viernes, 20 de mayo de 2016

Abel Espil-Argentina/Mayo de 2016



 ​LA SILLA


Es de ella, es mía, es de los dos. Al llegar de un largo viaje, por distintos países de Europa, la silla está donde la dejamos. ¿Habrá notado nuestra ausencia? ¿nos extrañó?
Abrimos todas las ventanas y las puertas que dan al parque. El  ambiente donde leo y escribo se llena de luz al atardecer. El rayo de sol atraviesa los ventanales, abrigando con un poco de calor a la silla. Al poco tiempo, Frida o yo la llevamos a la sombra. La cuidamos. La preservamos. En las noches en que estoy escribiendo, Frida se sienta en ella y lee. En el silencio, se escucha el suave teclear de las letras de la notebook. Hay veces en que mi esposa, se levanta apoyando el libro en la silla y  escuchamos su suave gemido. 
Al sentarse, se reitera el mismo gemido pero un poco más fuerte.
Estimando el tiempo que la tuvo mi abuela y ahora nosotros, calculo que tiene más de un siglo. Es llamativo detectar cómo  el polvo la ignora.
Nunca la hemos limpiado y ella está como nueva. Al entrar al estudio a la medianoche, cierro las ventanas y mi  costumbre es acariciar  su respaldo. La dejo al cuidado de los libros y mis escritos y al otro día, todo está como lo he dejado.
Varias veces la he visto a Frida, apoyar libros y retirarlos de la silla. Ella es el resguardo y descanso de nuestros cuerpos. Notamos su presencia. Una vez noté tibia la madera. Desde ese invierno la dejamos alejada de la chimenea.
La señora Domi, que limpia nuestra casa, sabe que la silla no se corre de lugar. La silla completa la imagen de tres solitarios. Hay días en que Frida se sienta en cuclillas, mientras estoy escribiendo y las dos almacenan silencio.  
Nos hemos dado cuenta cuando enfermó. El primer síntoma fue el cambio del color de su madera. El segundo es una presunción: creemos con Frida que ella en forma lenta se acerca al calor de la chimenea. En ese caso, lo llamo a Don Roque. Es anticuario y carpintero. Viene urgente, la revisa, y en forma serena, con voz calmosa nos dice: la silla  está muriendo.

2 comentarios:

MIMIMORENA dijo...

bravo, bravo. Abel! la silla, tal como un habitante más de la casa... y el tiempo, inexorable con todos. Me encantó, aunque te confieso, me puso melancólica.
Qué bueno! a todo sentir.
Cómo te está yendo con Élida? viste que "oído"!!!!
Te mando un abrazo muy grande. Noemí

Bella Marín dijo...

Me encantó tu relato, Abel!!! Un beso,
Isabella