sábado, 24 de noviembre de 2018

Agustín Alfonso Rojas-Chile/Noviembre de 2018


ZARCILLO NUEVO

                El Inspector Jiménez, miembro de la “SICH” (Servicio de Investigación de Chile), había cumplido dos años retirado de la institución. Sin embargo durante los primeros cuatro meses fue llamado de urgencia, para que ayudara a resolver crímenes que otros funcionarios, por falta de experiencia, no lograron hacerlo. Desde entonces, se ha dedicado a la lectura y análisis de tantos casos en que fue protagonista, cuyo resultado en más de ciento cincuenta: mafiosos, criminales y otra calaña de parias, purgan sus delitos en cárceles del país.
                Hoy, viaja cómodamente sentado en el carro de primera clase en el tren que une Valparaíso con Santiago. Cuatro horas demora la máquina en unir ambas ciudades, tiempo que aprovecha para contemplar el agreste paisaje.
                Sin embargo, ansioso de conocer las últimas noticias, abre “El Mercurio” de Valparaíso. Le llama la atención un artículo que habla de un lugar llamado “Zarcillo Nuevo”. Es un reportaje escrito por una periodista que años atrás, por esas cosas del destino llegó a ese lugar, en medio de un fuerte temporal de nieve y viento, al separarse y perderse de sus compañeros de excursión en la zona de los Valles Transversales.

                Zarcillo Nuevo, se ubicaba aproximadamente a 20 kilómetros del caudaloso río “Matafango”. Su población era de 300 habitantes, quienes vivían en chozas bastante amplias, construidas con ramas de chamiza embadurnadas. Los techos entotorados, cubierto de barro, les proporcionaba frescura en verano y temperadas en invierno. Cada familia mantenía su propia huerta, árboles frutales, aves de corral y otros animales. Había campos comunes que los cultivaban con  legumbres. El trueque era su moneda de cambio.
                Era un villorrio feliz. Algunos pensaban que en ese lugar estuvo “El Edén Bíblico”. El agua escurría por el lecho del río, valle abajo. No había autoridades. Los problemas los solucionaba don Pascual, el patriarca del pueblo. Dueño de un pirquén del cual extraía, pequeñas cantidades de oro en polvo, el cual comercializaba una vez al año en Santiago, distribuyendo el dinero obtenido entre la comunidad. No había iglesia, sin embargo, tiempo atrás vivió un sacerdote que con su esfuerzo y el de la comunidad, levantó una pequeña capilla, en cuyo interior se reunía el pueblo a escuchar la palabra de Dios.

                El Inspector Jiménez, continúa leyendo muy interesado: Un día en plena primavera, bajo un manzano, fue encontrada inconsciente una bella muchacha, quien luego de unos días de reposo en casa de don Pascual, comenzó a pasear su exuberante anatomía por los diferentes rincones del poblado. Su belleza fue disputada en verdaderas batallas, entre los jóvenes que pretendían sus favores. Hasta que, cierto día, desapareció tal como había llegado, sin dejar rastro alguno. Lo extraño del caso fue que, junto con ella, desaparecieron tres muchachos de la aldea...

                “Sin duda, había entrado a ese lugar, la discordia, el engaño y la traición.” - Piensa el Inspector Jiménez.
               
                Jiménez cierra el periódico, entorna los ojos, cavila un instante y luego, aparece en la comisura de sus labios algo así como una sonrisa. “He resuelto el dilema” dijo para sí. “Los desaparecidos están sepultados bajo el piso de la capilla”.
                Abrió de nuevo el periódico...continuó leyendo... Diez años después, durante un fuerte temporal, cayó un rayo sobre la capilla, siendo consumida totalmente por el fuego. El sacerdote, murió aplastado por una viga, al intentar entrar a salvar el cáliz y otros objetos religiosos...Durante la remoción de los escombros, aparecieron los restos de los cuatro desaparecidos.
                Jiménez, cerró el periódico, se arrellanó en el asiento, cerró los ojos y se quedó dormido...

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