jueves, 22 de enero de 2015

Rolando Revagliatti-Argentina/Enero de 2015

Graciela Perosio: sus respuestas y poemas

Entrevista realizada por Rolando Revagliatti





Graciela Perosio nació el 14 de junio de 1950 en Buenos Aires, ciudad en la que reside,  Capital de la República Argentina. Egresada en 1972 de la Facultad de Historia y Letras de la Universidad del Salvador, ejerció la docencia universitaria y dirigió el Departamento de Extensión Cultural del Instituto de Cultura Religiosa Superior. En 1995 obtuvo la Beca Nacional de Investigación del Fondo Nacional de las Artes, para estudiar la obra del poeta argentino Carlos Latorre. Entre 1982 y 2014 ha publicado los poemarios “Del luminoso error”, “Brechas del muro”, “La varita del mago”, “La vida espera”, “La entrada secreta”, “Regreso a la fuente”, “Sin andarivel”, “Balandro”. Además de haber sido traducida al italiano y al portugués, fue incluida en numerosas antologías nacionales y extranjeras, tanto en soporte papel como electrónico. Participó en la segunda edición de la Historia de la Literatura Argentina, publicada por el C. E. A. L. (Centro Editor de América Latina). De sus trabajos de investigación citamos “Olvido y reminiscencias en ‘Los pasos perdidos’” en “Historia y mito en la obra de Alejo Carpentier” (1972); “Ricardo Rojas. Primer profesor de literatura argentina” en “Capítulo. Historia de la literatura argentina” (en colaboración con Nannina Rivarola, 1980); “La profesionalización de la crítica literaria” (selección, prólogo y notas, C. E. A. L., 1980);  “‘Casa extrema’ La poesía de Carlos Latorre”, en “Hablar de Poesía” nº 5, Buenos Aires, junio 2001; “Juan Gelman. La construcción del imposible nido” en  http://actaliteraria.blogspot.com/2011/10/juan-gelman.html  en octubre 2011. Permanecen inéditos “Juan Rulfo y la cultura de la pobreza”, “Los libros finales de Alfonsina Storni. Reformulación del deseo”, “La poesía de Norah Lange. ‘Un rosario de cuentas blancas’”, etc. Inédito se mantiene el ensayo “Nudos de una lectura” de Luis Bacigalupo, concebido a partir de sus primeros cuatro poemarios (solamente leído por su autor en la presentación de “La vida espera”, en el Museo Libero Badi). Fue en 1994 cuando presentó en la Fundación Del Viso una muestra de pintura titulada “Causas Desaparecidas”. Mientras que en 1999, Aroldo Lewy -en el Museo Luis Perlotti-,  dedicó una muestra escultórica a su obra, trabajando en especial el poemario de 1995. Un año antes, los artistas plásticos Silvana Perl y Enrique Banfi, integraron poemas de su autoría a la instalación urbana “Fuente de Poesía”, la que ha quedado como monumento de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, frente a la Biblioteca Nacional. Sobre su “Regreso a la fuente” fueron realizadas dos muestras performáticas multimediáticas, una en la Sala Solidaridad del Centro Cultural de la Cooperación y la otra en La Casa de la Lectura. Un poema de “Sin andarivel” fue seleccionado por la Secretaría de Cultura del Gobierno de Buenos Aires, para realizar un afiche ilustrado por Alexiev Gandman que se expuso en las veredas de la ciudad.      



 

          1 - En parte porque descubrí www.familiaperosio.com.ar es que te propongo que nos cuentes sobre ella, la nuclear,  tu niñez, tu educación, tu inserción universitaria, la familia actual…

          GP - Hay dos sucesos trágicos que marcaron mi vida: el suicidio de mamá y el secuestro, tortura y asesinato de mi hermana Beatriz. Beatriz era tres años mayor que yo y fue Presidenta  de la Asociación de Psicólogos de Buenos Aires y de la Federación de Psicólogos de la República Argentina. Un grupo de tareas de la Dictadura la secuestró el 8 de agosto de 1978 y creemos que fue asesinada no mucho tiempo después. Cinco años antes,  mamá se había suicidado. En la última charla que mantuve con mi vieja, apenas elegido Héctor Cámpora como Presidente de la República, me había dicho: “¿Sabés qué va a pasar ahora? Los militantes van a salir a la superficie y los otros van a anotar en sus libretitas. Y después los van a matar a todos.  Tu hermana de ésta, no pasa…Y vos tenés que sobrevivir.  Porque alguien tiene que contar cómo fueron las cosas. Yo, me hago cargo de cómo las eduqué, pero no tengo resto para bancar lo que  viene. No soy la Virgen María para quedarme esperando que me entreguen el cuerpo.” Y efectivamente aún hoy no hemos recuperado los restos de mi hermana, ni siquiera tenemos certeza del momento y modo de su muerte.
          Ahora sí te puedo contar otras cosas… Tanto la familia de mi madre como la paterna provienen de la Liguria en Italia. Mis dos abuelos se dedicaron a negocios vinculados a la comida. Mi abuelo paterno junto con papá fueron propietarios del Restaurante “Perosio” que funcionaba en Suipacha y Diagonal. Un lugar muy tradicional del centro porteño, frecuentado por personalidades de la política, la cultura, las artes, el deporte. Bioy Casares lo menciona en su “Diccionario del argentino exquisito”.
          Por parte de mi abuela materna estoy emparentada con Benedetto Croce, cuya existencia, de chica, consideraba una leyenda, su propio nombre y más aún el de su hermana - Santa Croce- me hacían pensar en una invención de mi vieja que era una bromista irredenta. Entonces una tarde, bastante ofendida, me leyó la biografía de Croce en la Enciclopedia : “Ahora vas a ver si es un invento mío.” Así terminó con mi desconfianza. También Croce sufrió  momentos trágicos de pérdidas familiares. A los 16 años en un viaje a Ischia y a consecuencia de un terremoto,  pierde a su padre, a su madre y a su hermana. Él mismo es rescatado después de pasar varios días bajo los escombros… En fin, otra historia de sobrevivencia.
          Tanto mi hermana como yo nos educamos en un Colegio de monjas y la familiaridad con las enseñanzas evangélicas y con la figura de Jesucristo nos iba a marcar hondo. En mi niñez, ante un mundo que se me antojaba hostil, siempre fui hipersensible, buscaba refugio en un universo de fantasía: dibujaba, bailaba, componía canciones que repetía hasta aprenderlas de memoria, porque aún no sabía escribir. Después,  mi hermana me enseñó. Estudié danzas españolas, algo común en esos años, e integré la Compañía de Marisabel. Bailé en el Teatro “Cómico” de la calle Corrientes, y en el “Casino”. Las disciplinas corporales –la danza, la gimnasia artística, el yoga, el tai.chi- me acompañaron y ayudaron a lo largo de toda mi vida. Para subsistir en Argentina hay que ser realmente acróbata. Tengo un poema inédito sobre este tema.
          Cuando llegó el momento de ir a la Universidad, quise entrar a la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, pero la Dictadura de Juan Carlos Onganía la mantuvo cerrada a partir  de la acción represiva  del 29 de julio de 1966,  conocida como la “Noche de los Bastones Largos”, que significó el alejamiento para  muchos intelectuales,  no solo  de la cátedra, sino del país. Opté entonces por asistir a la Universidad del Salvador, con el propósito de cambiarme después, pero por las diferencias de programas resultó  imposible.  Me recibí  a los 22 años. Había empezado a enseñar desde el segundo año de mi carrera como Auxiliar Docente en la Cátedra de Filosofía de Agustín De la Riega. Podrás imaginarte lo doloroso que resultó, cuando, ya nombrada y rentada en la Universidad de Buenos Aires, perdí  mi puesto por la Intervención de Alberto Ottalagano, que nos echó a todos. En la UBA, por fin en la universidad pública, me había integrado a la Cátedra de Literatura Colonial Argentina, cuyo titular era Ángel Núñez –acaso recordás que nos invitaste a ambos en 1999, a leer  poemas en el Ciclo “Olivari”-. Con su adjunta,  Nannina Rivarola, que se convertiría en  amiga entrañable, escribimos después algunos trabajos para la Historia de la Literatura Argentina que publicara el Centro Editor Latinoamericano. Pero nunca más volví a retomar la docencia universitaria. Como también te imaginarás, tampoco volví a bailar en la calle Corrientes. Aunque quién te dice, todavía… (Risas.)
           En la Biblioteca Popular de Martínez , durante 1979, empecé a coordinar los talleres de escritura que había fundado Nicolás Bratosevich.  “Las Voces”,  mi taller de creatividad, había tomado forma a instancias de mi hermana Beatriz y su primera sede fue el Jardín de Infantes que ella dirigía y que se cerró a consecuencia de su secuestro. Continué con esta actividad en la Biblioteca y después pasé a hacerlo en mi casa en la provincia de Buenos Aires, en la localidad de Florida.               
         Me había casado a la misma edad que me recibí, y de ese matrimonio que duraría quince años, nacieron mis dos hijos, Lucas y Milagros. Lucas está casado y es padre de Laura y Gael. Él eligió la carrera de Historia y se licenció en la UBA. Milagros pinta y publicó el poemario “(queda entre nosotros)”. (1)



          2 – Y vos ¿qué te acordás de tu primer libro? Hablame de tus libros.

          GP - En los ochenta ni me imaginaba que la escritura de poesía se convertiría con el tiempo en mi actividad principal. Pensaba, en cambio, que en algún momento iba a reanudar la tarea académica, pero sentí que tenía que sacar un libro como respuesta a la Dictadura, una forma de afirmar que seguía viva. Entonces, bastante a las apuradas, reuní un grupo de textos escritos sin la menor idea de ser publicados, escritos muy íntimos ¿entendés? Así nació “Del luminoso error”, que es del 82. Aún así y con toda su desprolijidad,  rescato de ese conjunto visceral, alguna página como “Lluvia”, en cierto modo un autorretrato válido.
          Siguió “Brechas del muro” de 1986 (mi hijo decía que yo publicaba para los mundiales de fútbol: este año también coincide), con un poema dedicado a Beatriz. Mucho tiempo después de la edición tomé conciencia de que lo había concebido a partir de un encargo que ella me había hecho en vida. Me pidió un texto que expresara los sentimientos de un preso político, algo para una revista militante. Y la verdad, no me salía, quedaba  panfletario, obvio, no lo pude resolver en aquel momento. Y después terminó por darse este texto que surge casi como jugando, alrededor de un verso de Alejandra Pizarnick. Se difundió por primera vez en “Punto de Vista”, y toda la revista estuvo ilustrada por Luis Felipe Noé. Yo ya venía trabajando con la obra de Noé,  pero allí decidí conocerlo personalmente. Una figura magistral, de fuerte ascendencia sobre mí y cuya pintura va a seguir generándome escritos. Mi libro posterior,“La varita del mago”, es una reflexión sobre el vínculo entre las generaciones del ’60 y del ’70. Algunos poemas nacen de la visión de un cuadro de Noé y los  otros parten de la lectura de un verso de Juan Gelman. La escritura y publicación  de ese libro coincidió además con la disolución de mi matrimonio. Y operó como bisagra para  separarme también de mi pasado,  de los amados maestros, del heroísmo como forma de vida. Lleva una dedicatoria que me trajo más de un problema: “A los hombres del ’60 por cuyas ideas mi generación puso el cuerpo.” Lo cual no pretendió decir que la generación del ’60 no puso el cuerpo como se interpretó, sino que no es lo mismo dar la vida a los 20 años, cuando difícilmente tus ideas se puedan considerar cabalmente propias.
          En 1995 se publica el poemario que ronda la figura materna y reflexiona también sobre el suicidio: “La vida espera”.  Lo materno en sí mismo y la femineidad son temas que reaparecen de modo más sesgado en el quinto libro: “La entrada secreta”,  un trabajo con mucha intertextualidad. Alude a las leyendas de la gesta artúrica, al imaginario celta. Aquí importa decir que para los chicos argentinos nacidos en los ’40 y los ’50 el imaginario celta, el rey Arturo y sus caballeros, personajes como Ivanhoe o el Príncipe Valiente fueron lecturas habituales. E integraban la famosa Colección Robin Hood que acompañó nuestra infancia.  Con este libro inicio mi experimentación en las performances: se presentó en la Sala de Representantes de la Manzana de las Luces y leí el último poema, “Canto de alabanza”, desde el escenario a oscuras y con un único reflector sobre el atril donde estaba el libro. Concluida mi lectura, desde el fondo de la sala empezaron a oírse voces que cantaban los versos y que el público no podía ver. Un efecto “fantasmal” que resultó interesante. Hoy esta forma de presentar un poema se ha vuelto habitual pero en aquel momento fue novedosa y  justamente por lo inesperado, causó mayor emoción en el público.
          A“Regreso a la fuente”, mi sexto libro, la considero una obra aún irresuelta. Creo que debiera reescribirla, pero por ahora la voy completando con puestas en escena. Su escritura me sumergió en una investigación de la mística renacentista y los escritos de las academias italianas. Me apasionó la lectura de la “Hypnerotomachia Poliphili” (“Sueño de Políphilo”) atribuida a Francesco Colonna, aunque  me acerco más a la tesis de Kretzulesco-Quaranta de que se trata de un texto colectivo cuyo compilador fue León Battista Alberti. Un texto en clave redactado por los humanistas de las academias.  De alto contenido ecológico, en él se advierte el peligro de olvidar que provenimos del agua. Profetiza como especialmente riesgoso el momento en que nuestra civilización gire alrededor de las “fuentes negras de la muerte en las tierras donde se inició la humanidad”. Fijate que leí esto a mediados del 2002, faltaban pocos meses para que Estados Unidos invadiera Irak. Una coincidencia conmocionante.
         Después vino  “Sin andarivel”, donde se puede leer entre líneas mi incursión en la meditación budista. Hace días acaba de salir  “Balandro”. Y tengo inédito un  poemario titulado “El privilegio de los años”.


          3 – El título del poemario inédito me da en el plexo. Ya lo quiero leer. Tanto me ronda, cuando no me acecha o acicatea, el asunto de “tener ya mis años”. Introito éste para solicitarte que nos adelantes algo sobre su estructura. Y, de paso, también sobre “Balandro”.

          GP - El título “El privilegio de los años” lo tomo de la película “El maestro de música”.  La esposa del maestro habla a la alumna joven, deslumbrada por su profesor, y le dice: “Usted tiene la ventaja de la edad,  yo tengo el privilegio de los años”. Fijate que son expresiones  que fuera de contexto pueden parecer sinónimas pero no lo son.
          Por otra parte, para alguien nacido en los’50 y de mis ideas, haber llegado a los 63 en Argentina es un privilegio. Pero además, una -a fuerza de vivir y equivocarse- adquiere una mirada privilegiada sobre la vida. Ahora, me han preguntado si el título tenía que ver con la escritura y hay que decir que este privilegio no implica una facilidad mayor para escribir, porque a medida que se aprende el oficio también aumenta la exigencia, el desafío de lo que se pretende.  La distancia entre lo que se quiere lograr al escribir y lo que realmente se puede, es infinita siempre.
            El libro habla de estas cosas, de lo que cambia con los años y de lo que no. El ansia de amor no cesa, el abismo frente al otro no cesa. Nunca se sabe cómo cruzar la calle y comprender o hacerse comprender… También llegan las generaciones nuevas, el ser abuela y ver que en algunas cosas volvés a empezar, a acompañar el crecimiento de un niño, verlo asomarse al mundo, otro mundo, no el que sentiste tuyo. Inevitablemente  comparás tu infancia con el ser niño de estos días y hay algunas coincidencias y también abismos de distancia.
            En cuanto a “Balandro”, está dividido en dos secciones: “la necesidad de pintar” y “la necesidad de narrar”. La primera la integran poemas más breves, escenitas, cuadros. La segunda es una novedad en mi obra: aparece el poema largo narrativo. Se busca el sentido de ciertos acontecimientos del pasado. Una va tratando de armar un rompecabezas, descubrir el revés de la trama que se escribió con la vida. El título nombra la más pequeña de las embarcaciones a vela, un navío que Fabio Morábito en su contratapa, asocia a los naufragios, al transcurrir de los sobrevivientes.


          4 – “Punto de Vista”, “Hablar de Poesía”, importantes –sustanciosas- revistas te han publicado. (Sé que sucedió también con una que yo apreciaba tanto: “Feminaria”.) ¿Qué te hace sentir que tu quehacer aparezca en ellas? 

          GP - Una espera el reconocimiento, esa mirada del colega que nos confirma en el camino, por supuesto, y no siempre se da. Pero aun cuando sí se da, forma parte del trabajo. En cambio hay otras cosas que te desbordan. Fijate que en un sitio de la Red, leí de pura  casualidad, una anécdota de un preso en la cárcel de Río Negro que cuenta esto: “Yo me sostenía leyendo el poema  ‘Tiempo de familia’ de Graciela Perosio; pensaba voy a salir de acá y vamos a volver a estar todos juntos.” Eso es algo más allá de lo esperable. ¿Y sabés cómo le llegó el texto? Porque lógicamente necesité averiguar: el hijo de una ex alumna del taller, que es psicólogo, hace un trabajo de lectura en presidios y cuando falleció su mamá, se había quedado con mi primer libro que es  donde está ese poema.
          Hay reconocimientos íntimos que para mí valen infinitamente, comentarios de lectores, de  personas que pasaron por mis clases. Me parece que si los repito violo el encanto del secreto. También fue fuerte ver mi poema en un  cartel de la avenida 9 de Julio. Y tuve la alegría de que a pesar de que en ese momento fuimos sólo cinco poetas seleccionados por la Secretaría de Cultura de la Ciudad, uno de ellos había asistido a mi taller, Gustavo Álvarez Núñez. ¡Cartón lleno!


          5 – Que te hayas ocupado de escudriñar la obra de Carlos Latorre, el autor de “La ley de gravedad”, “La línea de flotación”, “La vida a muerte”, “Cabeza o triste páramo”, prologado por Juan Antonio Vasco (Ediciones Botella al Mar, Buenos Aires, 1979), me incita a reclamarte una semblanza de ese admirado poeta. Y como también has escudriñado a Ricardo Rojas y a Norah Lange, tu visión es bienvenida.

          GP -  Latorre era una persona que vivía con el pie en el acelerador, la vida a pleno costo y la poesía a pleno costo. La palabra “conveniencia” no entraba en su vocabulario. Pero te tengo que contar mi historia con él. Tendría yo unos siete u ocho años y encuentro en un Suplemento Literario, probablemente  el de “La Nación”, un largo poema de versos extensos. Y lo copio en un cuadernito. De allí en más no iba a ningún lado sin ese cuaderno. Mi vieja lo llamaba “el talismán de Graciela”. Un día, intrigada, me preguntó si lo podía leer, entonces se lo di lo más contenta y me dijo: “Pero Gracielita, ¿vos entendés esto?”  “Entenderlo no, mami ¡pero cómo suena!” Y allí mi vieja me miró de una manera como si pensara: no hay nada qué hacerle, está perdida.  Ahora,  pasaron los años y en una presentación de libros de Editorial Tsé-Tsé, Reynaldo Jiménez informa que en el público se encuentra Mariluz Luna, la viuda de Latorre. Me acerco y le cuento la historia anterior, y ella exclama: “Tuve que compartir a Latorre con tantas mujeres, ¡pero también con una nena!”. Después Mariluz vino a mi casa sorpresivamente y me trajo todos los papeles de su marido con la finalidad de que escribiera sobre él. Terminé presentándome  a la Beca del Fondo Nacional de las Artes, con los auspicios de Enrique Molina y de Juan Gelman, y la gané. Entre los archivos de Latorre iba a encontrar guiones de radioteatro, escritos bajo el seudónimo de Osvaldo Prada. ¿Sabés qué eran?: las adaptaciones de films para la radio que pasaban los sábados por la noche en el radioteatro “Lux” y que no me los perdía nunca. Me acuerdo que hasta dieron una radionovela ¡basada en Bergman! Y me pasé la infancia siguiendo ese programa; al final, Latorre había estado en mi niñez de distintas maneras. Pero, más allá de mis motivos personales, creo que es imprescindible advertir su importancia a la crítica. La obra poética de Latorre marca un paso entre el cincuenta y el sesenta, él es un precursor de  hallazgos del coloquialismo, del uso de jergas en el poema, por ejemplo, expresiones tomadas de la  publicidad. Así como Eduardo Romano destaca el poemario “Sentimientos” de César Fernández Moreno, yo insisto en que en su poesía, especialmente en los poemas amatorios de Latorre, hay un antecedente de lo que va a hacer el ’60. Me parece que hay que subrayar que ocupa ese lugar de puente en la Historia de la Literatura Argentina.
          En cuanto a Ricado Rojas, hay mucha gente que lo único que sabe de él es que escribió “El santo de la espada”, su libro sobre el general José de San Martín, y la verdad es que me parece lo menos valioso. Rojas nos ofrece un pensamiento original para comprender la cultura de América Hispana. “Eurindia”, hasta dónde yo sé, es nuestra primera Estética. Rojas crea la Literatura Argentina como disciplina. Hace un trabajo extraordinario recopilando su Historia Literaria que abreva en múltiples fuentes coloniales. Siempre reflexioné sobre los dos textos pioneros que él señala y el peso que tienen sobre nuestra construcción de identidad y de imaginario. La “Carta de Doña Isabel de Guevara”, una pensionada que le reclama al Rey el pago de su pensión, y el poema “La Argentina” de Martín del Barco Centenera: un poema escrito por un funcionario oscuro de la Inquisición del que no sabemos con certeza ni los datos de su nacimiento ni de su muerte en España. Sabemos sí todas las tropelías que hizo en nuestras tierras. Dejándonos, como dice Rojas, “el nombre inmortal de una obra muerta”. Su escritura, mala imitación del chileno Alonso de Ercilla, es farragosa, ilegible, irresponsable, cuenta las cosas “más o menos”,  manda las medidas de la isla Martín García -para zanjar un problema limítrofe con Portugal- diciendo “a ojos vista de aquí para allá mide…” Corrupto, “chanta”, plagiario…, así  es el padre que nos nombra. Pero, por otra parte, aún no sé de otro país que tenga nombre dado por un poeta. Un poeta desastroso pero poeta al fin. Con Elsa Osorio, narradora de mi misma generación, nos planteamos más de una vez hacer el guión de una película histórica sobre Centenera. El problema es que sería un film de muy alto presupuesto. Pero a mí me parece interesante preguntarse si la “legendaria” riqueza de nuestro país, además de radicar en su ubérrima pampa húmeda, no está también en su inextinguible capacidad de leyenda…
          Respecto a Norah Lange, me llamó la atención la coyuntura histórica que le tocó como poeta. Algo de esto ya lo había señalado Beatriz Sarlo. Lange quiere pertenecer a la vanguardia prestigiosa y separarse del aplastante modelo de Alfonsina Storni, pero por otro lado está la figura gigantesca de Oliverio Girondo, y creo que no lo puede resolver desde el género poético, no encuentra espacio para un decir propio y acaba haciendo una excelente obra narrativa. En sus breves poemarios hay muestras de la gran escritora que será, muestras sueltas, poemas que vale la pena revisar, no digo todos, ella era muy joven, su plenitud se dio en la prosa, sin duda.


          6 – Dos décadas se cumplen de aquella muestra tuya de pintura: “Causas desaparecidas”.  ¿Qué tipo de pintura era? ¿Fue gratificante, o no lo fue y por eso no has reincidido? ¿Has seguido pintando?

          GP - La especialización en creatividad me llevó a practicar distintas posibilidades: bailar, cantar, pintar. Pero sólo me considero autorizada a enseñar escritura y muy relativamente. Guardo esas vertientes creativas como lugar de juego donde no hay una carrera profesional a la que responder; en esos sitios no siento la exigencia y los transito por puro placer. Pero en un momento la pintura creció y necesité detenerla, porque no podía llevar adelante dos carreras artísticas más la docencia. Los cuadros de esa muestra estaban dentro del informalismo, pero no todo lo que he pintado es así, creo que cuando tomo algunos elementos de la figuración mi pintura crece, se complejiza. Esa serie de la muestra nació en el taller de Eduardo Médici y no estaba en nuestros planes -ni míos ni de Eduardo- que se hiciera una muestra. Eso fue una casualidad que me sobrepasó y no sé si considero hoy una buena idea haber permitido que se muestren esos trabajos aún muy primitivos.


          7 y 8 – Se me ocurren dos preguntas. Una acerca del Encuentro Nacional de Escritoras, realizado en el Centro Cultural General San Martin y del que participaste en  el 2000. ¿En qué consistió?... La otra sobre el escritor y sus reflexiones sobre la escritura. Como sabemos, Graciela, hay autores más propensos a hablar de sí mismos, a divulgar en público sus hábitos y sus vicisitudes a la hora de enfrascarse en el trabajo, a confesar sus encontronazos con las limitaciones subjetivas y objetivas. Están aquellos que han escrito ensayos y aun libros íntegramente consagrados a revelar  –entre nosotros, uno de los poetas que me entusiasman: Darío Canton- la intimidad cotidiana. Y están los que optan por no ofrecer pistas. ¿Qué escritores  te enseñaron más, en este sentido, a través de sus análisis, y de sus declaraciones en reportajes o conferencias o mesas de debate?

          GP - Escritores que me hayan enseñado desde su actitud, seguramente muchos; ahora, que yo haya aprendido, es otra cosa. Siento que una nunca sabe lo que tiene que hacer, ¿no? Qué tiene que decir, qué espera el lector, qué puede serle útil. Esto es un oficio y a la vez no es un oficio, porque no cuenta con ninguna de las certezas de un oficio. Aquí nada es preciso, taxativo.
          Lo que sí quiero comentar es que a lo largo del proceso de esta entrevista me llama poderosamente la atención todo lo que he olvidado. Me preguntabas por allí acerca del Congreso de Escritoras en el año 2000, por ejemplo, y me vuelven fogonazos. Me vuelve y ni siquiera  estoy segura de que fuera esa vez que la escuché, la voz de Graciela Safranchick leyendo un texto que me volvió loca y nunca tuve oportunidad de decírselo; después busqué obra de ella pero encontré muy poco. Me acuerdo casi sólo eso… Entonces, una tiene que creer que lo vivido permanece de alguna manera, que aunque no me acuerde, las personas, los libros que leí (y hay tantos que no recuerdo en lo más mínimo), los acontecimientos están constituyéndote y que lo que dejaron es igual de valioso como inhallable, irrepetible. Una debe hacer profesión de fe y entregar su vida como puede, que es viviéndola.
          ¿Vos sabés que desde hace dos años me reúno con poetas en encuentros mensuales que llamamos Casa Abierta? Bueno, en uno de los últimos, gracias a un texto que leyó Alejandro Archain, un poema suyo muy bueno que habla de huellas en el pasto que le sirven al otro para caminar;  gracias a eso, me acordé de una cita de Luis Felipe Noé, creo que de la “Antiestética”, que dice más o menos así: para el artista lo importante es el camino, ese camino se hace con obras. Las obras, dice Yuyo Noé, son en realidad las huellas del andar y resultan importantes para los otros, mucho más que para el artista mismo. ¿Se entiende a dónde voy? Yo te puedo contar más o menos lo que me acuerdo, lo que registré y siempre es mínimo; pero el sentido de lo que te cuento está en mañana, en lo que vamos a hacer, en seguir andando. ¿Estas huellas que voy dejando lo quiera o no, alguien las va a seguir? ¿Señalarán algún destino? ¿Aliviarán una búsqueda?  No sé. Sólo mañana sabremos si tuvo sentido hacer esta entrevista.
          Y me preguntabas por entrevistadores que recuerde...; y,  la uruguaya María Esther Gilio, esos reportajes publicados en la revista “Crisis” eran deliciosos; y otro material excelente: los tomos de “Confesiones de escritores”, editados por El Ateneo, recopilaciones de artículos  de “Paris Review”.


          9 – “En este rincón” el romántico concepto de la “inspiración” para escribir (las Musas, “el espíritu”); y “en este otro rincón” Edgar Allan Poe, Plinio, Camilo José Cela, Uslar Pietri, o William Faulkner y su “He oído hablar de ella, pero nunca la he visto.” Los púgiles, cada uno en su rincón: los hemos presentado. ¿Por cuál te inclinás? O, ¿con quién más te identificás? ¿Adscribís a…?

          GP - Vos estás hablando de distintos personajes internos que intervienen en el acto creativo (y aquí sigo a Martínez Bouquet con su esquema de los seis personajes de la creatividad). Todos esos personajes son necesarios. Hay uno que es el que escribe, que a veces se conecta con el personaje del deseante y cuando ocurre eso, la persona no puede dejar de escribir,  no  le importa no ser Borges, ni Cervantes. Escribe, escribe, se devora el papel. Pero en el mejor de los casos esa fiebre pasa, si no las obras no tendrían límites (y cuando sucede es una “patología” grave). Cuando pasa, una examina el resultado sobre el papel y descarta, a veces todo, a veces salva un verso o un poco más y comienza el trabajo del personaje enemigo que se conecta con el amigo y entre ambos trabajan, corrigen, reflexionan. Hay otros modos de escritura, por ejemplo, vos estás leyendo y se te ocurre que ahí hay algo que te interesa, algo desde el pensamiento, una ocurrencia teórica, tomás notas, investigás. Puede pasar que en el proceso se desate el deseante y arranquemos de nuevo, pero también puede que no suceda y sea sólo un proyecto inteligente pero sin fuerza. ¿Por qué no tiene fuerza? Porque nació de un modo exclusivamente teórico, programático, racional. Y esto es así: cuando empezás con el deseo (la inspiración) después podés podar,  pero cuando empezás desde lo programático y sin entraña es muy difícil insuflar en segunda instancia ese desborde del impulso. Este es el problema más común que se me presentaba en el taller con las personas que venían de la Carrera de Letras. El crítico era tan fuerte que siempre le ganaba al deseo…, y cuando la crítica ya interviene limitando la gestación, la escritura no resulta vigorosa, generalmente se observa eso. Es como intentar educar un feto dándole palmadas, lo más probable será que abortes o que nazca deformado. Primero la criatura tiene que nacer. Cuando se inicia con un excesivo nivel de crítica, de inseguridad, de dudas, el camino es riesgoso. Al comenzar es bueno un poco de descontrol, hay que sentirse potente, entusiasmada, infinita y acto seguido decaer y ver la realidad de lo que quedó. En el medio, un sinfín de variantes, de consultas, de búsquedas, pero el sueño inicial ayuda y desespera porque una sabe que se acaba y hay que releer y enfrentarse a la verdad.


          10 - El argentino Rafael Freda, para la edición de su poemario “Mundo tenaz” (sonetos) (Alicia Gallegos Editora, Buenos Aires, 1993), concibió un Estudio Preliminar de 24 páginas, interesantísimo (como el propio poemario lo es). Entresaco lo siguiente: “Adoptar un lenguaje poético es lo tradicional; probar a ver qué pasa es experimentar. Tomar lo aceptado e introducirle elementos inesperados es innovar”; “Me gusta imitar. Reconozco mis fuentes. Prefiero el verso medido al verso libre, el verso rimado al verso libre, el verso suelto al verso libre”; “No rechazo la irracionalidad; pero quiero que mi poesía tenga porqués, para compensar las sinrazones de las que se nutre”; “El estudio preliminar lo escribí para que este libro imitara a los libros de texto”; “La poesía agoniza sin lectores, y cada vez hay menos lectores de poesía”. ¿Añadirías, refutarías, comentarías (a sabiendas de que al entresacar, retiré los contextos o escenografía)?

          GP - La poesía no agoniza nada. En todo caso, lo que agoniza en nuestro país es la política cultural.  No hay gestores culturales o hay muy pocos,  hablo especialmente a nivel institucional, y sobre todo escasean gestores que se ocupen del género poético.
           Para contestarte necesito considerar algunas características de este momento histórico. Creo que el neoliberalismo se ha introducido con fuerza en los comportamientos sociales y el mundo de la poesía no es ajeno al fenómeno. Algunas características neoliberales son el no respeto por el trabajo, la incentivación de la competencia, el individualismo a ultranza. Entonces respecto de la valoración del trabajo poético, a mí me puede gustar esta propuesta y no aquélla, eso es válido y siempre ha sido así, pero cuando una persona sostiene una vocación durante años con un trabajo entusiasta, con obra, con estudio, con lecturas, ese trabajo debe ser respetado.
          La poesía no va a morir si nosotros no la matamos. Pero, ¿le damos vida suficiente? La vida surge y se promueve en la reunión de lo diverso. Una gran riqueza literaria no puede provenir de un grupito de personas y de una o dos poéticas nada más, de actitudes sectarias en extremo. Mucho menos en un país como el nuestro con complejidad de regiones muy diferentes entre sí.
           Por otra parte, la política cultural no debe estar limitada por las miserias de la política partidaria. Hay que diseñarla como política de estado y sostenerla en el tiempo. Y es muy poco lo que hay: pocos concursos, pocos subsidios, poca difusión. También ante la escasez, la competencia se vuelve feroz. Y la competencia entre nosotros no va a mejorar las condiciones de la producción cultural, ni la va a incrementar ni a difundir. Cada esfuerzo serio que se pierde nos debilita a todos.
          Es justo destacar el esfuerzo de los blogs de poesía. Ya hace una década o un poco más, algunos escritores, entonces muy jóvenes, empezaron a difundir mucha producción y a conectar a los poetas entre sí a través de la red, esta tarea continúa hoy (nombro a Alejandro Méndez, Selva Dipasquale, Valeria Cervero , Franco Castignani, María Belén Aguirre, de Tucumán,  y son muchos más, más de los que yo alcanzo a leer seriamente y con asiduidad). En la actualidad hay poetas de muy distintas  generaciones trabajando en blogs para difundir  nuestra poesía y la extranjera, a veces con traducciones propias. Como es el caso de Jorge Aulicino, que siempre propone versiones nuevas de poemas clásicos y contemporáneos, o los sitios de poetas como María del Carmen Colombo, Irene Gruss,  Marcelo Leites, Gustavo Tisocco, Catalina Boccardo; son incontables. Esperemos que este empeño no se debilite a futuro. Porque eso es lo que se ve, que muchas veces el entusiasmo decae porque al ser escaso el apoyo desde lugares institucionales, entonces los proyectos dispersos por todo el país, de blogs, de ciclos, de festivales, no encuentran algo que los aglutine, que los interconecte, que los ayude a sedimentar y  perfeccionarse con el paso de los años. Es una pena que no haya prosperado el proyecto de Casa de la Poesía, como la Casa de Poesía Silva, de Colombia. Nosotros tuvimos distintos intentos pero lo cierto es que la Biblioteca, la única especializada en poesía, que tuviera como sede la Casa de Evaristo Carriego en la calle Honduras, hoy desafortunadamente está cerrada, y no contamos con una Casa de Poesía ni en el Gobierno de la Ciudad ni en el Nacional. Tampoco sé en qué quedó el esfuerzo de montar un Museo de la Poesía en la casa de Lafinur en la provincia de San Luis. El Museo se hizo, pero ignoro qué trascendencia ha conseguido. En general, creo que ni siquiera se sabe que el Museo existe.
          De repente aparecen algunas excepciones como la creación del Premio Rosa de Cobre a la Trayectoria Poética, una iniciativa reciente de la Biblioteca Nacional, que esperemos continúe. Pero la riqueza de nuestro movimiento poético actual, que es enorme,  merece mucha más atención y cuidado de los existentes.





·         Milagros King,  Libros de Tierra Firme, Buenos Aires, 2006.

*


Graciela Perosio selecciona para esta entrevista, en 2014, seis poemas de su autoría:



LLUVIA


Estoy oyendo llover. Y me desintegro, pierdo las formas que me limitan para diluirme en el agua. Estoy lloviendo y choco estrepitosamente contra el alero del quincho y me resbalo por las canaletas, me filtro en el jardín, arrastro la tierra de las barranquitas, me encharco en los desagües. Asumo tantos ruidos diferentes, colores, transparencias. Chorreo, goteo. Golpeteo contra las aplanadas hojas del filodendro y salpico los vidrios. Me enfurezco en los techos buscando sus fallas, sus grietas escondidas.
Yo no puedo dejar de llover. La sensatez indica el intento de cimentarse en una casa. Una casa acogedora, de grandes ventanales con prudentes y castas persianas, con avizores cerrojos nocturnos. Pero no puedo abandonar la intemperie, no ser lluvia. Lluvia. Desordenada lluvia que no admite forma global, que está y no está en la gota, en el canto, en la nube, que forma napas y alimenta ríos pero no está ni en lo uno ni en lo otro.
Soy la que se derrama, se regala, penetra, fertiliza, moja, empapa, limpia o ensucia, según.
Sólo sé caer, desparramarme, deslizarme y permanezco únicamente en el oído de los hombres como una música de orígenes que los empuja hacia dentro de su corazón en busca de un techo no existe para mí, que soy la lluvia, la que está fuera. Deshilvanada, deshilachada, descabellada, desnuda. La que está fuera llorando su exilio. 



                                                                                                                           (De “ Del luminoso error”  (1982))




   *



Brechas del Muro


                                                                                      para Beatriz, con el amor viejo

                                                                                                              “es mero muro es mudo mira muere”
                                                                                                                                     Alejandra Pizarnick  

       

es muro    un mero muro    un muro  para morir  un muro               
mudo es miedo mudo de la muerte    
muerdo el muro   el muro miente   MIERDA el muro
                                                           muro de muerte
siento el musgo del muro el mero musgo muelo mi mente
contra el muro  el muro es un muelle que se hunde en
oscuros mares  mero musgo  mero musgo del muro para mi
muerte Mierda 
          es muro es mero muro es mudo mira muere
la vida por los amigos   di la vida   di mi muerte
mi mera muerte   mi mera vida contra el muro contra el
muro siempre
          mira es mero muro   mira   el muro muere




                                                                                                                    (De “Brechas del muro”  (1986))





*



                    
sol edad es el tiempo que nos queda
soles que viajan solos rigiendo
en tristes centros sistemas planetarios
llamaradas de vos destruyen las voces
estallan la palabra y el encuentro
mientras la vida va y va y va.


                                                                                                                           (De “La varita del mago” (1990))



*




 IV
 noche



quedóse exhausto el mar que tanto bufó el viento.
una desmesurada noche disemina ecos de fukuyama.
y tu voz, un susurro en la espuma del mar,
batiendo , sin embargo, duramente.


el único problema ideológico,
verdaderamente serio
que nos queda por debatir,
es la muerte.
pensar, legislar, engendrar
desde su perfil estricto.
pero ¿qué si desvanecemos el luto?
¿qué si disfrazamos la obra
del dibujante eximio en nuestro rostro?
¿qué podrá saber quien no empuñe
-como triunfante bandera por la vida-
la epifanía del ritmo de la disolución?
tu sabia disolución te hará invencible.
honra, pacientemente,
la sacralidad del instante
y el milagro austero de la precariedad,
ardua llave del arte,
que siempre, aunque te abrume,
es la orfebrería de lo mínimo.
contracara del poder.
en fin, hija
esa hendidura leve

del escueto diálogo
con la más fiel de las amantes.




                                                                                                                                (De “La vida espera” (1995) )




*




Caudaloso río iluminado por enervante sol del desierto se revuelca y me revuelca de olas de juncos de algas de arco iris de barro y remolino burbujas caracoles movimiento la forma de las formas se perfila crece crecen plateados peces translúcidos almibarados crustáceos del inicio quelonios pétreos escondidos vamos hacia la orilla desbordada vamos venimos nos golpeamos recalamos y nuevamente una potencia nos arranca nos lleva nos deshace nos hace nos renueva nos forma y nos deforma vamos a un tobogán túnel de limo subimos rodamos más allá no se detiene marcha al galope el río desbocado marcha en torrentes corre y se abre se abre y abraza al mar al mar al que se vierte hacia él nos vence nos envía burbujas remolinos olas que se van aquietando se deslizan por la arena de plata de diamante de bronce de corales madreperla infinita la playa disemina y en ella la silueta apenas pura luz que descarta con suaves movimientos de medusa con espasmódicos ritmos de delfines la bella hija de Urano la Dorada está naciendo ved del proceloso océano el espejismo de horizonte invulnerable y trae el regalo el don que ha de otorgarnos el erótico sexo que define al ser que llegará y habrá de amarla
                                                                          victoriosa por siempre la divina Afrodita





                                                                                                                                      (De  “Regreso a la fuente” (2005))



*



Para disfrutar enero en Buenos Aires,
a pesar del calor subtropical,
conviene que aguces el oído.
Hay mucho menos tránsito,
menos ruido.
Y eso permite leer
en los balcones con la fresca.
Pasear por el parque de Palermo
sintiendo que es un parque.
Si prestas atención,
en algún momento cierto,
descubrirás un par de cardenales,
buscándose comida
a los saltitos por el pasto.
Puede que la suerte te sonría
y veas también algún pichón,
generalmente el penacho aún no es rojo rubí
sino sepia o ladrillo,
después pareciera que el color
virara hacia la sangre.
Te recomiendo, además,
que entres al Rosedal y hacia la isla:
hay pocas garzas blancas,
sólo algunas volando cielo arriba,
muy lejos de la fronda,
pero, en compensación,
en enero, sólo entonces,
puede que descubras una sabacú
o tal vez una real, o una mora,
tienen alas gris verdoso
y sólo blanco el pecho,
pero una línea de tiza vibrante
les cruza la cabeza negra,
mira con cuidado entre las ramas
porque estando quietas
se funden con el árbol.
También hay un arbusto
de hojas ovales y brillantes
de un verde muy oscuro,
almenado de flores blancas por decenas,
parecen gardenias con pocos pétalos,
y completamente abiertos
como margaritas,
eso sí, sin aroma.
Búscalo con el busto de Darío,
en el jardín de los poetas,
no podés confundirte,
la planta lo rodea en homenaje.
La última recomendación es culinaria:
a mediados del mes
aparecen las ciruelas Santa Rosa
en sazón y son una delicia,
aprovéchalas,
suelen durar una o dos semanas
y desaparecen hasta el año próximo.
No sé si las exportan o qué
sucede pero presta atención,
no hay postre que se iguale.
Y sobre todo recuerda:
apunta con tus ojos hacia el cielo,
la luz es una gloria a cualquier hora.
Con tiempo despejado o entre  nubes
y aún por las noches
el aire flota tan dulce…
que casi las ciruelas se imaginan.


                                                                                                                                         (De  “Balandro”  (2014))



*

Entrevista realizada a través del correo electrónico: En la ciudad de Buenos Aires, Graciela Perosio y R. R., 2014.


Patricio Portales Coya (Paporcoy)-Chile/Enero de 2015

LA KELA


El tren se ponía en marcha con ruido de huesos viejos y algún estornudo breve. Apenas había pasado Rancagua y un pequeño grupo de personas se iba acomodando en los asientos vacíos más próximos a la puerta. Una mujer de abrigo rojo y largo avanzó, se instaló al frente mío colocando una maleta grande entre los respaldos opuestos.

Continué leyendo un libro. Suelo llevar siempre uno o dos para los viajes en tren.  Es un gran placer leer mientras se viaja. Por el rabillo del ojo advertí que me observaba. Era grande, alta y maciza, pero con buenas formas que podían adivinarse bajo la ropa ceñida. Unos zapatos negros de tacones muy altos llamaron mi atención.  Volví al libro.
Media hora después ella se había quitado el abrigo y parecía leer una revista de magazine. Continuaba observándome cada vez con más insistencia. Me inquietó esa actitud. La miré francamente; era gordita y un par de años mayor que yo. Me pareció voluptuosa, fumaba con cierta gracia, el pelo castaño claro evidentemente teñido alcanzaba a cubrir sus hombros y parte del abundante pecho. Me sonrió directamente, desafiante se levantó y vino a sentarse a mi lado.
            -¿Tu eres Rodrigo? - Atolondrado respondí que sí. Yo no la conocía y ella, al parecer, sí…     -Nos conocimos hace unos diez años…yo vivía  en Concepción… en el barrio estación… Soy la Kela… ¿Te acuerdas?

                                                                       ****************

En un parpadeo del tiempo neuronal la recordé, y también toda la circunstancia en que nos habíamos relacionado.
Yo vivía con mis abuelos en Concepción, mis padres estaban pasando esas etapas de conflictos económicos que hacen conveniente alejar a los hijos por un tiempo. Por la misma razón abandoné el colegio en Santiago y me matricularon en el Liceo de Hombres de la Capital del Bío-Bío.  Llegué al tercero de humanidades con 14 años; era el menor del curso. De inmediato me bautizaron como el “Chico Valdivieso”.
Antes del 21 de Mayo, el profesor de Educación Cívica organizaba las elecciones de curso. Ya conocíamos la teoría del ejercicio democrático y republicano. El presidente de curso elegido el año anterior, hacía una “cuenta” de lo realizado y entregaba el cargo. La asamblea proponía nuevos dirigentes para el período. La presidencia no era reelegible.
El Patolucas, como apodaban al Presidente, era de los mayores del curso, muy simpático y reconocido galán, me propuso a mí como candidato. Entendí que era una broma, apenas me conocían, además de ser el menor de todos.  Permanecí impávido, no sabía como rechazar la nominación. Tres nombres se anotaron en la pizarra. Por lista alfabética cada uno votó con un trozo de papel que se depositó en la urna -una caja de zapatos con una ranura- al final el profe fue leyendo cada voto y sorprendentemente gané la presidencia, con mucha ventaja sobre los otros nominados.  El Patolucas fue el primero en felicitarme y me ofreció su apoyo para que yo pudiera ejercer el cargo sin problemas. 
El profe me hizo pasar adelante para que diera las gracias por la votación obtenida, (60%),  y por la confianza de mis pares.  Hizo un breve recuerdo de los principios democráticos que ya habíamos estudiado y dijo al elegido como secretario que levantara un acta con el resumen y los resultados de la elección.
Sentía emoción y mucho temor por ser ésta mi primera experiencia cívica. En el colegio de curas nunca habíamos elegido a nadie, el Profe. Jefe de curso, nombraba en Marzo a un presidente de curso y eso era todo. Para el día del colegio se hacía un desfile y el presidente marchaba a la cabeza del curso.  En Septiembre había una reunión de todos los representantes de los colegios Católicos de la Comuna y en esta instancia asistían los presidentes de curso.
En el recreo, el Patolucas me pasó un papel con su “Programa de Gobierno” y me dijo que yo podía hacer uno parecido para presentar en la primera reunión de Asamblea de Curso, bajo mi Presidencia. Eran unos diez puntos, recuerdo que uno era “mantener encerado el piso de la sala”.  Lo recuerdo porque también lo puse en mi programa ya que en la bodega de la casa de mi abuelo había un tambor con mucha cera que nunca se ocupaba. Llevé cera en un tarro cada miércoles por la tarde,  cuando los alumnos hacíamos “Régimen Interno”, o sea el aseo y mantención de la vieja sala y el pasillo contiguo.
Me fui haciendo amigo del Patolucas y sus consejos siempre me sirvieron, además cuando los más “viejos” del curso trataban de tomarme para el fideo, de inmediato él se encargaba de pararles el carro en seco. A veces yo lo ayudaba con las tareas para la casa, porque él tenía que trabajar con su papá y no tenía tiempo de hacerlas. Su padre -Don Pato- tenía un taller de carpintería y se dedicaba a confeccionar ataúdes y cunas. El Patolucas era el único del curso que fumaba en los baños durante el recreo largo de las diez. Alguna profe lo descubrió y lo suspendieron de clases. Cuando vino el papá, le dijo al Inspector: - El Pato fuma a los 18 años, yo empecé a los 15, o sea estamos progresando… ¡Pues, son tres años más, señor Huerta!
Me contaba de sus conquistas amorosas y me dijo que cuando nos encontráramos en la calle con algunas de sus amigas, yo dijera que él estaba en sexto humanidades. Parece que le daba vergüenza estar tan atrasado. Sus amigas eran muy grandes para mí y aunque él me hacía gancho,  nunca me resultaba un pololeo. El cabro chico, es decir yo,  era más una presencia incómoda que una compañía provechosa para el Patolucas, a pesar de eso me invitaba a compartir con él, íbamos a la plaza, al cine y al estadio a ver fútbol y atletismo. También alguna vez fui a un malón al que él mi invitó.
En Agosto, el Patolucas se puso a pololear con una niña mayor que él, tenia 19 años y trabajaba en una peluquería. Poco a poco nos fuimos distanciando, la polola lo tenía muy absorto, incluso lo iba a buscar  cuando las clases eran en la tarde. Las pocas conversaciones que aun teníamos eran de sexo. La nueva polola era muy exigente y cada día lo metía a su cama por horas. Andaba pálido y con sueño todo el día. Yo aprendí muchas cosas que ignoraba y comencé a mirar a las profes y a las niñas del Liceo de mujeres con otros ojos.
            Después del desfile del 18 de Septiembre el Patolucas no volvió a clases en toda una semana. Me llamaron de la Inspectoría del Liceo y me contaron que Don Pato había fallecido, que el Patolucas no podría seguir asistiendo a clases porque tenía que hacerse cargo del taller de ataúdes y de la mamá, quien quedó muy mal con lo del ataque cardíaco de Don Pato, además tenía dos hermanos chicos. 
            Fue un tiempo muy triste para todos y más aun para mí. La directiva del curso y el Profesor Jefe hicimos una campaña de ayuda y después fuimos a su casa a darle el pésame y el dinero que juntamos.  El Patolucas  estaba muy emocionado, nos recibió en el taller con su delantal de maestro carpintero. Yo me impresioné mucho al ver los ataúdes pintados de negro que estaban amontonados a un lado.   En un momento él me dijo bajito: “Oye Presidente, sabes… para más yapa la Nuri me dejó...”  Sólo lo escuché sin saber que contestarle…
            Nos fuimos muy deprimidos y nadie habló nada en el bus.  Yo imaginaba a Don Pato metido en uno de sus propios ataúdes.
            Llegó Diciembre y el tiempo de los exámenes. Apareció el Patolucas a dar exámenes libres para pasar de curso. A todos nos alegró verle. Me pareció que estaba más grande, como más serio o más adulto. No bromeó con todos como antes lo hacía.  Me contó como la Nuri lo había  “pateado”  y se había ido a trabajar a Santiago con un empresario que le prometió ponerle una peluquería en Recoleta. Me dijo que si pasábamos todos los exámenes sin dejar ni uno para Marzo, me iba invitar a realizar una  visita muy importante para mí. No supe bien de qué se trataba, pero sospeché que era a la parcela de una tía suya, camino a Lirquén,  donde tenía una prima muy linda que vimos para el desfile del 18 de Septiembre y en la misa del funeral de don Pato.
            El 12 de Diciembre, con el ramo Trabajos Manuales terminamos todos los exámenes. El Patolucas se sacó un 7. Ya estábamos en quinto humanidades. Fuimos al cerro a quemar los cuadernos como era la tradición, allí andaban muchos estudiantes haciendo lo mismo. Se formaban verdaderas fogatas y algunos llevaban guitarras. Las parejas de pololos se perdían en los bosques…Diciembre era un mes lindo y ya el calor del verano se sentía hasta en la noche. 
            Se me acercaba la fecha de volver a mi casa en Santiago, eso no me gustaba nada. Salvo las fiestas de Navidad y Año Nuevo, donde nos encontrábamos con todos los tíos y tías, primos y primas… Allá no había nada más interesante. 
            El Patolucas me llamó el día 15 que era un jueves. Dijo que me iba a pasar a buscar en la tarde, como a las  cinco, que me arreglara para salir con unas niñas. Me conseguí permiso y me puse ropa de domingo. Estaba muy nervioso, casi quiebro el frasco de colonia de mi abuelo a quien le robaba un poquito, a veces.
            El llegó puntual y bien arreglado. Tomamos un micro y después de un rato nos bajamos cerca de la estación. El Patolucas me notó nervioso. Me dijo que no tenía de qué preocuparme, era una sorpresa y lo iba a pasar muy bien. No íbamos a salir con niñas pesadas de esas que me decían cabro chico.
            Caminamos varias cuadras hasta un sector que yo no conocía, casi todas las casas eran iguales y sin jardín. En la calle varios niños jugaban a la pelota y las niñas saltaban con un cordel. Me pareció que todos eran de familias pobres pero que estaban felices, aun sin zapatos.      Llegamos a una casa, en la puerta estaban tres muchachos fumando y jugando al naipe.  Uno muy moreno se apartó y vino a saludar al Patolucas. El le preguntó por la Kela, le respondió que estaba ocupada pero, que luego se iba a desocupar. Pensé que era una de las amigas que saldrían con nosotros. El moreno me preguntó; - ¿Y vos cabro cuantos años tení…?  El Pato le contestó que tenía 16. Yo no dije nada.  Se rió y murmuró algo así como; -ya estay viejito para andar con padrino…El Pato lo tomó con brusquedad por el brazo y le pasó un sobre arrugado. El muchacho se retiró entrando en la casa.
            -Esperemos un poco, ya se va a desocupar mi amiga- Me comentó el Pato tratando de que no me pusiera mas nervioso. En realidad yo no entendía nada de lo que ocurría. Le pedí que me explicara. - Este negro es el hermano de la Kela y es muy pesado, pero ella es todo lo contrario, es una cabra muy cariñosa, ya vas a ver…-  Sacó un cigarrillo y lo encendió. -No te convido porque no quiero que seai vicioso como yo - me dijo riendo.          
            En ese momento me habría fumado un cigarrillo, estaba nervioso, me sentía bastante tenso. No saber otra cosa que esperar a una niña a quién no conocía y tampoco cual era el panorama. Era un momento complicado que se sostenía sólo por la confianza y seguridad que me daba mi amigo.
            El Pato terminó su cigarrillo. Salió otro muchacho de la casa y apareció el moreno pesado. 
            -Ya, ahora pueden pasar-, dijo mientras miraba para los dos lados de la calle. Entramos, el lugar era oscuro porque la ventana estaba tapada con una cortina gruesa. Dos sillones viejos y una mesa de comedor con cuatro sillas junto a un aparador eran los muebles que distinguí.
            Ya –dijo al Pato,- espera a que la Kela te avise. No se puede pasar de a dos. Acto seguido salió a la calle.
            Me acostumbré a la penumbra. Había dos puertas hacia atrás. Una entreabierta por donde se veía una cocina y en ella una tetera. La otra daba a un pasillo largo, al fondo se lograba ver un patio o una galería más iluminada. Nos sentamos los dos en el mismo sofá. El Pato prendió otro cigarrillo.
            De pronto por el pasillo entró una anciana encorvada, con ropa oscura y larga y con la cabeza cubierta por un velo o un pañuelo grande. Entró a la cocina y retiró la tetera del fuego.  Tomándola con un trapo se la llevó por el pasillo con la misma lentitud con que había venido.             El Pato me dijo despacito -Seguro que la vieja toma mate todo el día.
            A mí me pareció que no nos había visto. Puse mi atención en el pasillo, estaba ansioso por ver aparecer a la Kela. ¿Cómo sería? No me atrevía a preguntar para no parecer tan “cabro chico”.
            Pasó un  rato que me pareció eterno. Una puerta del fondo se entreabrió y se escuchó un llamado: ¡Patooo, pasa Patitooo…!
            Se levantó como un resorte y me dijo, - apágame el cigarrillo, tranquilo...vuelvo altiro…- y se perdió en la puerta del pasillo. Bastante intranquilo me quedé sólo, ya me estaba fastidiando esta situación con tanto misterio. -Si se demora mucho me voy no más - Resolví, mientras apagaba el cigarrillo entre otras colillas, en un cenicero de cobre que estaba sobre el viejo aparador. 
            El Pato, volvió muy pronto. Venía contento y sonriendo: - Ya Rodrigo, campeón, ahora vas a ir a la ultima pieza, al otro lado del patio interior que se ve de aquí, la Kela te espera. Quise reaccionar y negarme mientras no me explicara todo este trámite y esta situación tan confusa. No alcancé, me tomo del brazo y me dijo;  -¡Esta experiencia nunca más se olvida… en toda la vida! Es tu paso de cabro chico a hombre grande…Caminé el oscuro pasillo como anestesiado, buscando una explicación a lo dicho por mi amigo, imaginé que la Kela me esperaba con vestido de fiesta, lista para salir… En el patio de luz la vieja estaba sentada en una silla de mimbre tomando mate. Pareció no verme.
            La puerta del fondo estaba entreabierta, toqué con los nudillos. Una voz femenina me respondió de inmediato: - Pasa, pasa  y cierra la puerta…
            La habitación era grande, una lámpara de velador la iluminaba tenue. La cama era de dos plazas y tenía un cubrecama rojo brillante. Sobre ella estaba una mujer semi de lado, cubierta por una bata, tan roja como el cubrecama. Tenía la cara muy pintada. De inmediato imaginé que era una prostituta de esas que había leído en las novelas o de las que contaban historias sexuales los muchachos mayores. Me sentí traicionado por el Patolucas. En ese momento habría huido a no ser porque ella se levantó como una gatita mansa y me tomó la mano, diciéndome: -No te asustis Rodrigo, ya me contó el Pato que es tu primera experiencia sexual… siempre el primer polvito es un poco así… con miedo y emoción. Ya, siéntate aquí conmigo y conversemos… ¿Cuántos años tení… porque 16 no tení…? -Tengo 15-  mentí… aunque sólo me faltaban unos meses para cumplirlos.
            -Ah… que bueno… yo tengo 16… y no soy putita… solamente atiendo algunos amigos para ganarme unos pesitos y mantener a mi abuela… ¿La viste? Ella está siempre ahí en el patio chico cuidándome…Mi madre se fue pa Santiago el año antepasado y no ha vuelto. Mi taita trabaja en Argentina, en la Patagonia y manda plata de cuando en cuando… ¿Tai más tranquilo?          -Si, sí  estoy tranquilo… es que el Pato no me dijo nada y no traje plata…
            -Ja... Ja... ya lo arreglamos con él.  Tu debí ser muy buen amigo porque él te trajo como si fuera tu hermano mayor y me pagó muy bien…me dijo que te descartuchara con mucha ternura… para que seai un campeón con las minas…
            Me calmé de improviso, una sensación de seguridad me devolvió el aplomo. Observé mejor la habitación y a la Kela. Era hermosa aunque un poco redondita, su pelo castaño oscuro abundante caía sobre sus pechos que trataban de salir por el cruce de la bata roja…Las piernas muy blancas y torneadas parecían de niña de calendario, sobre el cubrecamas rojo… Tenía los ojos grandes color almendra.
            En un peinador con espejo y cubierta de mármol trizado, estaba la tetera y un lavatorio enlozado… En el respaldo de una silla dorada, tapizada con brocato rojo, había una toalla blanca cuidadosamente doblada…Un aroma de colonia barata y jabón de tocador inundaba el recinto. La ventana que daba a un patio de atrás estaba abierta; unas cortinas rojas gruesas la cubrían impidiendo el paso de la luz desde afuera.
            -Ahora, Rodri... ven, te voy a desvestir y lavar el cosito…con agüita caliente, después nos vamos a meter a la cama para enseñarte lo que es bueno… ¡ya vai a ver que rico lo vamos a pasar…! Yo nunca me he acostado con un joven cartuchito y tan bonito como tú…te voy a enseñar todo lo que sé… 
            Dos horas después, el Patolucas se había fumado toda su cajetilla de cigarros y tenía el lugar apestoso.  Jugaba al naipe con los otros muchachos en la mesa. Yo salí enamorado de la vida y a mi amigo le di un abrazo que lo dejó emocionado.
            -Rodrigo, ¿no sabes lo importante qué ha sido este año tu ayuda?, si no hubieras llegado al Liceo, lo más seguro es que yo no habría pasado de curso… por eso te siento como un hermano menor… mi padre me decía siempre: La verdadera amistad es una fruta escasa y hay que saber cultivarla para que dure toda la vida.

                                                                       ********************

            -Claro que me acuerdo, tú eras amiga del Patolucas. Éramos chicos, estábamos en el Liceo de Concepción…-Déjate de  rodeos,  yo te inicié en la vida de hombre. Para mí fue muy lindo y te voy a confesar que debes ser el único niño de ese tiempo que nunca olvidé…estabas tan contento y tan emocionado que ahí me di cuenta de lo importante que era el “momento” para un hombrecito.
            Me sentí bastante complicado con ese recuerdo de la Kela, me pareció que enrojecía como un niño chico. Me armé de valor y le contesté: -Cierto, es muy importante porque uno sólo tiene información por los cuentos y aventuras que narran los amigos y compañeros de colegio, que son un poco más grandes. La mayoría de esos relatos son fantasías y exageraciones. La realidad se presenta cuando efectivamente se tiene esa primera relación íntima con una mujer de verdad. Si ella sabe manejarse, uno descubre la maravilla del sexo y si no sabe encontrarla, resulta un mero episodio orgánico, no más relevante que la primera vez que comes erizos o riñones al jerez…
            -Rodrigo, ¿ese es tu nombre verdad?, ah… me gustaría saber; ¿qué te pasó después…? ¿Pensaste que yo era prostituta?... ¿Tuviste  ganas de volver a verme?... ¿Pololeaste mucho…te casaste?
            -Bueno, estee…hace tantos años… ¡Claro que tuve ganas de volver a verte!, me pasé muchas noches en vela recordando cada segundo pasado contigo, yo tenía solo 14 años y me sentía todo un hombre adulto… Nunca pensé que eras prostituta, creí exactamente lo que me dijiste acerca de obtener algún dinero para ayudar a tu abuela…Creo que hasta me sentí enamorado. Recordarte y apreciar como las hormonas se me agitaban era un solo acto… ¿Te acuerdas que fue en Diciembre?...Yo tuve que volver a Santiago antes de la Navidad y nunca volví a Concepción… Me puse a pololear al año siguiente con una niña compañera de curso, fue la primera de muchas…
            Me escuchaba atentamente sin quitar sus ojos de los míos. Eran los mismos ojos que estaban grabados en mi memoria; unas almendras que traslucían ternura y dolor. Ella se me fue transformando en la misma Kela de hace veinte años, sus labios - no tan pintados- me parecieron apetitosos, sus formas redondas conservaban su magnetismo y sus manos -con varios anillos- no habían perdido su gracia… Conversamos sin parar hasta Chillan y me fascinó como ella había manejado su vida alcanzando todos los objetivos que se había trazado.
            La Kela me contó que era Contadora, vivía en el sur, en Chillan y estaba casada con un  empresario de la carne, fabricante de las mejores longanizas de la región. Volvía de Rancagua donde había colocado una orden por 500 kilos. Uno de sus cuatro hijos se llamaba Rodrigo y otro Pato. 

Riendo me dijo en tono jocoso: - Te fijas Rodrigo, no he podido dejar de vincularme con los embutidos… Ja…Ja 

José María Pallaoro-Enero de 2015

  1. Serie: La claridad


EL PODER

El poder de una palabra
no radica en la voluntad
de poder

decir aquello
que los demás
quieren escuchar

El poder de la palabra

es un certero golpe
en la cabeza del silencio

Y de esa cabeza
–estallada en el aire–
se arma el mundo

a imagen y semejanza


LOS OJOS

Cómo hacer para mirar
a los ojos del otro
y que entienda

Cómo hacer para que los ojos
del otro nos encuentren
y comprendamos


LA CIUDAD Y LAS PALABRAS

Dibuja palabras
en un papel cuadriculado

Una ciudad con árboles y pájaros
donde el pensamiento
se expande
como una línea en busca
de la dirección perdida

La ciudad perfecta
tal vez nos conduzca
–aún entre sus cuatro paredes–
hacia el asombro
o hacia el abismo


LA ÚLTIMA PALABRA

Una de las formas de la muerte
este vivir desamando
abrigado siempre
en la última palabra


TODO LO CONTRARIO

Desenrollar las palabras
para que el poema desensille
y la claridad penetre en la oscuridad
y viceversa


MANOS

Convertiré mis manos
en hojas de fuego

para que vuelen

incendiaré la noche
con palabras



FOTO ROTA

En ese fragmento no visible
lo invisible
derrota
la imposibilidad
de qué

y ahí está la mañana común
cielo oscuro
que se hace sol

Rocío Herrera Carrera-México/Enero de 2015


                                                   La Junta del Diablo             
La noche avanza, cuando una  nube negra se posa sobre la casa de los Armendáriz,  presagiando el arribo de  un visitante.  Mientras,  en lo profundo del  Hades, Pazuzu, el demonio del rumor, le habla a su amo. 
-Mi señor, Gabriel va ahora mismo a pedir ayuda a sus hermanos. 
-Lo esperaba, esto lo tengo que ver.
Gabriel les pide a sus tres hermanos  una  junta  urgente. Le han diagnosticado una grave falla renal.
-Hermanos, hace  tiempo  lucho contra  una  grave  enfermedad, por esto es que les suplico,  que  uno  de  ustedes  me  done un riñón, de lo contrario, moriré en unos meses.  Solo la indiferencia  le responde. Ellos  se  niegan a ayudarlo y le dan la espalda. Gabriel se va de la reunión,  sabiéndose  condenado a morir.
Los tres  hermanos  no  saben que hay un  invitado más en la mesa, ellos no lo ven, no lo escuchan.  Está sentado al frente,  lo escolta  a  su diestra, el  demonio  de  la  soberbia, y a su siniestra, el de la indiferencia. El Diablo siente una excitación abrumadora, observa  a  los hermanos  con  fascinación,  y  les  habla, aunque ellos no lo escuchan... con los oídos.

-¡Mis queridos impíos!, en verdad ustedes me honran. Los tres han superado mis expectativas, como  tú  Jacobo,  siempre  has  estado  atrás  de la riqueza, por eso te la di, y  me  encanta  que  con  esa  inclinación  tuya,  tan  hedonista, no ayudes a Gabriel ni  con  un  centavo. Sin  empatía,.. no  hay  remordimientos, ¿no es así, hijo mío? Y tú, Joaquín,  al  parecer olvidaste, o finges  olvido de cuantas veces te ayudó Gabriel cuando  no  tenías  trabajo,  y ahora le sugieres que busque el riñón en el mercado negro. ¡Eres  grande!  ¡Pero  no  olvidemos a Nicolás!,  ¡mi consentido!, tú nunca sueltas la  Biblia, y  señalas  con  dedo  de  fuego  a  los  pecadores,  pero  tú  y yo sabemos  que,  solo  honras  a  la  lujuria. Y ahora  te  has  ensañado  con  Gabriel  por ser ateo,  y  no  solo  eso, sino que te alegra su sufrimiento y se lo escupes en la cara, eso es ¿diabólico?  Hijos míos,  su  maldad  es verdaderamente genuina, ustedes son, digamos... autodidactas. Y  ese detalle tan suyo ¡me encanta!  Las apariencias: oran, rezan  y  luego vienen  a  servirme,  eso  me  halaga. ¡Mmmh!,  y  es que lo puedo oler, lo  puedo  saborear,  lo  helado  de  sus  almas, su  soberbia.  Y no olvidemos  lo que más  lastimó a su hermano Gabriel: el filo de su indiferencia. Pero lo mejor de todo hijos míos es, que  yo  ni  las  manos metí. ¡Oh sí! ya lo recuerdo, a eso le llaman  “libre albedrio”, ¡vaya!, ¡y luego dicen que el diablo es malo! ¡Pero bueno!  Es tiempo de partir, aquí yo no tengo nada que hacer,.. ya todo está hecho. 

Ramón de Jesús Hernández Olivares-México/Enero de 2014

EL EXTRAÑO

Edificios altos tocan las nubes
y un mendigo duerme en el infierno
sin conocer el calor.

Nubes pasajeras vistiendo a los ángeles
y lloran las paredes de la prisión del puerto,
ausencia de risas, de esas… de locura.

La estatua sonríe si sentado a sus pies
toco mi alma, desgarro ideas confusas
y me convierto en asesino de mi locura.

Porque tiembla la tierra
si yo escucho oculto tus risas
negadas a las mías,
baile entre dagas de dolor en el pecho
por sentirme en tu vida ausente.

Soy el humo que transpira  las rosas muertas
de un jarrón,
mausoleo que se desmorona sin temor.

¿Por qué viene entre multitudes y me sonríe?
quiere besarme y atrapar mis sueños,
¿Por qué  quiere ser melodía de la brisa?
si es un extraño.

El tatuaje en mi piel sería tu caricia
y no los besos de un desconocido
que con ansías locas,
grita en mi puerta…

Soy templo sagrado de la ilusión
nocturna de un sueño inconcluso,
son mis ansías y mis besos solo míos
no comparto mi gloria
que atormentada desfallece.

¿Por qué un extraño pronuncia mi nombre,
cuando la historia que quiere no es nuestra?
es un desconocido  amante aferrado

Conozco tus besos lejanos y recuerdos míos,
¡Es un extraño! Lo sé,
¡No seré es sus brazos ni el nombre de su gloria!

Alberto Feldman-Argentina/Enero de 2014

El escritorio de Ignacio               

      
    Ignacio, antiguo director de orquesta, ingeniero y profesor,  ha descubierto que aquello que pugnó toda su vida por salir a la luz, su  deseo de escribir,  se ha hecho presente  en la edad  jubilatoria, haciendo pasar a segundo plano sus otras actividades.
Pero no todo se desliza en su escritorio con la tranquilidad  que necesita para concretar su deseo.
    Nuevamente, como cada vez que se sienta a escribir,  se oye el sonido  burlón,  muy desafinado y en doble cuerda,  del acorde más grave del violín que cuelga  en la pared frente a él.
 Un  negro y brillante clarinete,  colgado al  lado del violín,  también  para molestarlo deja oír, rápido como un rayo,  las doce notas de su escala cromática más aguda.
  Ignacio ya no se sobresalta, como lo hacía al principio, por las pullas de estos antiguos amigos,  ahora despechados porque los dejó a ellos  y a la Música por la Literatura, y que  tratan de distraerlo de  su elección definitiva como si fueran niños caprichosos.
  Cuando parece que los protestones se  hubieran llamado a silencio, el violoncello, que descansa en una esquina de la habitación,   detrás del escritorio,  con un acorde  muy  grave y atrevido de sus cuerdas  flojas,  hace temblar la hoja de papel recién comenzada.
Ahora sí se enoja un poco nuestro amigo, mira hacia atrás con expresión severa y  con un índice perpendicular a sus labios pide silencio y respeto.
  Los instrumentos  se callan, pero solo  por un momento. Esperan que  ordene a su mano  escribir una  frase, para comenzar nuevamente con su  secuencia de  ruidos molestos.
Así se repite varias veces la misma escena hasta que el antiguo director de orquesta devenido escritor, hace algo que hubiera querido evitar, para no mezclar el presente con el pasado: toma  de un portalápices su  ya amarillenta batuta de marfil y  empuñándola con decisión, con un solo movimiento vertical de arriba abajo, impone silencio a los díscolos.
  Y ahora sí  consigue Ignacio  la tranquilidad necesaria para  completar el trabajo al que le  dedica ahora sus afanes.


Ita Espinoza Mandujano-Chile/Enero de 2015

ANGEL DE COMPAÑÍA


Esa noche Amelia, por primera vez se sintió sola, abandonada, triste. Toda la familia, sus padres y hermanos mayores, asistirían a una cena a la que ella no podría acompañarlos-La invitación era solamente para los grandes- era lo que había dicho la mamá. Los vio alejarse por la ventana, mientras sentía en la cocina ruidos de ollas, provocados por los ajetreos de Rita, la nueva nana. Cuando se perdieron de vista, la pequeña se dirigió a buscar refugio en su cama, como una forma de olvidar el abandono que ella suponía.  Encendió la lamparilla del velador y sin quererlo posó sus ojos en el papel beige con ramos de violetas que cubría, desde siempre, los muros de la pieza. Y por primera vez se fijó en aquellas flores que siempre habían estado allí, sólo que recién las miraba en detalle. Así estuvo largo rato observándolas.
Luego, ya acostada y a pesar de la agradable sensación de cobijarse entre sábanas limpias y el guatero entibiando sus pies, el sueño, como sombra presurosa, se había escapado de Amelia. Prefirió cerrar los ojos y rezó todas las oraciones que la mamá la hacía repetir por las noches. No pudiendo evitar captar con miedo, cada ruido que llegaba a sus oídos. Entonces recordó que su madre le había dicho que Dios atendía los ruegos de los niños. En esta ocasión que resintió la angustia de sentirse sola y de ser presa del miedo, la pequeña Amelia pidió al Padre le enviara un ángel de compañía que la confortara, haciéndole saber, de alguna forma, que se encontraba a su lado. Mientras seguía orando comenzó a percibir un agradable aroma de flores, algo así, como si todos los ramos de violetas, del papel con el que estaba forrada su pieza, se volcaran en su olfato. No le cupo la menor duda que el Angelito había acudido a la cita, impregnando el ambiente con aquel aroma.  
 


Abel Espil-Argentina/Enero de 2015

SILLA DE RUEDAS
                                                                              

Gabriel , el hijo mayor de Gustavo, encontró en el escritorio de su padre , este escrito:

" Mi vivir consiste en esperar no sé qué. Mi vivir , presupongo, no es odiar. Ignoro qué es mi vivir. Ignoro aún  más  : porqué nací, porqué crecí, porqué llegué a hombre mayor, porqué encuentro en el escribir las expresiones de mis venas , de mi alma , de mis arterias, de mi sangre.
 Hasta ayer me sentía un intruso en este mundo. Hoy es distinto.
De la misma manera que leo o escribo de noche, camino por la pequeña playa ,detrás del Fortín de Santa Rosa en Uruguay.
Hace un rato,  descubrí a la mujer de mi vida.
Bajé las escaleras y a medida que me iba acercando a la playa , veo una silla de ruedas, con alguien sentado en ella, mirando al río.
Me acerco. Me mira. Se sonríe. 
No me bastó más nada para descubrir que era ella. Estaba mudo, diría que hasta irrespetuoso, no le retribuí la sonrisa.
Nos quedamos en silencio mirando hacia la línea del horizonte. La luna era potente y clara.
Descubrí el rostro de una mujer hermosa, de una edad aproximada a los cincuenta y cinco años. Lo extraño en mí, es que no me importaba cómo ella había llegado hasta ahí. No es fácil moverse sola en silla de ruedas  en la arena y peor si  está húmeda.
La volví a mirar y me percaté que estaba llorando. Le ofrecí mi pañuelo color blanco con las iniciales de mi nombre y apellido.
No le dije nada , tenía temor de molestarla .
Tomó el pañuelo se secó sus pequeñas y pocas lágrimas. Me lo devolvió  con un olor a perfume muy 
 agradable.
Llegó  el amanecer, descubrí en ella un vestido blanco , con una pequeña capa del mismo tono.
Su rostro estaba natural. Continuaba de pie al lado de ella , como temeroso , sorprendido , asombrado de sentir que esa mujer era lo que yo estaba esperando y no lo sabía.
Sentí una suave mano tomar la mía y  apretarla. Respondí de igual manera.
Me volvió a mirar y descubrí que cuando sonreía, se le generaban en sus cachetes unos puntitos. Ese detalle la hacía mas bella.
Varios días repetimos los encuentros . No sé decir porqué , pero al  notarle un nuevo gesto , una nueva mirada , me enamoraba aún más.
Ayer pasamos una noche mágica . Necesito contarla , aunque también  desearía que nadie supiera lo que nos sucedió.
Estoy cansado, es tarde , me voy a acostar, mañana continuaré escribiendo. Nada quedará en el olvido. Por ella y por mí ,necesito escribir los detalles de este amor sorpresa, misterioso . Mañana después de verla lo he de continuar. "

A fines de Noviembre de 1982, se había desatado un terrible tornado  , desde Montevideo hasta el arroyo Solís.
Se desplomaron casas en construcción , cayeron postes de luz, automóviles andando por la ruta Interbalnaria fueron desplazados a unos cuantos metros.
Los diarios uruguayos , destacaron el hallazgo en la Playa Brava de Atlántida, una silla de ruedas y los cuerpos vestidos de un hombre y una mujer abandonados en la arena , tomados de la mano.

15 DE JULIO DE 2014
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