptarnos creativamente a un medio hostil se ha relacionado con un concepto de difícil adaptación al castellano denominado resilencia. La resilencia ha sido definida de muchas maneras. Desde el aforismo de Nietzsche: "Lo que no me mata me hace más fuerte", hasta la definición de Luthar, uno de los promotores de la teoría, de "un proceso dinámico que tiene por resultado la adaptación positiva en contextos de gran adversidad". En definitiva un mal comienzo o una mala racha no tienen por qué tener un mal final.
Trabajando en un programa de salud con ancianas judías, Aaron Antonovski comprobó que un grupo de ellas, que había conseguido sobrevivir a los campos de concentración nazis, disfrutaban de un estado de salud mental extraordinario. Buscando una explicación a por qué algunas personas son capaces de salir indemnes e incluso reforzadas de situaciones muy desfavorables desarrolló un modelo que denominó salutogénesis y que relacionó con determinadas características de los individuos para recuperarse, para crecer saludablemente y para resistir las condiciones hostiles.
Antonovski estudió, por una parte, lo relativo a la fortaleza de los individuos, ya que no todos tenemos la misma capacidad de resistencia ante determinadas condiciones ambientales y, por otra, el significado que cada individuo atribuye a la situación estresante a la que se enfrenta, ya que cuando los humanos vivimos etapas difíciles importa mucho el modo en que las interpretamos y el sentido que damos a nuestra conducta para resolverlas, rendirnos o adaptarnos a ellas.
Agrupó esas características en dos tipos: la capacidad de resistencia y el sentido de coherencia. La capacidad de resistencia la relacionó con recursos de tipo biológicos, materiales y psicosociales y la coherencia la basó en tres factores: 1) comprender lo que ocurre, 2) manejarse con lo que acontece y 3) dar un sentido a lo que se hace.
Incluso entre los animales siempre se encuentra un grupo de individuos más resistentes a la indefensión aprendida. El mismo Seligman describió un subconjunto de perros en sus experimentos que, a pesar de recibir descargas eléctricas indiscriminadas, supieron sobreponerse y no caer en el abatimiento.
En el caso de los animales habría que buscar la explicación en la primera parte de la fórmula: la capacidad de resistencia que en ellos está muy influida genéticamente, pero entre nosotros es la segunda la que cobra un valor diferencial. En nuestro caso la seguridad del instinto es sustituida por la búsqueda de sentido.
¿Podemos abordar el sentido de la vida desde un punto de vista psicológico además de filosófico o religioso? Y en caso afirmativo, ¿cuáles serían los elementos que determinarían la búsqueda del sentido y el desarrollo de una actitud positiva ante las adversidades en los seres humanos?
Según Bowlby, los seres humanos necesitamos desarrollar, sobre todo en la infancia, lo que él llamó un apego seguro, algo que se consigue básicamente contando con alguien que confíe en nosotros, que nos quiera incondicionalmente y que partiendo de esa seguridad nos aliente a explorar e investigar por nuestra cuenta. Es muy importante desarrollarse en un ambiente seguro y afectuoso, pero no basta, también es necesario aprender a explorar. Tienen que animarnos a investigar, o al menos no desalentarnos por miedo a los riesgos, de lo contrario podremos llegar a ser ciudadanos adaptados, previsibles, que sigamos los procedimientos correctos, pero no muy interesados por hacer las cosas de la mejor manera posible aunque desafíen las convenciones, ni preparados para encontrar alternativas donde aparentemente no las hay.
Cuando se ha adquirido ese aprendizaje se pueden resistir con más probabilidad de éxito las dificultades de la vida y las situaciones de alto riesgo, porque la confianza en uno mismo y la esperanza también se aprenden y se trasmiten. En cierto modo la confianza y la seguridad en nosotros mismos está ahí porque alguien previamente las depositó.
Pero, ¿qué ocurre si no adquirimos esa seguridad y confianza de pequeños? ¿Estamos condenados a la indefensión? No necesariamente, como adultos el proceso que seguimos para adquirirlas es básicamente el mismo que de niños aunque requiere de unas condiciones especiales. Todos los procesos terapéuticos, reeducativos o resocializadores, orientados profesionalmente o apoyados por nuestro entorno personal, tienen en común la necesidad de disponer de un vínculo que ofrezca la confianza suficiente para atrevernos a experimentar nuevas alternativas vitales. Un suelo desde el que ponernos en pie, mirar a nuestro alrededor y probar sin sentirnos paralizados por miedos internos o por temor a la censura social. Afortunadamente nuestro destino no se forja en los primeros cinco años de vida como han sugerido algunas teorías psicológicas y han creído muchos padres incautos. Los hombres y las mujeres contamos con toda nuestra vida para realizarnos si disponemos de las condiciones mínimas, que dependen enormemente del modelo social en que nos desarrollamos.