viernes, 21 de febrero de 2014

Ainhoa Bárcena Escarti-Madrid, España/Febrero de 2014




El inicio del fin

A lo lejos se veían llamas, centelleos que zozobraban al arrullo del viento que poco a poco se iban convirtiendo en una suave brisa. La nana del chisporroteo del fuego aun acariciaba sus oídos. Estaba hambriento y sediento. Arrastraba casi sin fuerzas el carromato. En su cerebro, la sed de mil años empezaba a hacerle desfallecer como si en su cuerpo solamente quedaran un par de gotas de vida. Echó una última vista atrás, vio la ciudad hecha añicos y una sonrisa irónica se dibujó simuladamente en sus labios resecos y ajados. No era el apocalipsis, aún no, era temprano para eso. Sólo eran él y la sed, él y el hambre de mil años. Cruzó el viejo pórtico que le daba la bienvenida a su antiguo hogar. Llevó los carromatos hasta la despensa y la llenó de cuerpos metropolitanos sin alma. La prole despertó con la inocencia abrupta de los seres que nacen con más ansia de la que pueden saciar en su vida, violentamente famélicos. Uno a uno, limpió las últimas gotas de sangre de las dulces bocas aniñadas de sus hijos. Vio que aún no estaban maduros, y pensó:
-   El apocalipsis tendrá que esperar otros mil años.
Los recostó, les besó en la frente y cerraron los ojos dejándose recoger en un profundo, profundo sueño.
 

Trinidad Aparicio-España/Febrero de 2014



Jugando con la "A"


Tengo una personalidad muy  variable: puedo ser alta, delgada, chaparrita, y redondita.
           
Dejen que me presente: soy la letra  "A". La primera del abecedario y las bocales.

 La primera que aprenden a dibujar.

            Me usan al comienzo y al final, en: Antonia, Agustina, Amelia, Adelina.

Prescinden  de mí, el sol y las nubes, pero me necesitan las estrellas.

Estoy en el aire, el agua, la tierra y en el mar.
           
No me quieren en gobierno, pero sí en capital.

 Viajo en auto, barco y avión. No justan de mí, el coche ni en el tren.

 Amaso la masa, en la  tasa pongo el azúcar y el café.

 Soy las alas de la paloma. Soy… ¿Qué más? Ah sí, soy ¡Papá y mamá!

Estoy… ¿Dónde?  Soy la letra "a", del cartel de la puerta de mi  casa,

Y curiosa estoy allí; para decirte:

¡Bienvenida! ¡Adelante, pasa!

Graciela Amalfi-Buenos Aires, Argentina/Febrero de 2014



 Pan caliente


El olor a pan caliente me lleva al pueblo de mi infancia.

Cada día mi tío y dos o tres de sus empleados,  se levantaban en plena madrugada, a eso de las tres y media.

Debían hacer la mezcla de la harina con sabor a mañana aún dormida, la levadura ácida, el agua y la sal que olían a espuma de mar.

     Esa mezcla era llevada a una enorme máquina, que estaba en una pieza cálida  y húmeda.
 Esperar…ésa era la consigna. Esperar el tiempo exacto para que la masa leude.

 De a poco, el ambiente olía a pan incipiente, alquimia de olor a masa cruda y levadura. Neutro, perceptible.

  A unos pocos metros, estaba el horno que abrigaba leña quemada a fuego lento. Todo esto debía suceder para que  saliera bien.

Mientras  la levadura hacia  su trabajo en su masa, alguien aparecía con un jarro de mate cocido. Aroma inconfundible. Irremplazable. Mate cocido de pueblo.

Cuando  el tiempo de leudar se cumplía, había que amasar y hornear.
La parte más linda y divertida era esta: cortar cada trocito de masa, para que cada uno de ellos fuera, en  pocos minutos, un  pan cocido crujiente.

Así, la vida de la panadería pueblerina crecía entre bolsas de harina, trozos de levadura, leña, horno, pan cocido, y por supuesto  madrugones.

Y poco a poco iba llegando el momento del horneado.
Y lo mejor,  el pan caliente recién hecho.

Olorcito inquebrantable, capaz de subyugar hasta al más cruel de los sentidos. Nadie se resistía a ese aroma. Era como disfrutar de una cálida embriaguez.

Esa embriaguez hecha de pan, mate cocido caliente y calor de horno de panadería.

Rara embriaguez para los que no la conocen.

Para nosotros era, “la embriaguez nuestra de cada día.”



P/d: Para mis tíos Poroto y Tota, en donde quiera que estén, porque con ellos pude compartir tantas masas leudadas y panes recién sacados del horno.

Jacinto Amado-Buenos Aires, Argentina/Febrero de 2014



Callados

crepusculo
         de callada
         tibieza



despertar
          de gorja
               gorjeo
          
                    y

          azahar


vieja noche
          pintada de pecas

          de luna

          de almohazar