Capítulo 3
Hacía un mes y medio que habían salido de Almería, cuando pasaron por el Estrecho de Magallanes, al sur de Argentina. Todos, a bordo, tenían miedo. Los tripulantes bastante calmos, trataban de infundirles seguridad. Con modales toscos les pedían que se quedaran dentro, que se tomasen de algún barandal o de las cuchetas. Eugenia tuvo temor, se sentó en el lugar donde dormía asida a una pata del camastro y abrazó con fuerza a sus hermanos menores. Junto a esa tensión angustiosa, se sumaban los ruidos, los grandes movimientos y los quejidos de la madera. Por fin oyó que los tripulantes reían y hablaban con cierto alivio, lo que le dio la sensación de que había terminado la zozobra. Finalmente, después de unos días, arribaron a Chile, en la Región de O’Higgins. Presurosos, no por conocer el lugar, sino por salir del barco, subieron a cubierta con todas sus pertenencias. Se sorprendieron al ver inmigrantes que, desde tierra, les gritaban:
- ¡Volveos, no os quedéis aquí!
- ¡No sabéis lo que os espera!
- ¡No seáis tontos, volveos a España!
Qué habría dado Eugenia a cambio de que su padre les hubiera hecho caso. Prefería desandar el viaje de inmediato, por penoso que esto resultase, a establecerse en otra tierra que no fuera la suya. En cambio, debieron soportar diez días en la Casa de Migración esperando algún vapor que los llevara a la Región de Coquimbo.
Con los años, al recordar la anécdota de los quejosos del puerto, la joven se preguntaba cuál habría sido la causa más dolorosa de cada uno de los desterrados para que gritaran de esa forma. Le hubiera gustado saber cómo habrían resuelto sus vidas. De haber vuelto a España, la pobreza y luego la guerra, los habría arruinado y de haber permanecido allí, tal vez, sus destinos no hubiesen sido mejores. De todos modos, siempre prefirió imaginárselos en su tierra, para bien o para mal, pero en su tierra.
Del libro El destierro de la Reina-Ediciones Corregidor
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