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Hoy no estoy demasiado inspirada para escribir, y sin embargo aquí sigo, sentada frente a la página como quien se sienta frente a una ventana abierta. A veces el tono no aparece, se esconde en algún lugar impreciso entre los temores y las esperas, entre las dudas y los recuerdos que se levantan como polvo cuando uno intenta ordenar el pasado. Pienso en los encuentros que me han traído hasta aquí, en esas inspiraciones crónicas ─si es que algo así existe─ que aparecen de vez en cuando como una fiebre suave, recordándome que hay algo dentro que quiere salir.
He escrito sobre la elevación de mis brazos al sonreír, como si ese gesto tuviera una gravedad secreta, como si cada sonrisa necesitara un pequeño impulso hacia el cielo. También he recordado a los gigantes que me asustaban de pequeña, esas figuras enormes que quizá nunca existieron fuera de mi imaginación pero que entonces eran tan reales como las paredes de mi casa. Me pregunto si esos gigantes no siguen aquí de otra forma: convertidos en dudas, en silencios, en páginas que se resisten.
Miro alrededor. Las ventanas de mi casa dejan entrar una luz tranquila que se posa sobre la mesa y sobre mis manos. La luz tiene esa paciencia que a veces yo no tengo. Se filtra poco a poco, como si supiera que las cosas importantes necesitan tiempo para aparecer. Podría levantarme ahora mismo y hacer cualquier otra cosa: ordenar un cajón, lavar una taza, doblar la ropa que espera en la silla, salir a caminar sin rumbo. Hay tantas tareas posibles que no tienen nada que ver con escribir…
Y sin embargo elijo quedarme.
Elijo esta lucha extraña en la que la fragilidad del viento parece capaz de llevarse las lágrimas, los enojos y también las esperas. Elijo este proceso difícil en el que uno intenta concretar algo invisible cada vez que el genio ─o lo que sea que lo sustituya─ levanta por un instante el espíritu. A veces no sé realmente qué quiero decir con todo esto. Tal vez sólo sea otra forma de gestionar ese vacío al que tantas veces me enfrento.
Lo que sí sé es que escribir me ayuda.
Escribir me proyecta hacia mí misma y hacia la realidad que me rodea. Me obliga a mirar más despacio, a escuchar mejor, a nombrar cosas que de otro modo se quedarían flotando sin forma dentro de mí. Incluso cuando hay bloqueo, incluso cuando la soledad se vuelve espesa alrededor del lenguaje, sigo prefiriendo este camino.
No siempre entiendo por qué.
Pero algo en mí reconoce que es aquí donde debo estar: frente a la ventana, con la luz entrando despacio, con las manos abiertas sobre la página, esperando a que el silencio se convierta poco a poco en palabras.
De "Fragmentos de un diario"

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