martes, 21 de febrero de 2017

Javier Claure-Suecia/Febrero de 2017

Foto: Javier Claure



                                                         Palabras con aroma a café
                                                             
Es un día cualquiera de invierno. Afuera hace un frío del diablo, y el aire se siente como puñaladas en el rostro. Aún no son las cuatro de la tarde y está oscuro. Me encuentro en la cafetería de la Casa de la Cultura, en el segundo piso, en el corazón de Estocolmo. En realidad, no es una cafetería en el sentido estricto de la palabra porque además de ofrecer al público café, té, pasteles, tortas, jugos y postres; uno puede pedir también pastas ligeras, una sopa caliente, emparedados, vino y cerveza. Día tras día llega la gente a este lugar para beber o comer algo. También, como suele ser toda cafetería, es un punto de encuentro. Ese es mi caso. Vine aquí para encontrarme con Selamawit, una guapa eritreana  que la conozco desde hace varios años. Me llamó por teléfono, hace unos diez minutos, para comunicarme que lamentablemente no podía acudir a nuestra cita. Es enfermera y tiene que trabajar algunas horas extras. Las trabajadoras y los trabajadores de la salud están cada vez más insatisfechos por la cantidad de trabajo que pesa en sus hombros. Además, el sueldo que reciben no siempre es bien compensado. Según algunas estadísticas, la cantidad de enfermeros y enfermeras, que están a disposición, no es suficiente para cubrir las necesidades de hoy y del futuro. Me atrevo a decir que es un fenómeno a nivel mundial.

De todas maneras, pedí un café caliente con leche y un “wienerbröd”, un pastel de mil hojas con una crema en el centro. Me acomodé en una mesa pequeña, para dos personas, junto a una enorme ventana. Esto significa que tengo un hermoso panorama. A mi derecha hay varias mesas con manteles azules. Y más al fondo están los ascensores y unos cuadros que lucen como propaganda para las obras del “Stadsteater” (Teatro de la ciudad) que se encuentra un piso más abajo. Desde donde estoy sentado observo lo que comúnmente se llama “plattan”, un lugar en donde  a veces se hacen actos culturales, políticos, manifestaciones; pero al mismo tiempo es un lugar sospechoso porque pululan algunas personas del submundo. Y no es nada raro ver uno que otro coche policial aparcado en este sector. El piso es de baldosas blancas y negras. Desde arriba se ve como un tablero de ajedrez, pero en lugar de cuadrados hay triángulos. El tráfico está relativamente tranquilo, pues será porque están refaccionando las calles por esta zona. De pronto vi pasar un bus de dos pisos. En un lado decía: “Stockholm sightseeing”. Me imagino que, en este mes de diciembre, llegaron algunos turistas por estos lares. O quizá sean los galardonados con el Premio Nobel, y sus respectivas familias, que quieren ver Estocolmo “casi by night”.
Desde este lugar privilegiado observo a la gente que camina bien abrigada y con bolsas. Otros caminan escribiendo algún mensaje en su celular. Da la impresión que andan como sonámbulos, y que en cualquier momento pueden chocar con algo. A lo lejos diviso a un mendigo, uno de esos que han invadido Estocolmo. Está sentado envuelto con una manta que le cubre casi toda su cara. La cabeza la tiene un poco inclinada hacia abajo, las manos juntas frente a su corazón como si estuviera, en un templo, rezando a Cristo.
La torre de vidrio que normalmente suele estar iluminada, en estas épocas, pues ahora está muerta; rodeada con una lona en donde hay la siguiente escritura: 60000 prismas de vidrio, 16 toneladas de peso y construida hace 50 años. Y más al fondo se puede contemplar edificios bien iluminados, creo que son oficinas. Al costado derecho se ven letreros de tiendas comerciales como Mango, UR & Pen, Lindex, H & M etc.
En medio de la gente veo entrar a una señora alta con un maletín de cuero y un abrigo de piel, de esos que se venden en las tiendas de segunda mano. Camina sin observar el mostrador donde están los alimentos y bebidas; y se instala en una mesa, para dos personas, muy cerca de la mía. Se quita el abrigo, luce un jersey verde claro y un collar de oro que da brillo en su pecho. Saca un espejo de su bolsillo, lo coloca delante de su rostro, se pinta los ojos con un lápiz negro. Y se mira varias veces moviendo el espejo de izquierda a derecha como diciendo: espejito, espejito dime quién es la más bella en esta tarde. Luego extrae un pequeño ordenador de su maletín y lo enciende. Está un poco impaciente, mira alrededor una y otra vez. Supongo que no se ha dado cuenta que la estoy observando minuciosamente. De repente levanta la mano como señal de salutación, y otra mujer viene a su encuentro con una sonrisa en los labios. Piden algo para tomar y empiezan  a conversar. Una de ellas habla gesticulando con las manos, mientras la otra escucha escribiendo en el ordenador. En otra mesa hay un anciano agarrando una taza, varios minutos, cerca de su boca. Parece una estatua. Ese anciano, un día fue joven; quizá con muchos sueños, ilusiones y proyectos.
La tarde va cayendo entre la oscuridad. En el cristal de la ventana resbalan los copos de nieve, como el tiempo en la memoria colectiva. Me levanto de la silla, camino hacia las escaleras mecánicas. Y me doy cuenta que la sombra de mis pasos andan por mi delante.