domingo, 17 de octubre de 2010

Rosa Esther Moro-Comentario de libro-Buenos Aires, Argentina/Octubre de 2010


                                                EL ÚLTIMO ENCUENTRO
                                                     SÁNDOR  MÁRAI
1900                                                                               1989

Considerado uno de los escritores más excepcionales de habla húngara,  es rescatado en la actualidad después de ser prohibido por el régimen soviético y quedar en el olvido
Narrador, poeta, dramaturgo y periodista, abandona su país definitivamente en 1948, por disidencias con el régimen.  Vivió en distintos países de Europa, hasta nacionalizarse estadounidense en 1952.
“Tal vez la única obligación de mi vida y de mi trabajo, como escritor, sea el elaborar el proceso de desintegración del mundo al que pertenezco” dijo refiriéndose a la desintegración de la clase media húngara, a la que pertenecía.
“El último encuentro” nos habla de la  amistad, la espera de toda una vida y un reencuentro final. Se sumerge en verdades de fondo de la vida humana. Ronda la nostalgia de un mundo perdido con el advenimiento de los años; espera y silencio que duran décadas; secretos, amores y venganzas que toman  vidas enteras.
Ahonda en los abismos del vivir, en el misterioso ser que nos habita.
Es una novela de prosa que engancha, de una intensidad que se desarrolla hasta el final.
Sándor Márai  se quita la vida en 1989, poco antes de la caída del muro de Berlín.
Su obra es extensa, entre los más reconocidos se encuentran: “La hermana”, que también tuve el gusto de leer y que nos dice del  misterioso vínculo de la vida y la muerte, “Tierra, Tierra” novela autobiográfica” la “Mujer Justa “,” La herencia de Eszther” son algunos de los títulos de su prolífica obra

Teódulo López Melendez-Caracas, Venezuela/Octubre de 2010

PRÓLOGO  de Teódulo López Meléndez para el poemario inédito en soporte papel “Habría de abrir” de Rolando Revagliatti, en el que cuenta con dos ediciones-e disponibles gratuitamente en http://www.revagliatti.net




El condicional abriendo


          ¿Dónde anda la memoria de Rolando Revagliatti? ¿Acaso internada en los esquemas del latín clásico y haciendo una transferencia en el español medieval para llegarnos hasta ahora, a la reconstrucción de la lengua española en unos versos de penetración del infinito? Abre en variedad morfémica invitando al desastre que posteriormente describe. ¿Acaso esa memoria estaba interceptada por Berceo? ¿Tomó versos alejandrinos para diluir prótasis y apódosis? Pero no, el condicional no está después, está al inicio. Luego no hace sino confirmar. Podemos divagar sobre las relaciones temporales de los verbos con la realidad exterior del discurso y abandonar la morfología allí, en el pasado de las lecturas.

          ¿Lo que va detrás y lo que va delante? ¿O debemos detenernos en la relación de los condicionales con las causales? No hay otro uso condicional – digo ahora- en el resto del texto. “Habría” muestra en el poema inicial la presencia simple de una posibilidad frente a la cual el poeta parece soberano. Si realmente lo intenta no estaría mostrando una voluntad pues lo haría “como quien no quiere”, más bien “como quien detesta”. Es más, si la apertura se produce, lo que realmente sucede, como lo comprobamos al ver el cúmulo de palabras que siguen a este poema y que constituyen este libro, aun ella tiene condicionamientos previos en contradicciones que –advertidos estamos- no dependen de su voluntad dado que la envoltura del acto es impremeditada y, claro está, se torna irrepudiable. La aparente contradicción se anula dado que, como queda suspendido sobre el libro, la única posibilidad es que lo que hay que abrir se abra sin abrirse.

          Ahora estamos frente a lo que se abrió sin abrirse: Frente a lo que queda el poeta reitera su combate. No acepta los calificativos externos que puedan endilgarle. Reitera su acción soberana sobre la palabra. Y advierte que tiene por hábito venir de la luz, pues a los abismos sólo a asomarse.

          Es reiterativo en Revagliatti el no asentamiento de una realidad imperturbable. La realidad –y aquí reaparece el condicional entremezclado entre una voluntad y una fuerza superior- se mueve sinuosa. Para él la palabra dedos múltiples coordinados por todos los sentidos que, de mutuo acuerdo, le encuentran el proyecto de moldeo.

          La voz del poeta sobre sí mismo implica un desleimiento, pero nadie busque en su palabra lo contrario, pues él está en otra parte que es desleimiento. El hecho inocultable de su muerte en el momento de la muerte no puede autorizarlo a hacerse realidad mortal, pues, como queda muy claro, el llegar tarde al comienzo es la obligación permanente…poesía. Reverso y anverso, traducción y traición, referencia e inferencia, persecución y quietud, repetición e innovación…palabra.

          Aún así, los poetas intentamos una y otra vez autodefinirnos y como estamos en viaje sostenido tenemos la facultad de ver las cicatrices incluso desde el anterior momento filoso de su causa y aún tenemos el espacio requerido para hacer la advertencia a los hombres que la palabra causada provino de su causa.

          La fractalidad del prisma permite la multiplicidad de visiones, hay que mirarlas todas desde la conjunción de los signos, no hay tiempo, no es menester dilapidarlo en la espera del más allá del Yo, que los hombres hagan de su supuesta eficacia la admisión de su supuesta eficacia. Frente a ella el poeta se reserva al misterio y vuelve a condicionar reservándolo a la palabra. A la opacidad del mundo opone su luz fractalizada.

          Las interrogaciones no desaparecen. El poeta vuelve sobre ellas y las sopla en la noche. Cada palabra es una hoja que cae y en los otros encuentra lo que no es, pero cuánto pesar por haberse escondido y la manera de exorcizar es reconociéndose uno de ellos, aún y a pesar de saberse otro, el diferente. Y todo poeta sabe que ha pasado. La verificación de no estar solo es quizás el primero de los naufragios. Y el balance se asoma: ha podido hacerlo sin los sentidos porque ellos fabricaron el sentido. Ha habido en el proceso un exceso de lucidez; haberla permitido, haberla dejado entrar desde los vidrios rotos en su multiplicidad atosigante ha sido una negligencia. “Que esta lucidez perezca”, dejé escrito en algún verso, pero sin ella no hubiésemos podido ser lo que estábamos condenados a ser. Uno no se entiende entendiéndose, de manera que resulta inútil explicarlo.

          Siempre creemos haberlo dicho todo ya sobre la condición humana. Empezamos muy temprano, en el origen, y desde el origen hemos caminado infinitas veces el camino. Pensamos habernos excedido y por ello estamos solos al tiempo que comprobamos nuestra pequeñez en el diagnóstico, olvidando sólo que otro relámpago nos hace ver que sobrevolamos y hemos hecho esfuerzos notables por merecernos la muerte, palabra de seis signos, una que en traducción traidora sólo significa que seguiré contando. Se contará en la nada y para ella no hay definición a no ser nada. Esto es, la luz nos hace oscuridad.

          Aturde, lo sé. Tengo con Revagliatti una diferencia: he abierto su libro abriéndolo. Lo que no sé es si he abierto. Menos si estas palabras que serán llamadas prólogo son irreversibles. Como Rolando, tengo una “pronunciada propensión al aturdimiento”.

sábado, 16 de octubre de 2010

Graciela Cutuli-Buenos Aires, Argntina/Octubre de 2010 LITERATURA INFANTIL


LA LUNITA ENAMORADA

Estaba aburrida la luna
no quería hoy trabajar
siempre colgada del cielo
“yo quiero ir a veranear”

¿Y que haremos sin la luna?
parloteaban sin parar
las estrellitas chismosas
al sol le van a contar

Y mientras tanto la luna
no dejaba de bailar
“me llevo este gorrito
y esta malla para el mar”

La sombrilla, las ojotas…
“hay qué risa que me da”
el cielo queda sin luna
¿quién hoy lo alumbrará?

Y de repente furioso
entró el sol tan enojado
que secó las margaritas
que estaban en el tejado

¿Cómo te vas sin permiso?
lunita de mil amores,
somos tan imprescindibles
¡no tenemos vacaciones!!!

La lunita muy segura,
dijo – escúcheme sol
soy una buena lunita
trabajo con devoción…

Pongo colores bonitos
en la noche, ¡si señor!
inspiro a enamorados
a que canten mi canción…

Acuno suave a los niños
todo es paz, todo es amor
y una lágrima chiquita
de la luna se cayó

Al sol se le fue el enojo
y a la lunita invito
a irse de vacaciones
en burbujas de jabón

El sol se ha enamorado
y hoy se quiere casar
con la lunita viajera
que lo supo conquistar

¿y no vieron porque llueve?
¡no se rían picarones!
es que la luna y el sol
se fueron de vacaciones

Juana Castillo Escobar-Madrid, España/Octubre de 2010

Madre

Madre,
a ti que eres capaz,
con un beso,
de curar esa herida abierta.

Madre,
a ti que, con una mirada,
conoces el dolor
que produce una llaga de amor.

Madre,
a ti que te desvelas
noches enteras
si la enfermedad se cebó en mí.

Madre,
a ti que aguardas
la llegada del hijo
con temor y esperanzas mil.

Madre,
a ti que todo lo das,
que todo lo entregas
con amor sin fin.

Madre,
este canto es hoy
por ti y para ti.


Sábado 9-V-09
Este poema forma parte del cuaderno "Poemas en Madrid - Año 2009"
y está registrado en esta capital.

Eduardo Cappellacci-Capitán Bermudez, Provincia de Santa Fé, Argentina/Octubre de 2010

Valor


He de morir de mi muerte,
de la que vivo pensando,
de la que estoy esperando
y en temor se me convierte.
Mi voz oculta me advierte
que la muerte con que muera
no puede venir de fuera,
sino que debe nacer
de la hondura de mi ser
donde crece prisionera.
Décimas a mi muerte
Elías Nandino (1900 – 1993)



Los ojos de Eduardo eran hermosamente celestes, azules, y quien se enfrentaba a ellos los descubría irradiando ternura, aprecio. Sin embargo, clavó una mirada dura, fría, lacerante en los ojos del joven médico. Esa mirada duró apenas un instante; lo suficiente para resultar perturbadora. La sonrisa que se delineó inmediatamente en la cara de Eduardo cambió la mirada que ahora es dulzona, amigable, casi paternal. El trueque no logró calmar al médico.
-¡Entré a la clínica pensando que soy inmortal y vos me decís que me estoy muriendo! –dijo Eduardo, desafiante a pesar del tono conciliador y la risa amigable con que acompañó sus palabras.
El médico rodeó el escritorio y se ubicó al lado de Eduardo. Se esforzó para contener las ganas de abrazar a ese hombre sentado displicentemente casi en medio del breve consultorio. Hacía no más de veinte minutos que estaba hablando con él; lo conocía apenas desde tres días atrás cuando trajeron a Eduardo en una ambulancia, sin poder respirar y al borde de un infarto. Muy poco tiempo y en situación de crisis. Sin embargo tenía la certeza de estar frente a un buen tipo. Apoyó filialmente su mano en la espalda de Eduardo, a modo de abrazo contenedor.
-¡No, Eduardo! ¡No! –exclamó para tranquilizar y tranquilizarse, pero sin alcanzar el objetivo de ocultar su preocupación. –¡No piense eso! Lo que quiero decir es que por ahora, ¡por-a-ho-ra!, hasta que estén los estudios, usted debe seguir su vida normalmente, tal como lo venía haciendo. Después veremos… Seguramente le vamos a indicar algo.
El joven médico, ya fogueado por varias batallas similares, sintió que sus palabras le devolvían el control de la situación. Notó (intuyó) que Eduardo, que no había perdido la sonrisa y el gesto magnánimo y afable, se aflojaba. Tranquilizado él mismo, golpeó suavemente varias veces la espalda ancha y aún firme del paciente y volvió con movimientos seguros y consistentes a su sillón. Cuando se sentó, Eduardo, irrefutablemente relajado, le dice a modo de invitación:
-Bueno, entonces…
-Entonces, por ahora, no piense en qué medicamentos deberá tomar ni en qué dieta deberá seguir.  Haga su vida normal y, ni bien tengamos los resultados de los análisis y los estudios, le llamaremos. ¡Vaya tranquilo, amigo!
Eduardo se levantó con manifiesta dificultad. Cuando se paró, alzó la cabeza y abrió la boca en busca de un poco más de oxígeno. Tendió su mano al médico que la estrechó acompañando el gesto con una sonrisa amplia y sincera. Levantó el bolso que estaba al lado de la silla que ocupaba y salió. Su andar pesado y triste, denunciaba el esfuerzo que le insumía moverse.
Cuando la puerta se cerró, el doctor se acomodó en su sillón, cruzando las piernas debajo del escritorio con sus manos entrelazadas sostuvo su cabeza por detrás. Cerró los ojos; quizá para evitar que fluyera alguna lágrima insolente, artera; quizá para comprender lo cruel que es, a veces, saber lo que otros ignoran; quizá simplemente para no pensar…


¡Cinco minutos! Volvió a mirar el reloj y verificó: solamente cinco minutos habían pasado desde que se fue Alberto. ¿Podrían ser ahora más largas las horas, más insoportable el tiempo que antes del soponcio? Ni siquiera intentó responderse la pregunta. Se levantó de su silla con cierto esfuerzo, eligió un CD que contenía tres o cuatro ‘long play’, convenientemente bajados de internet, que en los ’70 grabaran Pappo’s Blues, lo colocó en el equipo y graduó el volumen para que fuese intenso, pero no fuerte. Se volvió a sentar; esta vez optó por el viejo sillón de dos cuerpos que conservaba, íntimamente, su dignidad y prestancia a pesar de los años, del desgaste de su tapizado… Se dio cuenta que empezaba a sentirse identificado con el sillón y reaccionó sacudiéndose esos pensamientos. “Para un sillón, treinta y cinco años es una eternidad. Pero para un hombre cincuenta y cinco años es casi un comienzo”, se dijo y se aplicó a escuchar la música. Siempre lo mejor fue escuchar un buen blues; Pappo le comentaba (desde que lo descubrió, allá por sus dieciseis años, él no escuchaba a Pappo, conversaba con Pappo), le comentaba que “Algo ha cambiado dentro de mí, que alucinado quiero vivir”. La autorreferencia fue inevitable. Otra vez algo había cambiado dentro de él. Este Eduardo no era el mismo de hace cuatro días atrás. Giró su cabeza hasta verse en el manchado espejo ornado por una filigrana metálica cuyo diseño pretendía inútilmente ser una alegoría de la primavera o de alguna bucólica felicidad. Le pareció ver lo que siempre temió, lo que nunca quiso. Le pareció ver la vejez. Se sintió conmocionado. La había visto miles de veces, pero era la primera vez que se la veía puesta.
Quizá fue el blues, quizá estos primeros días de su convalecencia, quizá… Sintió frío. “Esta casa es muy fría para alguien que ha sufrido un infarto”, se dijo mientras acomodaba un par de troncos, rollizos y petisos, en el rescoldo que agonizaba en el hogar de su chimenea. Una llamita tímida comenzó a acariciar uno de los troncos. Evidentemente, el tronco cedió ante el mimo que le prodigaba el fuego y, aunque parecía que se resistía poniéndose negro y despidiendo humo, se iba consustanciando con la llama que se metía en sus leñosas carnes. Mientras se reconfortaba con el calor que, al ritmo lento y sensual del blues, despedía el hogar, Eduardo comprendió una vez más la exactitud de la comparación del amor y el fuego. Otra vez se sintió tronco. Por su cabeza empezaron a sucederse las mujeres que amó, las mujeres que amó de verdad… Tres, cuatro… no muchas; “de verdad” se ama a pocas mujeres. Una seguía a la otra sin orden y a una velocidad que no permitía distinguir sus rasgos personales, sin embargo él reconocía a cada una de ellas. Cada vez pasaban más rápido, se sucedían casi superponiéndose. Al final, algunas se fueron desvaneciendo tras las notas del solo, poderoso, reconstituyente, energético, rejuvenecedor, que Pappo interpretaba con su guitarra. Se fueron desvaneciendo hasta que, finalmente, quedaron dos… quedó una. El tronco ya casi era fuego, la guitarra de Pappo daba unas notas vibrantes, agudas, altísimas; el calor se derramaba en el ambiente mientras el blues mejoraba el aire impregnándolo de eso que tiene el blues. Eduardo recordó esos momentos en que el amor lo había convertido en blues y en fuego, confundido con ella en la pasión, donándose sus fluidos, apretándose en un mismo grito, piel con piel, corazón con corazón. Una lágrima traidora (en realidad, todas las lágrimas o son traidoras o predisponen a la traición), una lágrima traidora deschavaba su frágil fortaleza.
Lentamente se fue relajando: estiro las piernas hasta tocar la barrera que protegía el hogar, dejó caer los brazos sobre el sillón, las palmas de sus manos se abrieron expectantes, inclinó su cabeza abandonándola en el borde superior del respaldo. Cerró los ojos dejando que el blues (uno nuevo, el mismo de siempre, el único) lo acaricie. Comenzó a recordar su vida, al modo del avance de una película de acción. Las escenas se sucedían sin solución de continuidad. Su niñez y su difícil adolescencia; su madre diciendo que él no podría aprender a tocar la guitara; su autoestima lacerada; su hermana confidente y cercana, su hermana distante y huraña, su hermana siempre amada; su perenne soledad; sus amigos y los buenos momentos… Y su hija… Su orgullo, su amor más intenso. “¿Habré sido un buen padre?”. La pregunta irrumpió en el preciso silencio en que un blues ha terminado y el siguiente no comenzó. La única pregunta para la que no tenía respuesta. La única pregunta que no se animaba a hacerle a los demás por miedo a una respuesta indeseada. La presencia amorosa de su hija a su lado era suficiente respuesta; él lo sabía. Pero había sido tanta la responsabilidad, tanto el dolor, tanto el compromiso, tan grande el abandono… que prefería inventarse una duda a reconocerse no sólo como un buen padre, sino como un gran padre. Preferencia que todo padre, seguramente, comparte.
El sol se había escondido totalmente y el frío se acentuaba. Se puso un abrigo y se preocupó nuevamente: la breve caminata hasta su dormitorio y el regreso al sillón lo habían agitado. El temor al ahogo, a la falta de aire, se reinauguró. Esperaría a su hija para cenar. Cerró los ojos y, lentamente, se durmió al calor del fuego y al arrullo del blues.
Quizá había vivido demasiado estos cincuenta y cinco años y por eso la vida le tenía preparado un final cercano (ese que el médico conocía). Como todos, nunca había podido leer su propia vida. Ni siquiera los especialistas en leer la vida de los demás pueden interpretar la propia. Por eso el miedo a no haber vivido lo suficiente, por eso la angustia de no haber “cumplido” las propias expectativas.
Sin embargo, Eduardo puede dormir tranquilo y esperar el final (sabiendo, sin saber, que está por llegar): su vida la vivió con valor. No con intrepidez ni heroísmo, no con aventuras, ni con grandezas. La vivió con valor, viviéndola. Aún en medio de muchas cobardías y renuncias, sobresalió el valor. Vivió la única vida posible, la que nos deja el sabor amargo de las insatisfacciones aplacando la dulzura de los deseos satisfechos. Una vida donde contabilizamos complacencias y desaires de modo caprichosamente dispar; una vida en la que el balance es imposible. Nunca sabemos a ciencia cierta si el haber supera al debe o al revés. Hacer el balance de nuestra vida significaría cancelar nuestra vida. Si vivimos, el resultado queda siempre pendiente para mañana si creemos que el mañana es posible. La llamada recibida a la tarde, la llamada de Patricia le “iluminó el día”, como él mismo le dijo al agradecerle la conversación. ¿Dónde registrar a Patricia? En la columna del haber, porque le llenaba de esperanzas y le hacía sentir que aún se podía. O en la columna del debe porque sabía que ella nunca se animaría a romper las cadenas que la sujetaban.
No hay balance posible en la vida. Solamente un resultado: soy feliz o no soy feliz. Y aún este resultado es efímero, provisorio, sedativo…
Eduardo puede dormir tranquilo. Nunca tendrá respuesta a esa pregunta, nunca sabrá si fue un buen padre. Esa respuesta no existe. Simplemente vivió; cuando las circunstancias lo conminaron, puso el pecho y vivió lo mejor que pudo. Eduardo puede dormir tranquilo. Nosotros también. No importa cuánto, sino cómo. No importa cuánto ni qué se vive, importa que se viva con valor.

Trinidad Aparicio-Barcelona, España/Octubre de 2010

 
 
Sátira de un testamento



A esta altura de mi vida y previniendo una sorpresiva visita de “La Dama vestida de negro”, he decidido hacer mi alegato literario.



Por lógica, no debería hacer distinción en ninguno de mis cuatro hijos. Sin embargo, ni el “Fili” ni el “Fede”, en ningún momento han demostrado el más mínimo interés en leer algo de lo por mí publicado. Por el contrario, con sus latosos estruendos a los que ellos llaman música, lograron en infinidad de ocasiones truncar la inspiración, perturbar mi tranquilidad y terminar con mi paciencia.



Por el contrario la “Filo” y la “Facu”, han sido siempre fervientes admiradoras de su “viejo”. Se regocijaron con un libro de varias ediciones y deploraron los libros de escasa tirada.



Razono y pregunto: ¿en este caso, no sería ilógico aplicar la lógica?



Por tal motivo, yo, Florentino Fontfreda, sin presión de clase alguna, teniendo plena conciencia de mis actos, he decido hacer testamento y legar en presencia del honorable testamentario Sr. Floripondio Furné, mi obra literaria tal como a continuación expreso.



Va para mis hijos, Filiberto y Federico Fontfreda, todo el cariño que por ellos siento. Si algún día llegan a sentir interés en conocer lo escrito por su padre, sabrán dónde encontrar el libro del tema que más les guste, ya sea obra teatral, novela, cuento, poesía, ensayos o biografías.



A mis hijas Filomena y Facunda Fontfreda, cedo los derechos de autor de todas mis obras comprendidas antes de serme otorgado el premio de literatura. Premio que con mucho orgullo recibí de manos del príncipe que nunca existió.



A partir de esa fecha, todos los beneficios por haber, los dono a la “Biblioteca de Analfabetos”.



Cuándo la “Dama” llegue, quisiera llevar conmigo las obras que muy probable queden incompletas. Quizás pueda terminarlas dónde fuera que me lleve.



Firmado: Florentino Fontfreda.



Fidel Alcántara Lévano(Poema)-Perú/Octubre de 2010

EL ALBOR DE MI HORIZONTE

En la noche de mis sueños
De penumbra infinita
La luz de tu mirada
Al ser fuego celestial
Es un prístino horizonte
Con aromas de flor
Y tu brillo del alma
Ilumina hasta el silencio
De los agrestes caminos
De sombras eternas
Y al ser parte de mi faz
Se prende mi aureola
Y se va la oscuridad
Con tan solo abrir los ojos
Y transito sin grilletes
Pintando mi libertad
En el lienzo de la tarde
Con el pincel del tiempo
Al amparo sutil
Del sol de cada día.

Delfina Acosta-Paraguay/Octubre de 2010

Del libro El Club de los Melancólicos, editado por Servilibro.

La señorita Sara Arzamendia era una escritora que tenía su tiempo arreglado. Se levantaba cuando el olor de su patio cubierto por enredaderas, aloes, helechos y flores de las más diversas especies, se hacía fuerte y le provocaba estornudos.   
   
Los abejorros venían a estrellarse, en esos momentos, contra su ventanal de vidrio.   

Después de cepillarse los dientes, peinar su cabellera oscura y con relucientes canas, y desayunar una taza de leche con café y pan untado con dulce de membrillo, se dirigía al depósito donde dormía su perro, para llevarlo al patio delantero.   

Luego se sentaba a escribir. Esa mañana de sol casi rojizo (había pasado un mes y medio sin llover), se le escurrían las ideas de las manos blancas y venosas:   

Manuel Franco era un joven de veinte años, que se dedicaba a la apicultura, practicaba natación, y no era de salir.   
  
Por eso, porque no era de salir, la vez que decidió ir a escuchar la charla del profesor Sun Shaomou sobre fenómenos paranormales (la cátedra correspondía al salón 4 del edificio “Alta Torre”), esperaba pasar un momento que no sabía cómo definir.   
  
El disertante en cuestión era un chino de edad escondida.    Vestía un traje negro y una corbata riesgosamente colorida para la ocasión.   
  
Al cabo de un buen rato de la exposición versada sobre la compatibilidad de la luna con las ideas criminales, Manuel levantó la mano y dijo las vaguedades propias que se dicen en circunstancias donde la realidad desaparece y las especulaciones y las ironías son las cartas con las que se juega. Espantó una mosca que le causaba molestia y se quedó aguardando una respuesta.   

—¿El señorito podría pasar en limpio la pregunta? El señorito parece que leyó mucho a Sigmund Freud —contestó y refugió su rostro amarillo en una sonrisa burlona y muy china.   

La mosca se había posado sobre la mesa de ébano donde estaban el vaso y la jarra de agua de Sun Shaomou.   

Una joven rubia, con cutis de cristal, que entró con la respiración acelerada al recinto y se sentó a su lado, le salvó de levantarse y darle un plantón al disertante, pues le pareció muy feo que se pasara de mambo.   

La recién llegada tomaba con rapidez anotaciones en un cuaderno. De vez en cuando se llevaba la mano a la boca, sorprendida con los ejemplos de las extrañas circunstancias que el oriental contaba, y él, que ya la había descubierto entre el gentío, se embarcaba —ahora— con pasión en lenguas raras. Luego, acercándose a ella como quien invita a bailar, le preguntó qué situación (concretamente) extraña le había pasado alguna vez.   

La chica se levantó, se vació en un largo suspiro, y dejó constancia con una sonrisa atenta y amable de que no tenía nada que valiera la pena contar.   

Esa respuesta no bajó el entusiasmo del chino, que a partir de entonces parecía reflexionar y hablar expresamente para un grupo de cuatro señoras (tres de ellas excedidas de peso) sentadas en la primera fila. Las damas también hacían anotaciones marcadas por el pulso de la ansiedad (los detalles eran tan infrecuentes). Escuchaban al mensajero asintiendo a menudo con la cabeza. Parecían convencidas de que el oriental las llevaría por un camino azulado, y que de un momento a otro el corazón se les paralizaría con la revelación, la confesión prima, el eje del misterio salido a la luz para la salvación humana. Como a las diez de la noche terminó el acto.   

Manuel, ya en la calle, se acercó a la joven rubia. Ella estaba llena todavía de aquel clima extraño e hipnótico que había vagado como una mariposa nocturna por el recinto.   

Le propuso caminar un rato. Y la mujer le contó que se llamaba Rita, que creía en esas cosas desde chica, aunque jamás le había ocurrido nada de nada. Y era su voz dulce, y sus palabras caían cuidadosas y lentas en esa noche calurosa. Un perfume de gipsófilas la envolvía silenciosamente.   

Manuel notaba que ella buscaba sus ojos. Se los dio enteramente. Y ambos se entregaron al placer simple y volátil de la conversación que se genera con espontaneidad entre los recién conocidos.   

Fueron a buscar un bar pues deseaban tomar gaseosas, y también porque no querían que aquella noche, tan necesitada de cigarrillos y de Coca Cola, terminara así, sin olor ni color.   

Se metieron en un barcito llamado “La Posta”.   

La mujer le dijo que estudiaba Literatura y Letras y que admiraba a Albert Camus. Le citó otros nombres: Julio Cortázar, Mario Benedetti y Franz Kafka.   

—Mario Benedetti tiene el valor de escribir cosas sencillas, mérito no encontrado en Julio Cortázar, que es magistral, pero a quien hay que leerlo más de una vez para entender hacia dónde apuntan sus crímenes —dijo, y trazó un círculo con el dedo índice sobre la mesa.   

Mientras ella hablaba, y sorbía con una paja la gaseosa, Manuel rogaba por dentro que siguiera hablando, que siguiera contando las cosas que contaba, así, como una mujer que lo quería seducir con su porte intelectual (pilló su juego); que hablara, hablara, hablara, y dijera la tabla del siete si ya no le venía nada a la mente. Aquella voz suya era como un hueco rellenado con luz propia.   

Le preguntó dónde vivía. Y ella le dijo que a una cuadra de la vieja fábrica de botellas. Y que su casa tenía una muralla de color terracota con el número 954.   

Se despidieron con un intento de beso en la boca.   

Durante tres días Manuel se pasó dale que dale, pensando. ¿Debía ir o no a verla? Su corazón le decía que sí. Pero temía. Apenas la conocía y ya la extrañaba ferozmente.   

Aquella tarde de sábado con llovizna, mientras escuchaba la voz de Charles Aznavour, algo dentro de él se rajó. La viscosidad de la sangre, ese derramamiento apasionado, sin pausa, sin límites, lo llevaron a fumar.   

Apagó el tocadiscos y se lanzó a la calle.   

El ómnibus lo dejó a dos cuadras de la casa de Rita.   

Caminó. Allí estaba el número 954. Y también el timbre. Tocó y apareció en la puerta un señor sin camisa, con el pantalón manchado con cal, y nervioso. Tosía mientras daba consejos a la gente de adentro.   

Cuando le preguntó por Rita le miró extrañado.   

—Aquí no vive ninguna Rita —fueron sus palabras.   

Entonces Manuel se enojó, y le dijo que no podía ser, que él era solamente un amigo de su “hija” y no tenía intención alguna de molestar.   

—¿Dice usted, mi “hija”?   
—¿Pues qué cosa viene a ser de ella, si se puede saber? ¿Acaso el abuelo?   
Entonces el señor se enojó de veras, y le avisó, con el rostro enrojecido, que no estaba para bromas, y que lo mejor era que se marchara en el instante porque en caso contrario llamaría a la Policía.   

En ese punto, Sara Arzamendia se quedó pensando. Apoyó la cabeza sobre el respaldo sedoso del sofá. No sabía por dónde continuar el relato. Y hacía tanto calor. Y el sudor picaba en el cuerpo.   

Le pasaba que cuando no sabía cómo acabar o seguir un cuento, iba a encontrarse con su amiga Amparo Méndez, y ella le daba la medicina literaria adecuada para salir del aprieto.   

Un ave muerta era devorada por las hormigas en el patio.   

Llamó a Amparo y le propuso un encuentro a las cinco, en el bar de siempre.   

Derramó una jarra de agua sobre su perro, que huía del calor, con la lengua afuera, hacia cualquier sitio.   

A la cinco menos cuarto, Sara se dirigió a la calle. Un repentino temor (o casi pánico) de que por esta vez su amiga no pudiera ayudarla, la distrajo, la apartó un momento del mundo, del lejano ladrido de los perros, de la realidad del calor sofocante y espeso.   


No vio la camioneta azul que apareció de improviso y la embistió.   

Después de un tiempo, alrededor de su cadáver, se fue juntando lenta, ceremoniosamente, la gente...   

*Cuento incluido en El club de los melancólicos, editado por Servilibro.