martes, 21 de febrero de 2017

Susana Osti/Febrero de 2017



FRENO A TIEMPO

     Iba por la autopista rumbo al aeropuerto, pensando en los sucesos ocurridos los días previos al viaje.
     Había discutido con su novio, no podía entender que dejara un puesto seguro por una ilusión que, según él,  podía llevarla al fracaso. Ella quería cumplir un proyecto que hacía mucho tiempo tenía en su cabeza y este era el momento de cumplirlo, era joven, no tenía un matrimonio ni hijos y el trabajo que poseía no la gratificaba, solo le permitía vivir dignamente.
     Sus padres la apoyaron, no les gustaba mucho el novio que había elegido y creían que era una buena oportunidad para alejarse de él, además de la ventaja de desarrollar su profesión en el lugar que ella siempre había soñado.
     En el trabajo fueron muy comprensivos y,  aunque ella era una excelente empleada y  no querían perderla, entendieron su necesidad.
     Sus amigos la apoyaron totalmente, creían en su capacidad y más allá de la extrañeza, la impulsaron a mirar hacia adelante y a ser hacedora de su propio destino.
     Su vida empezaba a encaminarse hacia donde ella deseaba.
     Estando en este derrotero y mirando atentamente el camino, sin motivo aparente, clavó los frenos del auto, que chirriaron, largando un humo intenso y blanco.
     Luego de la sorpresa,  por esa frenada indeseada, miró alrededor para verificar que ningún accidente hubiera provocado e incluso para ver que su cuerpo no hubiera sufrido ningún traumatismo.
     Pero algo no entraba en su reconocimiento. El auto estaba ocupado por otras personas, la autopista ya no estaba. Le llevó algunos minutos  entender lo que ocurría. En realidad estaba en un patrullero, con dos policías en él, y ella estaba esposada. No comprendía nada, intentaba pedir explicaciones pero la hacían callar, aunque ella no entendía el idioma que hablaban, creía que era ruso. La bajaron a los empujones y la condujeron de mala forma hacia ¡la cárcel!
     ¡Dios! ¿Qué era esto? no podía comprender lo que estaba ocurriendo, hacia unos minutos que estaba a punto de concretar un sueño y ahora estaba entrando en una cárcel en un país que desconocía, ¿cómo había ocurrido?
      Ya no estaba segura de estar despierta, era obvio que esto era un mal sueño, o había perdido la memoria o…No sabía que día era, ni qué hora, ni siquiera qué año.
      Entró en un recinto gris, una mujer policía la cacheo de pies a cabeza y la llevaron a una celda, pequeña pero limpia, con un catre y un lavatorio en un rincón. Le quitaron las esposas.
      No sabía qué hacer. Se quedó parada en el medio de la habitación, se refregó los ojos, sacudió la cabeza para despertar de lo que era, de seguro, una pesadilla, sin embargo se sentía muy real. Estaba muy cansada, se miró y se vio vestida con ropas grises, estaba muy flaca. Decidió tenderse a dormir, seguro cuando despertara, otra sería la historia.
     Durmió mucho, o así lo creía ella. Cuando despertó se desperezo creyendo estar en su cama y aún con los ojos cerrados pensó en las últimas cosas que debía poner en el equipaje.
     Abrió los ojos y para su asombro comprobó que no estaba en su cama. La habitación en la que estaba era preciosa, una cama enorme, con mullidas almohadas, un cobertor muy suave y cálido. Las ventanas vestidas con hermosas cortinas. ¿Qué estaba ocurriendo?
     Muchas imágenes se les agolpaban en la cabeza. La autopista, el viaje, la cárcel y ahora esto. Nada era comprensible, su mundo estaba patas arriba.
     Un hombre entró en la habitación con una bandeja de desayuno. Muy contrito el saludo en italiano, le acercó la bandeja, le deseó un buen día y se retiró. Ella miró la bandeja y en la servilleta leyó grabado el nombre de un hotel de Roma. ¡Ahora era Roma!
     Comió con avidez y decidió no volver a dormirse, necesitaba entender que pasaba.
     Se levantó después de devorar el desayuno, por razones que ella desconocía tenía un hambre voraz,  miró por la ventana y desde allí divisaba no muy lejos el Tiber, y del otro lado el trastevere.
     Había llegado, estaba en destino. Entonces todo había sido un mal sueño, aunque no recordaba nada del viaje, ni de cómo había llegado hasta allí, quizás habría sufrido un golpe en la frenada del auto y tenía una pérdida de la memoria reciente. Era la única forma de entender.
     Se bañó, se vistió (toda su ropa estaba prolijamente acomodada en el placar), se maquilló y salió a la calle.
     Sin vacilar, caminó hasta su oficina, entró en ella con seguridad, fue recibida con naturalidad, saludó en italiano, se sentó en su escritorio y empezó a trabajar como ella imaginaba hacía todos los días. Solo que esta vez tuvo que mirar el calendario para confirmar el día en que estaba.
      Increíble, hacía seis meses que estaba en Roma, y aunque le pareció imposible de entender, el trabajo acumulado, su fluidez con el idioma y la soltura con que se manejaba, le confirmaban esta realidad.
      Una colega se acercó a ella y le comentó que su compañera de cuarto ya había dejado su departamento y que podía dejar el hotel y mudarse con ella.
      No sabía muy bien que contestar, pero por lo visto ella misma había solicitado mudarse con ella para no sentirse tan sola en la habitación de hotel,  y agradeció la noticia.
     Quedaron en hacer la mudanza al salir de la oficina, ya que en el hotel solo tenía sus efectos personales.
     Y así ocurrió, el traslado fue tranquilo, su compañera era muy charlatana pero muy alegre y solícita. El departamento era muy agradable con dos dormitorios, pero ella ya lo sabía porque había estado allí en varias oportunidades, aunque ella no era muy consciente de ello.
     Recibió una llamada de sus padres que le contaron que el embarazo de la hermana iba viento en popa. ¿Qué,  embarazada mi hermana? ¿Desde cuándo? No quiso preguntar mucho, no fueran a creer que estaba loca.
     El celular sonó, un SMS de un tal Gino invitándola a cenar. ¿Quién era este Gino? ¿Qué le contestaría? Decidió esperar un rato antes de responder. Se dio un baño de inmersión, con sales y espuma, que la relajó al punto de dormirla. Al despertar,  para su sorpresa seguía en la misma bañera del mismo baño. Bueno, parece que las cosas se acomodan.
     Se secó con fruición, se pasó aceite por el cuerpo, se secó el pelo y decidió salir del baño para aceptar la propuesta de Gino. No tenía idea de quién era, pero tenía la necesidad de entrar en una normalidad que por alguna razón había perdido.
     Salió del baño y una nube blanca la cubrió por completo, no alcanzaba a ver mucho pero sentía algo blando bajo sus pies. En realidad era arena, arena caliente, que le quemaba los pies. Empezó a correr para escapar del calor intenso, a través de la bruma,  hasta  llegar al agua del mar que tenía a unos pocos metros.
     Sentía que se estaba volviendo loca. ¿Qué pasaba ahora?  No alcanzaba a entender lo que ocurría a su alrededor. Temía mirarse por estar convencida de estar desnuda cubierta con una pequeña toalla en el medio de una playa. Al fin percibió que tenía puesto un traje de baño color violeta y que estaba rodeada de gente que disfrutaba del día de playa y que la miraban como un bicho raro.
     Esto parecía un proceso interminable, ¿cuándo iba a terminar este suplicio?  pasaba de un estado al otro, de un sitio al otro y no podía encontrar a nadie familiar que lograra explicarle que le pasaba.

     Sus padres la miraban a través de la ventana de su habitación de hospital, lloraban viendo como su hija se retorcía y se quejaba……la abstinencia estaba haciendo lo suyo.