viernes, 16 de junio de 2023

Miriam Brandan-Estados Unidos/Junio 2023


 

Hace algún tiempo, mientras caminaba por un bosque encantado disfrutando de la paz y la belleza que la naturaleza nos ofrece… me perdí.

Empezaba a oscurecer, cuando vi a lo lejos un enorme castillo, y hacia allí me dirigí con pasos vacilantes.

La silueta del castillo era intimidante, oscura y envuelta en lo que me pareció una perpetua niebla.

No teniendo otra alternativa, me acerqué llena de temor y llamé a la gigantesca puerta… pero nadie atendió.

La noche extendía sus brazos negros a mi alrededor y tuve miedo…

Comencé a rodear las enormes murallas y descubrí una puerta pequeña que se encontraba abierta y… entré.

Me encontraba en un oscuro pasadizo, apenas iluminado por la moribunda llama de una antorcha, cuando vi una señal que decía:

“Hacia la biblioteca de La Bestia”

No podía distinguir el camino, y me puse la mano sobre los ojos para poder atisbar en la oscuridad.

Si, había un largo pasadizo… y lo seguí.

Grande fue mi sorpresa, cuando al llegar al final, empujé una puerta solitaria y me encontré en una biblioteca digna de un cuento de hadas.

Corrí hacia un enorme escritorio y abrí un libro que en él se encontraba… una luz cegadora comenzó a emanar de entre sus páginas y llenó todo el lugar…

De repente oí pasos acercándose por el corredor, y un hombre vestido de negro me preguntó con voz de trueno “¿Qué haces en mi castillo, y sin haber sido invitada?” Con la voz entrecortada le conté que estaba perdida y pedí perdón por mi intromisión.

El dueño de la colosal biblioteca se quedó mirándome y unos momentos después me preguntó “¿Te gusta leer? Porque a mí no me gusta, pero puedes leérme las historias que se esconden en estos libros y serán todos tuyos, si quieres”

Le respondí que SI, que me quedaría con él hasta que terminara de leerle todos los libros que se encontraban en los infinitos estantes.

Por supuesto que terminé enamorándome del dueño del castillo, y él de mí.

¿Qué más puedo decir? La cantidad de libros era incontable , de modo que juntos… fuimos felices para siempre.

Les dije… leer es mágico.

 

Las imágenes fueron enviadas por la escritora y tomadas por ella

Nilda Bernárdez-Argentina/Junio 2023

Imagen creada con IA

El clavel moreno

 

Cada tarde cuando la señora Inés recibe a sus amigas, es una fiesta para Manuela, porque entonces doña Ramonita la mucama general, le confía una tarea nueva. Ella se ha empeñado en hacer de la niña la más eficiente de las servidoras que haya tenido la casa.

Hoy, por ejemplo, la ha mandado a recorrer el jardín eligiendo los mejores claveles para adornar la mesa del comedor. De regreso la niña va a la cocina abrazada al ramo a buscar la aprobación de doña Ramonita.

Tú eres un clavel moreno más bello que todos estos, mi niña. Brillan los ojos de Manuela y atenta, siguiendo las indicaciones de la mujer, acomoda las flores alternándolas con helechos en un centro de porcelana.

Ayuda a colocar el mantel y cuando Ramonita ubica el arreglo en el centro de la mesa, palmotea sorprendida por el resultado de su trabajo.

Mientras   repasan con gran cuidado las piezas de juego de té, conversan animadamente.

Hoy también vendrá la señora Ema. El rostro de Manuela se ensombrece.

La señora Ema es la madre Inés de Zubeldía, la dueña de casa, ella siempre se opuso a que Manuela se quedara allí aprendiendo “el oficio de servir”, como decía con un dejo despectivo. No aprobaba que su nieta de la misma edad tuviera que alternar con esa negrita campesina.

En realidad había notado que su nieta nunca podría competir en simpatía ni lucidez con Manuela. María de las Gracias es caprichosa y antipática con todo el mundo, en especial con el personal de servicio. Las hijas de las amigas de su madre la consideran insoportable aunque por educación y mucho por conveniencia, secundan en sus juegos a la heredera de la familia más adinerada de la región.

Sabiendo que la abuela está de su parte se pasa la mañana ordenando argumentos para exponerle tratando de dar un corte definitivo a esa presencia en su casa. Está dispuesta a que esta sea la última tarde en la que tendrá que oír a las señoras que toman el té con su madre, elogiarla, por su diligencia, su compostura y todas esas estupideces que le ven a esa poquita cosa.

Al pasar por la cocina ve a doña Ramonita indicándole cómo entrará en la sala llevando dos azucareras de plata acompañándola a ella cuando llevará el té a las señoras. Finge elegir una manzana de la frutera mientras espera el momento preciso. Ramonita y Manuela dejan todo listo en la mesa y se van a cambiar sus delantales por los blanquísimos y almidonados con los que aparecen ante las visitas, entonces rápidamente troca el contenido de las azucareras por iguales volúmenes de arena, dejando luego todo en su lugar. Corre al comedor a recibir a las amigas de su mamá esta vez con una amabilidad y dulzura, desacostumbradas.

Llegado el momento, a una orden de la anfitriona entra doña Ramonita con la tetera humeante seguida por Manuela portando en una bandeja las dos azucareras de plata que dispone en lugares precisos, sobre la mesa ovalada.

María de las Gracias le observa atenta cada movimiento, la abuela Ema también la sigue con la mirada buscando algún detalle para descargar su crítica.

Todo transcurre con la acostumbrada normalidad hasta que llega el momento de usar las azucareras. María de las Gracias aguza su atención paladeando de antemano el momento del impacto previsto. Observa particularmente el rostro de la abuela. Justamente en el momento en el que le ceden la respetuosa prioridad en el uso del azúcar, a ella se le corta la respiración por el suspenso.

Pero ente su asombro, el conocido ritual continúa sin tropiezos. Rabiosa ante la frustración, incrédula ante lo que está viendo, le arrebata una de las azucareras a la señora que tenía más cerca y con ojos desorbitados comprueba que dentro hay... ¡azúcar!

La crisis intempestiva de María de las Gracias no alteró el plácido transcurrir de una tarde de té entre amigas.

Manuela mira sonriente a Ramonita como diciendo Tenías razón, siempre hay que echar un vistazo a todo a último momento, para evitar complicaciones.

 

 


 

Jorge Baudes-Argentina/Junio 2023

Imagen creada con IA

 

Decadencia
 
 
Alisó su falda tratando en forma infructuosa que la misma se aproximara a sus rodillas desnudas. Ajustó la remera a su prominente talle para poner en valor lo que había invertido en el cirujano plástico. Su pelo lacio, de un profundo negro azabache apenas disimulado detrás de la tintura dejaba entrever una presunta juventud que la había abandonado tiempo atrás sin haberla noticiado.

 

Salió a la calle y detuvo a un taxi. Bajó a media cuadra antes de la arribar a la entrada de la disco. camino bamboleando su cintura tratando de despertar lujuriosas miradas de aquellos que mataban el tiempo arrojando volutas de humo en medio de la noche dibujando anillos en el aire espeso en un breve compás de espera hasta que el ambiente del Night club tomara temperatura.

Selva sentía una soledad que la apretaba. Las paredes de su pent-house la habían hecho prisionera y cada noche sus sábanas la aprisionaban como una mortaja, Y solo la bebida y sus pastillas lograban vencerla y entregarla a un profundo sueño, cómo si hubiera caído desmayada.

 

La barra tenía un taburete desocupado. trepó al mismo con gracia y pidió un Martini mientras cruzo sus piernas con descuido para dejar entrever sus intenciones.

 

Una copa de cristal chocó con la suya provocando que elevara su mirada.

_ Me llamó Juan y vos?

_ Selva.

_ Selva a secas?

_ Y, depende quien lo pregunte y para que desea saberlo

_ Es que, la música me aturde y …una charla más placentera podríamos tenerla en un ambiente más sosegado, más tranquilo.

_ Y donde queda ese lugar tan enigmático y atrapante?

_ en la butaca posterior de mi … bueno, a secas…depende quien lo pregunte y para que quiere saberlo.

_ Ja, ja. bueno si querés conocer qué hay más allá de Selva tendrás que mostrarme qué hay más allá de la butaca posterior de tu…

 

La estridencia de la música y los hedores de las bebidas blancas se llevaron la noche por delante dejando sus huellas en adormilados parroquianos deambulando las veredas del barrio compartiendo entre ellos lujuriosas charlas sobre sus hazañas de conquistas.

                   

Un cuerpo inerte interrumpió sus pasos. Su rostro, ensangrentado mostraba huellas de una desigual contienda. su ropa ajada dejaba traslucir la vehemencia de la agresión sexual que había sufrido.

_ Despejen, despejen, clamó el oficial quien advertido por los curiosos transeúntes se aproximó a la víctima. Cubriendo la desnudez de la joven con su chaqueta. Un bolso de mano con tachas doradas podría ser el portador de su identidad. estaba vacío. solo en su interior una tarjeta con un saludo de cumpleaños que irónicamente decía: “Felices 50 querida Selva” …