martes, 21 de febrero de 2017

Luis Tulio Siburu-Argentina/Febrero de 2017



FANTASMAS

Miro hacia adentro y no tengo dudas.

Habito un lugar donde se aparean los espantosos sueños posados en la almohada, con las colgantes telarañas del techo; el chillido de goznes oxidados de viejas puertas, con los pasos perdidos de algún antiguo residente; el murmullo de la lluvia en el tejado, con la pérdida de agua en la canilla de la bañera con patas; el retrato en sepia de la tía senil y arrugada, con el óleo del bisabuelo que volvió tuerto y manco de la guerra de Etiopía; la figura en cera del mastín de colmillos afilados, con la cabeza del cocodrilo cazado en Senegal y atornillada a un escudo de madera; el cucú que suena lúgubre en la amplia biblioteca utilizada para los velatorios en familia, con las campanadas que llaman a muerto en la iglesia cercana.

Todo conmueve, asusta, acobarda, pone la piel de gallina. Juraría que me estremece.

Ahora miro hacia fuera, donde la tormenta y la noche apenas dejan ver la luz del farol que se bambolea en el portón de entrada, al límite del bosque que es solo una negra mancha.

Alguien parece acercarse a la entrada de la antigua casa. Lo observo desde una ventana lateral de la planta alta, que permite una amplia visión de la marquesina del frente. Camina lentamente, aparenta cojear de la pierna izquierda, trata de deslizarse con el menor ruido posible, quizás para que los habitantes de la mansión y sus vecinos no lo detecten. Lleva una pequeña maleta, la cual deposita junto a la puerta. Creo que va a accionar el llamador pero no, se va tan misteriosamente como llegó, mirando hacia todos lados.

Espero unos minutos y corro escaleras abajo. La ansiedad me hace destrabar violentamente los cerrojos de la puerta. Es una vetusta y desvencijada valija haciendo su último viaje. La abro conteniendo el aliento. Un género y un sobre me saludan desde adentro. Algo similar a una sábana blanca con dos agujeros ovalados de tres centímetros de ancho. Y la esquela amarillenta que asoma apenas. Desdoblo el papel y leo…

“Estimados. Me dijeron que aquí gustan del terror y lo mantienen en cada componente de la casa. Ustedes sabrán valorarla y cuidarla. Ella me acompañó durante veinte años mientras representaba el personaje tenebroso de los Cuentos de Navidad de Dickens. Mi artritis y la edad causaron una caída en bambalinas de la cual ya no me pude recuperar. Quiero  que mi compañera de tantas veladas siga provocando miedo aunque sea colgada de la pared sin alguien que la contenga, algo que no ocurriría en el Museo de la Casa del Teatro, donde seguramente algún chiquilín le escribiría sus  iniciales y fecha o intentaría cubrirse con ella asustando entre risas a un amigo. Espero cumplan con mi deseo, al menos por haberlos elegido como cuidadores de una tradición. Traten de que no se les vuele porque puede atemorizar a los niños. Hasta siempre”

Levanto la prenda con cuidado, la dejo deslizar por mi cabeza y hombros, acomodo las aberturas a mis ojos y me observo en el barroco espejo de la sala. Enseguida comprendo el añejo oficio del desconocido visitante. Un grito horroroso sale del fondo de mi garganta. El fenómeno vuelve a reavivarse y ahora la casa tiene otro inquilino. Era tiempo de que renováramos el vestuario y tuviéramos un nuevo protagonista.
Ya no soy más un simple mayordomo, pasé a ser el primer actor. He ascendido en el convenio colectivo del pánico. Y cobraré un bono extra por cada infarto que provoque.