jueves, 23 de agosto de 2012

Miriam Brandan-es argentina, reside en Estados Unidos/Agosto de 2012


La Señora Sofía

Dos niños corren por el jardín. Es un lugar hermoso, con mucho espacio, en donde la señora Sofía ha sembrado y cuidado canteros con flores por los últimos cuarenta años.
Las flores son su principal pasatiempo y eso se evidencia al ver la perfección de su jardín. Cientos de amapolas se amontonan compitiendo por el derecho a recibir  los mejores elogios de su dueña. Cada cantero es enorme, ya que la señora Sofía tiene una gran propiedad, mucho terreno disponible para sus flores y mucho tiempo para cuidar de ellas.
Los niños que corretean por las apretadas sendas del jardín son sus nietos. Viven con ella desde hace tres años, cuando su hija Joyce le dijo que se los dejaba por unas horas y ya no regreso.
La señora Sofía la busco, aunque no con mucha dedicación. Por supuesto que dio aviso a las autoridades de la desaparición de su hija, pero la conocía demasiado bien como para saber que no había intención de regresar por parte de ella.
Joyce siempre había sido una persona complicada. Desde niña había tenido toda clase de problemas debido a su rebeldía, para la cual la señora Sofía pensaba que no había causa. Su hija se había encargado de que la vida no fuera fácil para ninguna de las  dos. Cada año, Joyce tenía que ir a una escuela nueva, ya que nunca la aceptaban en la anterior. Cuando creció, los problemas que usualmente cargaba con ella también crecieron, e innumerables veces su madre tuvo que levantarse de madrugada para ir a buscarla a la estación de policía por beber en la calle, por robar en un almacén…
Parecía que todo iba a  cambiar cuando conoció a Paul, un joven responsable y bueno. Se enamoraron y la vida de Joyce pareció entrar en otra etapa, muy diferente de la anterior.
Cuatro  años duro el idilio, en el trascurso de los cuales nacieron sus dos hijos, una niña y un varón, pero el carácter alocado de la joven no tardo en reaparecer  y los problemas en la pareja no se hicieron esperar.
Una mañana, Paul se fue de la casa dejando a su esposa y a los niños, después de encontrarla, al regresar del trabajo, en los brazos del jardinero que desde hacia varias semanas trabajaba en la casa vecina.
La señora Sofía trato de hablar del asunto con su hija, pero como era habitual, ella no la escucho. Su romance con el joven jardinero acabo a los pocos días y ella pronto encontró consuelo en los brazos de otro.
Comenzó a llevar a sus hijos a la casa de su madre y allí los dejaba casi todos los fines de semana, durante los cuales nadie sabía donde estaba.
Por eso la señora Sofía no se alarmo demasiado el día en que su hija no regreso, ella lo había estado presintiendo.
Los niños adoraban a su abuela y ella los amaba mucho más de lo que seguramente su madre los amaba. Le gustaba prepararles la comida y arreglarles el cabello, pasaban los días completos en el jardín, en donde comían al aire libre, en una mesa de madera de color blanco que se encontraba justo en el centro del mismo.
Tao, era la dama de compañía de la “señora Sofía”  (como ella siempre la llamaba), tenían casi la misma edad y desde hacia muchos años compartían la pasión por las plantas y la tranquilidad del campo. Ambas estaban  convencidas  de que Joyce no regresaría a buscar a sus niños, ya que siempre había demostrado que los pequeños no eran más que un obstáculo en su vida.
Así  las cosas, la señora Sofía y Tao, se convirtieron en la única familia con que contaban los niños y juntos, los cuatro, compartían una tranquila.
Cuando faltaban unos instantes para servir el almuerzo, Tao hacia sonar una campana que se encontraba cerca de la puerta de la cocina y mientras los pequeños  corrían a lavarse las manos, ella terminaba de poner la mesa, agregando siempre el detalle de un florero con amapolas recién cortadas.
Ahora, a tres años de compartir su vida con los niños, las ancianas se sentían rejuvenecidas. La energía de los pequeños inundaba la casa y sus risas y juegos las hacían sonreír todo el tiempo.
Una tarde, mientras la señora Sofía colocaba campanas de vidrio sobre unas plantitas que comenzaban a brotar, un hombre llego caminando por el sendero. Cuando el visitante la saludo desde la reja lo reconoció de inmediato, era Paul.
Paul se había casado nuevamente y quería que sus hijos vivieran con el y con su esposa.
La señora Sofía sabia que no tenía derecho a negarse, sabia que el padre de los pequeños podía llevarlos, si así lo quería, por eso oculto cuanto pudo su desagrado ante la inesperada aparición de Paul. Fue todo lo amable que sus sentimientos le permitieron mientras duro la visita de su ex yerno y se avergonzó por sentir satisfacción cuando los niños dijeron que no deseaban irse, que querían quedarse con su abuela.
Paul pensó que lo mejor era ganar de a poco la confianza de los niños y continuo regresando a la casa durante cada tarde por varios días, solo contaba con una semana para regresar a su casa y de nuevo al trabajo.
Tao notaba la tristeza en la cara de la señora Sofía, aunque no hablaban del tema. Ninguna de las dos quería enfrentar la realidad de perder a los niños.
Por su parte, los niños tenían la ilusión de que su padre ya no volvería cuando cada tarde se alejaba por el camino, pero el regresaba al día siguiente y aunque era amable y cariñoso con ellos, los pequeños lo veían como a un extraño.
-“La próxima semana tendré que regresar y me llevare a los niños”- le dijo Paul a su ex suegra, mientras tomaban una taza de te en la mesa blanca del jardín. –“Quiero que esto sea lo menos traumático posible, para ellos y para usted, se que no me esperaba, pero no pude venir por ellos sino hasta ahora, que me he establecido nuevamente”- dijo Paul mientras miraba fijamente su taza de te.
-“Me dices que en estos años no pudiste encontrar un lugar para tus hijos y para ti?”-
-“Y además no pudiste llamarlos o comunicarte de alguna manera con ellos o conmigo para tratar de remediar el que los hubieras dejado? Tu primero y mi hija después, abandonaron a esos niños! Puedes tomarte muchos años mas, si así lo deseas. Yo amo a esos niños, y todo este tiempo conmigo han sido felices, sensación que al parecer no conocían con ustedes.”-
-“Lo lamento profundamente Sofía, créame que no fue mi deseo dejarlos…”- “Pero los dejaste!”- lo interrumpió la anciana. –“Y ahora de nuevo, van a sufrir otra perdida? Pueden quedarse aquí y tú puedes venir a verlos cuando quieras. No creo que les haga algún bien alejarlos, esta es su casa!”
-“Créame que lo lamento, pero la próxima semana me los llevare.” Y dicho esto, Paul se fue.
Tao y la señora Sofía habían comenzado a preparar las maletas de los niños. Ya casi todo estaba listo y al día siguiente, Paul vendría a buscarlos. Había llegado el momento que no querían que llegara.
Amaneció con una briza fresca y perfumada que llegaba desde el jardín.
Muy temprano, Tao había salido a hacer algunas compras y regresaría para la hora del almuerzo. La señora Sofía había preparado el desayuno para sus nietos y se disponía a comenzar con el almuerzo.
Los niños jugaban en el jardín,  correteaban descalzos entre las matas floridas intentando atrapar alguna mariposa. Desde la ventana de la cocina, la anciana los miraba con lágrimas en los ojos. Sin saber si había hecho o no lo correcto, no les había dicho a los niños ni una palabra acerca de la venida de su padre por la tarde o del viaje. Le faltaban fuerzas y no quería enfrentar el momento que se avecinaba.
Ya había pasado el mediodía y Tao no regresaba. La señora Sofía ya había salido varias veces al jardín y miraba con impaciencia hacia el sendero arbolado que conducía a la casa, ya que se hallaba sumamente preocupada. –“Le habrá sucedido algo a Tao?” se preguntaba mientras servía el almuerzo, que ya se había enfriado.
-“En cualquier momento Paul llegara y no puedo despedir yo sola a los niños, necesito que Tao este conmigo”.
Se sentaron a la mesa, solo los tres, y la señora Sofía no dejo que sus nietos notasen su preocupación. Miraba de reojo por la ventana mientras sin apetito, revolvía la comida en el plato y vio que Tao se acercaba por el sendero.
Corrió hacia ella y, a la vez que notaba la palidez de su rostro, le pregunto:-“Que ha pasado Tao? Que te ocurre? Por que te has demorado tanto?”
Las lagrimas rodaron por las ajadas mejillas de Tao –“Señora Sofía, a la salida del pueblo ha habido un terrible accidente. Un automóvil ha caído por el barranco, era el automóvil de Paul, que venia por los niños! Oh! Señora Sofía, ha sido una tragedia…, Paul esta muerto!”.

1 comentario:

Leo Galea Apolo dijo...

Una buena historia para reflexionar sobrelos avatares de la vida.