miércoles, 22 de julio de 2026

Luis Tulio Siburu-Argentina/Julio 2026


 

PATIO                                                                                                       

Miro la foto y sospecho una escena. Porteño Parque de los Patricios, calle Uspallata, casi Sáenz. Barrio con verde de jardines y blanco de hospital. Cerca de los huesos de los que se fueron con la fiebre amarilla. Y descansan olvidados bajo la tierra del Ameghino.

Y allí una casa.

Antigua, con patio al fondo, cubierto por una parra aún con vida, que juega con el sol a dibujar una sombra de enredadera sobre una mesa de madera de un inquilino que se fue de apuro, alcanzando a sacar vaya a saber qué de un cajón de la mesa,  que dejó abierto para mostrar que nada poseía.

Baldosas coloradas desteñidas y sillas de hierro completan el escenario y miran asombradas los tres limones que un vecino distraído que encontró la puerta abierta,  vino a traer el jugo ácido del limón para condimentar las achuras de un asado que nunca se hizo y al que jamás lo invitaron, pero como conocido del dueño, creyó que podía acoplarse.

Hay un cajón o maceta casera con plantas sin regar y al lado otras que no necesitaron atención y siguieron viviendo de la lluvia. Son mudas. No pueden contarnos acerca de lo que muestra la foto.

¿Escena rara no es cierto?

No hay nadie que explique, no hay nada que sugiera, no hay rastros que delaten, no hay sonido que evidencie. Ni siquiera hay perro que llore ni mate con yerba seca que anuncie que estuvo un ser humano chupando una bombilla.

Podemos solo imaginar.

Un anciano solo. De repente, fuerte dolor en el pecho. Busca un dato en el cajón, que en el apuro queda abierto. Alcanza a marcar un número en el teléfono. La ambulancia se lo lleva. En la guardia se hace lo que se puede. Queda en la morgue. No hay familiar que se entere o reclame. Ya no volverá.

De pronto un sonido de pasos sigilosos. Nos escondemos detrás de la pantalla sobre la que estamos escribiendo y observamos. Es el vecino colado que viene a buscar los limones porque parece que ya no tendrán el uso que se pretendía.

Más tarde – gente de la cuadra - se llevarán la mesa, las sillas, las plantas. Eso sí, el cajón de la mesa lo cerrarán, como una forma de respetar la intimidad. Mientras brille el sol, solo quedará la parra formando dibujos sobre el bermellón de las baldosas. Y el timbre sonará para llamar al ausente. Aunque como la puerta está abierta, pueden entrar y buscar lo que no está.

Cuando se vaya el sol, no quedará nada, pues no habrá sombra. La oscuridad cubrirá el patio y lo poco de vida que quedaba. Y cuando alguien nos pregunte y queramos contar algo, diremos que fue allá, en el patio trasero de una casa de la calle Uspallata.

 

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