La negación como sostén
Sostén del relato.
Sabemos que la negación puede ser una poderosa arma de lucha. El relato, como aliada de la mentira, utilizará la negación para relativizar, para “chicanear”, para destronar al dato que, aunque se revele ante sus ojos, no querrá ver.
Desde que conocemos cómo funciona la posverdad, el relato mata al dato cuando se elige creer en mentiras o en información sospechosa. El dato es soberano, duro e imparcial; supera al relato cuando se vive conforme a lo veraz, que, aunque duela, trae siempre la promesa de algo superador. El relato, en cambio, encierra fantasías destinadas a la manipulación y hasta se disfraza de dato por algún tiempo. Pero el relato opera según la circunstancia, como el simulador que usa su máscara en un contexto en donde no le conviene mostrar su verdadero rostro.
Lo que muchos ignoran es que el relato, en algún momento, tambalea; se vuelve difícil sostenerlo, excepto con negación. Y cuando la negación ya no alcanza, algo o alguien contribuirá a la caída. El relato no tiene cómplices eternos, solo cómplices funcionales que, como en toda función, cambian o caducan. El relato no puede reiniciarse; solo se pueden tomar retazos de él y mezclarlos con otra cosa para construir una versión miscelánea de un relato análogo.
Los datos, en cambio, no tienen cómplices: se revelan por igual ante todos. Los datos no conspiran ni halagan a nadie. Están ahí, inconmovibles. Los datos pueden tener enemigos, y estos aparecen cuando se les revela lo inconveniente. La reacción emocional los delata.
La negación continúa.
Como hemos visto, las recientes protestas en Irán, motivadas por una crisis económica —alta inflación, devaluación del rial iraní, corrupción—, tienen su origen también en el autoritarismo de los ayatolás, que se traduce en abuso de derechos humanos y falta de libertades. La información y los testimonios que circulan por el mundo reafirman estos hechos: son datos duros. Las que hicieron resonar más fuerte su voz en la protesta fueron las mujeres, que llevan cuarenta y siete años de prohibiciones y humillaciones.
Las ideologías de izquierda, que negaban o minimizaban esta realidad por tratarse de un país enemigo de los Estados Unidos —el antagonismo que tanto adoran las izquierdas—, ahora deben sostener su relato con más negación. Y aquí entran los enemigos del dato: algunos vociferantes, otros indiferentes. Lo que sucede en Irán no conviene a la estructura del relato; lo lastima, lo desestabiliza. Frente al descontento de estas mujeres, los defensores del relativismo deciden saltar al bote de la “cuestión cultural” sin mojarse los pies. Otros escapan remando a toda prisa; otros chapotean con evasivas, y así niegan todo en un mar de indiscutibles evidencias.
Lo hemos visto con el uso del velo como atuendo preislámico que forma parte de las numerosas vestimentas típicas de las mujeres árabes. Pero, a partir de la revolución islámica del 78, se legisló su uso como obligatorio. Severo castigo recibe una mujer si se rehúsa a ponérselo. Y aquí está el problema: lo típico o tradicional no debe ser obligatorio. Mientras no haya libertad de elección, lo que podía considerarse tradicional pierde su naturaleza como tal; el uso espontáneo pasa a ser una carga; lo cultural pasa a ser psicológico; lo que sería una tradición cultural pasa a ser una cultura del miedo. La imposición, tarde o temprano, genera rechazo; ninguna tradición se puede sostener así. No hay aquí una expresión cultural genuina, sino una expresión de miedo al castigo.
No es de extrañar que una religión en plena expansión y con brazos fundamentalistas aplique el miedo en sus políticas. Las teocracias islámicas de la actualidad, en definitiva, utilizan políticas similares a las del cristianismo medieval. Pero una fe religiosa no puede tener la culpa, porque estas políticas no son extensibles a todos los países islámicos —Malasia o Indonesia, por ejemplo—, sino a aquellos liderados por fanáticos que impulsan temibles políticas de Estado.
Como siempre, el relativismo cuestiona esta realidad y la declara “práctica cultural”. Las aberraciones y la falta de libertad son condenables siempre, en cualquier cultura y época. Si no hacemos esto, un día veremos como “prácticas normales” la violación, la antropofagia o la pedofilia. Toda expresión cultural es respetable, pero la cordura nos alerta a visualizar a un otro en la ecuación. Cuando vemos el daño que unos les hacen a otros, ya no hay ecuación, ya no hay práctica cultural justificable. Solo queda una supremacía violenta.
El consenso en crisis.
Vivimos tiempos en donde consensuar es sinónimo de “debilidad”. En materia política, sabemos que todo es pugna de egos, y el ego quiere ganar siempre. Ya no importa si la causa que se abraza es legítima; lo que importa es que se cuente con la presión suficiente —individual o colectiva— para imponerse. Para ello se usará todo tipo de tácticas: retórica, persuasión, manipulación, adoctrinamiento. Con estas prácticas, el relato se engalana y todo vale a la hora de trazar el objetivo único de imponerse. Solo se persigue la derrota, legítima o ilegítima, del adversario.
Ahora bien, cuando estos procedimientos toman un estado corporativo, es más delicado. Se masifican de inmediato porque el motor de su movilización colectiva es el contagio. Una causa de esta índole contagia, exalta las pasiones; la experiencia personal se vuelve funcional a dicha causa, crea pertenencia y se potencia por el número de adeptos sumidos en el éxtasis. Es la conducta tribal en su máximo esplendor, donde se desdibuja —o anula— la expresión crítica del individuo y lo personal cede ante lo colectivo, disfrazado de “bien común”.
Podemos decir que estas experiencias son las bases constructivas del poder. Existen distintos tipos de liderazgo, pero esta clase de líderes estructura el poder con la reunión de recursos necesarios para conquistar. Cuantos más recursos, mejor se amalgama el poder y, como resultado, veremos más poder. Un ejemplo claro lo encontramos en las mafias. Para construir poder, las mafias cooptan primero al sistema judicial y así obtienen carta libre para sus fechorías. Esto es el abc de todo accionar mafioso. No es que estemos comparando una pugna ideológica con las mafias, sino que existe un factor común entre ambos: la apropiación de poder suficiente para imponerse. Las mafias operan mediante la impunidad; la pugna ideológica, mediante el relato.
El ego se solaza en una batalla ideológica, que es campo fértil para sembrar pugna. Cuantas más hectáreas de pugna se consigan, mayor será la cosecha. Los egos multiplican la siembra; el agua de las ideas políticas alimentará esos granos prestos a madurar y el que guarde más toneladas en los silos ganará. Después habrá tiempo para una selección de granos y sacar los que están en mal estado —una autocrítica, por ejemplo—, pero en primera instancia vencerá el que acopie mayor cantidad y más rápido. Otra vez, el relato ha esgrimido sus armas para ganar la pugna.
El relato del fanático.
El fanatismo tiene su antídoto en la información objetiva, libre de sesgos. Lo complicado es transportar ese antídoto, hacerlo público, embadurnarse de ecuanimidad y soportar agravios del estilo “¡Tibio! ¡Pusilánime! ¡No son tiempos de moderación, hay que jugársela!” y otros tantos piropos. Para el fanático siempre habrá una crisis imaginaria que amenace. El fanático rechaza al que pacifica y busca elevar sus emociones a un estatus de objetividad, pero esta conducta suele tener mal pronóstico y, cuando crece exponencialmente, aparece un régimen, un gobierno totalitario.
En todo fanático hay proselitismo. Se parte de la clásica maniobra maniquea: “yo tengo la verdad, vos no”; “yo estoy en el lado correcto, vos no”. Un simple intercambio con el fanático se torna una puja difícil de resolver. Con su prédica seduce, aconseja, advierte, pero no lo hace por amor al prójimo, sino para satisfacer su ego y sostener el relato. Así es como avanza con sus intentos de conquista, atrayendo a su territorio a los desprevenidos y desesperados para manipularlos a su antojo. El relato se vuelve una droga poderosa para las víctimas.
Esta práctica es muy usual en un ego potenciado y en línea con lo que sostiene Carl Jung: “el fanatismo es una sobrecompensación de la duda”; es decir, que el individuo tiene un rechazo interno sobre sus propias dudas, al punto de que se vuelven algo intolerable. El fanatismo, de esta manera, se convierte en un elemento de defensa cada vez más sólido conforme se intensifica la duda.
Se puede esbozar con pasión una idea, una tradición o un gusto sin caer necesariamente en el fanatismo para luego creer que lo diferente no sirve. Cuando hay paz y seguridad interior, cuando ya no hay terreno fértil para las dudas, no se necesita convencer a nadie: el fanatismo pierde fuerza y el relato se diluye.
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