¿CORTAR EL NUDO O DESATARLO?
Compleja decisión el título, pero a los diecisiete años uno no sufre demasiado o quizás no tiene tantos miramientos para tomar una determinación.
Pero claro. Depende del tema, de los involucrados, de lo que se gana o se pierde, de las varias circunstancias que rodean ir hacia el sur o hacia el norte.
No recuerdo hoy el nombre de la casi niña pero sí que el caso fue muy difícil.
La había conocido tomando sol en la pileta. Los anteojos oscuros le daban un aura de misterio y si le sumamos el libro “El segundo sexo”, de Simone de Beauvier, apoyado sobre sus contorneados muslos, el contexto se hacía más interesante. Mirada va, mirada viene, al rato estábamos tomando un refresco en la confitería del club.
Me encandiló, pero sospechaba que no era atracción amorosa. Primero, porque no era un sentimiento que yo conociera demasiado, segundo, porque mientras conversábamos animadamente sobre su actividad de patinadora de pista, mis pensamientos volaban hacia otros intereses menos románticos y tercero, craso error, por lo imbécil del pensamiento, me parecía que era mucho más bajita que yo.
Sin embargo salimos durante unos dos meses hasta que llegó la primer noche de carnaval. Ella se apareció con un vestido acampanado, y una cinta en el pelo que la hacían muy mona. Medio que me estaba conquistando. Sonreía con mucha felicidad. Bailamos hasta la medianoche, cuando la madre dijo que era hora de volverse a Bella Vista. Quedamos en vernos al otro día. Podía haberme ido a casa, pero me quedé un rato más.
Desastrosa elección.
Sentada en la primera fila de mesas que rodeaban la pista había una marinerita que me entró por los ojos. Fue una sola cabeceada y ya estábamos bailando como si nos conociéramos de toda la vida. Me envolvió con su rostro angelical y su conversación ilustrada. Cuando anunciaron que terminaba el baile, no perdí el tiempo y le dije que quería encontrarla al otro día en un lugar bailable más cercano a su casa.
Esa noche no pude dormir. La marinerita me había enamorado o me parecía, por lo tonto que me sentía. Pero… ¿qué hacía con la patinadora que me esperaba al otro día? Era cuestión de cortar el nudo de golpe o ir desatándolo de a poco. Pero eso implicaba convivir un tiempo con ambas. Y no era mi estilo.
Así que preparé un buen argumento para la segunda noche de Momo. Había que cortar el nudo de golpe para que ella no sufriera porque no se lo merecía.
La esperé en la entrada, la invité a tomar un helado y saqué la conversación. Que en estos dos meses nos habíamos conocido bastante, que había sido una linda convivencia, pero que no sentía lo suficiente por ella como infería que ella sentía por mí. Y que no era justo continuar la relación. Se puso a llorar. No sabía dónde meterme. Nunca me había ocurrido. No me hizo ningún reproche. Admiré su templanza. Me dio un beso y se volvió a Bella Vista. No quise mirar hacia la mesa donde estaba la madre.
Me fui hasta el salón donde suponía me esperaba la marinerita. Allí estaba, radiante como la noche anterior. Me sentí orgulloso de mi decisión. Hasta que me di cuenta que no paraba de bailar con un petiso pintón que la amarraba fuertemente de la cintura, mientras ella cada tanto le daba besos en la frente.
Creo que no entendí bien la historia de Alejandro Magno y su nudo gordiano y por esa razón me quedé sin el pan y sin la torta.

No hay comentarios:
Publicar un comentario